¿”Open” en Cuba para qué y hasta dónde?

La puerta de un local en Cuba con un cartel que dice ‘OPEN’

El avance del inglés comercial y el pago en divisas reflejan una dolarización cada vez más visible en la vida cotidiana de los cubanos.

Aurelio Pedroso/La Habana

Por mucho que insistan nuestros políticos, académicos y economistas cubanos en el argumento que la dolarización es “parcial”, la realidad en el día a día, en la calle, es bien diferente, como la hoja de la yagruma que desde lo alto es de un verde olivo intenso y en su reverso, desde abajo, de un grisáceo fúnebre.

Y para no salir de la vía pública, en el lenguaje que todos hablamos, el coloquial y callejero, quien no tenga diez euros y dólares en el bolsillo es “hombre muerto en la carretera”. Y ya sobran los fallecidos por avenidas, calles o atajos monte adentro.

Por prescripción facultativa, en virtud de un páncreas que lucha por su supervivencia y no por exquisitos caprichos culinarios, los que saben de estos trajines de sana alimentación, aconsejan acudir al aceite de oliva Virgen Extra, muy difícil de obtener ahora mismo hasta en el sector privado.

Acostumbrados que estamos a las rarezas, a esos acontecimientos surrealistas, ahí está en un establecimiento oficial un Ybarra, de los olivares del sur, Sevilla, España. Todo un litro por diez dólares estadounidenses.

Es que hasta los contratiempos del hogar suelen pagarse en ambas monedas extranjeras cuando te dicen que tal trabajo factura “diez pesitos” o lo que es igual, la moneda gringa o la europea. En última instancia en pesos cubanos, multiplicados por unos 500, a como esté ese día en el mercado informal.

Por cierto, nos hemos quedado sin carpintero y herrero en la comunidad. El primero, porque el negocio no prosperaba por falta de buena madera; el segundo, por los metales y aditamentos para soldaduras. Nos cuenta el ex herrero: “Llegas, tasas el trabajo, le sueltas treinta y tantos miles y la gente lo encuentra caro”.

Ambos oficios han plantado campamento en pequeños empeños privados. El herrero, ahora vende viandas, futras, vegetales, yogurt y queso blanco. El otro, el del martillo y los clavos, se busca la vida en una mipyme que oferta enlatados de cualquier sitio de este mundo.

Y uno, que a cada rato se cuestiona cómo será el mañana no deja de preguntarse si habrá que retomar el ruso, aprender el mandarín o volver al inglés con clases ocasionales de español al tiempo en que nos preparamos para los funerales del peso cubano en lenta y prolongada agonía. Si será así, que algunos osados empresarios privados ya no aceptan los billetes de diez y cinco pesos.

Es que hasta adelantados o trasnochados han optado por indicar, de manera artesanal, que su pequeño establecimiento está “open”. A la caza estoy de cómo indicarán que está cerrado. Espero que tal pasión por la lengua de Shakespeare sea también de carácter “parcial”…

(Tomado de El Boletín)

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