Los resultados de las encuestas sugieren que intensificar las tensiones con Cuba no es solo una política controvertida, sino que también conlleva riesgos políticos.
Una reciente encuesta de YouGov muestra claramente que el público estadounidense no está interesado en ir a la guerra con Cuba. El sondeo indica que el 64% de los estadounidenses se opone a una acción militar contra la isla, mientras que solo el 15% la apoya y el 21% no está seguro. Entre quienes tienen una opinión, la oposición se dispara hasta el 81%.
Ese tipo de consenso es poco común y no debe pasarse por alto. A medida que la retórica sobre política exterior se intensifica, la opinión pública muestra cautela y, lo que es más importante, un deseo de evitar otro conflicto innecesario.
La encuesta, patrocinada por el Centro de Investigación Económica y Política (CEPR), también pone de manifiesto el cansancio generalizado ante la guerra. Una sólida mayoría de los encuestados —el 62 %— cree que la reciente guerra en Irán ha perjudicado tanto a los estadounidenses como al resto del mundo. Solo el 24 % se mostró en desacuerdo. Esto evidencia un creciente escepticismo hacia lo que muchos consideran intervenciones militares costosas e innecesarias.
“Esto debería hacer que el presidente Trump se lo piense dos veces antes de emprender otra ‘guerra innecesaria’”, declaró Mark Weisbrot , economista sénior y codirector del CEPR. “Casi todos los expertos en Cuba se reirían de la idea de que Cuba represente una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. Y la guerra contra Irán ya le ha costado a Trump y a su partido un apoyo considerable”.
A pesar de esto, el presidente Trump ha sugerido repetidamente la posibilidad de una acción militar contra Cuba. En marzo, declaró que tendría «el honor de tomar Cuba» y afirmó tener amplia autoridad para actuar como quisiera. Menos de dos semanas después, redobló la apuesta, indicando que, si bien la intervención militar tenía como objetivo disuadir, «a veces hay que usarla», y agregó que «Cuba es la siguiente». Para el 1 de mayo, volvió a afirmar que Estados Unidos podría «apoderarse» de Cuba «casi de inmediato».
Estas declaraciones no se han producido de forma aislada. El mismo día de sus últimas declaraciones, el gobierno intensificó las sanciones contra Cuba, dirigidas no solo a la economía cubana, sino también a empresas e instituciones financieras de terceros países —muchas de ellas probablemente con sede en Europa y Canadá— que mantienen relaciones comerciales con el país. Esta escalada se suma a años de restricciones cada vez más estrictas, que se remontan a 2017.
El impacto humano de estas políticas es cada vez más difícil de ignorar. Las sanciones han provocado una grave escasez, especialmente de energía. Dado que más del 80% de la electricidad de Cuba depende del petróleo, las restricciones a las importaciones de combustible han afectado a hospitales, servicios de emergencia y equipos médicos esenciales. Algunos analistas destacan el marcado aumento de la mortalidad infantil en los últimos años como prueba del impacto humanitario generalizado.
Al mismo tiempo, la retórica del gobierno sobre otros conflictos ha generado mayor preocupación. A principios de abril, el presidente Trump lanzó una severa advertencia sobre Irán, describiendo un escenario en el que “una civilización entera perecerá”. Organizaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional, condenaron la declaración por considerarla peligrosamente extremista. La mayoría de los estadounidenses parece estar de acuerdo: el 58% de los encuestados describió las declaraciones como una amenaza de destrucción masiva, y el 54% afirmó creer que no era apto para ejercer la presidencia.
Lo que llama la atención en todo esto es la coherencia que ha alcanzado la opinión pública, independientemente de las afiliaciones políticas, especialmente entre los independientes. Estos votantes, a menudo decisivos en las elecciones nacionales, se oponen a una guerra con Cuba por amplio margen. Sus opiniones sugieren que intensificar las tensiones con Cuba no solo es una política controvertida, sino también políticamente arriesgada.
En conjunto, los datos revelan una realidad clara. Los estadounidenses están cansados de la guerra. No ven a Cuba como una amenaza que justifique la intervención militar y desconfían de políticas que puedan provocar otro conflicto prolongado y devastador. Mientras los líderes políticos intensifican la escalada bélica, la opinión pública transmite un mensaje diferente: esta no es la guerra que desean.
Felipe Pagliery es un profesor de historia jubilado. Reside en West Palm Beach, Florida.
(Tomado de Progreso Weekly)


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