LOS APAGONES, MIS MIEDOS Y LA PEOR VARIANTE

Manue Juan Somoza/La Habana

Cuando cae agotado el petróleo ruso que rompió el cerco y los apagones vuelven a rozar las 20 horas, cuando la tensión social se dispara en Cuba mientras Estados Unidos deja entrever nuevas amenazas desde el Comando Sur, mis duendes se despiertan para darme un empujón.

Cada amanecer en tinieblas, como el de hoy, pienso con roña en las progenitoras de Donald Trump y Marco Rubi, sabedor de que esa reacción es de impotencia e injusta con las madres de estos personajes, y al renacer esos momentos de tensión vuelvo en silencio a recontar mi vida y mis temores.

Recuerdo que la primera vez que sentí miedo fue a la oscuridad y era un niño. Triunfó la Revolución mucho después y demasiada gente se vio de pronto con un arma a mano.

En la Ciudad Deportiva, disputaban un juego decisivo de baloncesto los equipos de los Hermanos Maristas de La Víbora y del Instituto Edison -escuelas privadas y rivales-, se formó una bronca y, de repente, sonaron los tiros. Tendría 13 años y, por instinto, corrí todo lo que pude y más a refugiarme detrás de una de las columnas del coliseo, cuando de espaldas a mí apareció alguien, revolver en mano, hizo otros dos disparos y por primera vez sentí un repentino e incómodo cosquilleo que comenzó en las piernas, estremeció mi espalda y me dejó inmóvil, hasta que pude abandonar el lugar.

Aquellos fogonazos nunca he logrado olvidarlos, y con ellos me fui a los entrenamientos de pelea con balas y explosiones de verdad, pero todos sabíamos que aquello estaba controlado, no nos ponía en riesgo, y no volví a experimentar lo que sentí en la Ciudad Deportiva.

Continuó la vida, Vivian y yo reportábamos los combates en el Sahara Occidental para PRENSA LATINA y fuimos descubiertos y ametrallados por un F 5 marroquí. Se despedía la tarde, acabábamos de entrar junto con otros dos Land Rover a un monte de vegetación tupida, y Sahafi, compañero en la aventura -muerto en combate meses después- ordenó salir de aquel lugar devenido blanco enemigo y tendernos en pleno desierto, a los pies de una elevación rocosa, y yo lo hice sobre ella a fin de protegerla, como había visto en las películas. Por suerte, el avión hizo tres pases, se acercaba la noche y solo atinó a matar una cabra. Aquel día, no hubo tiempo para el miedo.

Reportando en un destacamento de “faplas”, sur de Angola, volví a sentir temor y sin embargo, el susto mayor me atrapó en La Habana por un “cáncer silencioso” en el riñón derecho que debió ser extirpado. Pueden creerlo o no, pero la noche anterior al desenlace pensé en Charles de Gaulle, en la anécdota de cómo ante un atentado a tiros de la OAS, se mantuvo erguido porque, según dijo después, él simbolizaba “la dignidad de Francia”. Y yo, que apenas soy símbolo de mi familia, llegué a similar convencimiento –“lo que sea, será”, pensé-, me despedí con ecuanimidad de Vivian y tras seis horas de cirugía por la doctora en Ciencias Tania González, continué la marcha.

Volvieron mis recuerdos en este primer amanecer de mayo en apagón (desde el día anterior a las cuatro de la tarde), pienso en cuánto desasosiego sentirán con razón muchos cubanos por este golpe duro, y me aferro a mis vivencias, suponiendo que todo pude ser peor, si se cumple el apocalipsis anunciado por Trump y Marco Rubio para “salvarnos del comunismo”, según dicen.

NO SÉ CÓMO REACCIONARÉ si para “salvarnos”, igual que hicieron en Venezuela e Irán, le suenan un cohetazo a mi vecino del frente o a nuestra casa, y Vivian y yo sobrevivimos. NO SÉ LO QUE ME ESPERA, PERO LO QUE SÍ SÉ, ES QUE NOSOTROS DOS NUNCA HEMOS CAMBIADO, NI SUPONGO CAMBIAREMOS, DIGNIDAD POR MIEDO.

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