Una imagen que se repite

Yuliet Teresa/La Habana

Hay una imagen que se repite: la prensa cubana sacudiéndose el polvo. Como esas alfombras viejas que se cuelgan en los patios y se golpean con una vara hasta que la nube gris se eleva y, por un momento, parece que algo nuevo va a ocurrir. Pero el polvo siempre vuelve a posarse. Está en los pliegues, en las fibras, en la costumbre.

Lo anquilosado no es solamente una metáfora: es un estado del cuerpo. Es el gesto que se repite idéntico a sí mismo durante décadas, la frase hecha que ya no significa nada pero se pronuncia igual, el titular que podría haber sido escrito ayer, o hace veinte años, o hace cincuenta. Lo anquilosado es la muerte en vida del lenguaje periodístico: esa certeza de que todo lo que se dice ya estaba dicho, y de que lo que no se dice —los silencios— pesa más que cualquier palabra permitida.

Y los silencios, en Cuba, son abrumadores. Tan vastos, tan profundos, que cualquier hecho que logra abrirse paso hasta la superficie se convierte, por ósmosis, en hipérbole. Lo ordinario, cuando emerge del mutismo, llega deformado: parece más de lo que es porque todo lo demás no está. Así, un acontecimiento menor adquiere dimensiones de hazaña, y lo que debería ser rutina informativa se vive como gesta. Esa distorsión no es inocente: es el resultado de una ecuación donde el vacío multiplica cualquier presencia.

La comunicación política cubana tiene una asignatura pendiente. No es una asignatura menor: es la materia troncal, la que debería cursarse en primer año y nunca abandonarse. Pero en lugar de eso, se ha optado por la repetición de fórmulas, por el catecismo, por esa manera de informar que más parece un acto litúrgico que un ejercicio de periodismo.

Primero: el compromiso con la verdad. Se dice fácil, pero hacerlo implica aceptar que la verdad duele. Que la verdad, cuando es verdad, no pide permiso, no negocia, no se maquilla. La verdad es como esas manos callosas y cansadas, llenas de tierra, que se ven esta foto: no es pálida, no es a medias, no es complaciente. La verdad trabaja, suda, ara la tierra. Y lo que ara, a veces, son los surcos de lo que no queremos ver.

Segundo: la ética. No esa ética decorativa que se cuelga en las paredes de las redacciones como un cartel, sino la ética que sabe qué decir y, sobre todo, qué no decir. Pero también —y esto es crucial— sabe cómo decirlo. Porque el cómo no es un adorno: es la sustancia misma. En un proyecto que se dice revolucionario, la ética periodística debería ser una ética de la responsabilidad: la que asume que hacer bien el oficio es, en sí mismo, un acto político. No hay revolución sin información veraz. No hay proyecto transformador que pueda sostenerse sobre la base de lo que se oculta.

Tercero: la vida de los ciudadanos. Si la prensa no late al ritmo de esa vida, si no recoge los sentipensares del pueblo —esa hermosa palabra que junta el sentir y el pensar, porque en la gente común no están divorciados—, entonces la prensa se convierte en un monólogo. Y el monólogo, por definición, es sordera.

He tenido la suerte de trabajar al lado de periodistas de alto calibre en este país. Gente que sabe que el oficio no es un favor que se hace, sino un derecho que se ejerce. También he aprendido de comunicadores populares, esos que no salen en las fotos pero que construyen comunidad desde el barrio, desde el medio local, desde la esquina. Ellos me enseñaron que la comunicación no es ingenua: siempre responde a algo, siempre sirve a alguien. La pregunta incómoda —¿a quiénes servimos?— debería estar tatuada en el dorso de cada mano que escribe un titular.

La agenda pública y la agenda mediática deberían tener un mismo centro: las personas. Pero en los días que corren, casi nunca es así. La gente aparece en la prensa cuando ocurre una desgracia, cuando hay una efeméride, cuando hace falta llenar un espacio con «pueblo». Pero la gente de verdad —la que madruga, la que hace cola, la que resuelve, la que inventa— no tiene voz en los medios. O tiene una voz prestada, editada, recortada.

Sin construcción de pueblo, la comunicación no tiene sentido. Y pueblo no es esa masa abstracta que aparece en los discursos, sino ese tejido vivo de relaciones, conflictos, esperanzas y fracasos. El pueblo es lo que late, no lo que se pronuncia.

Cuestionar certezas, creencias, dogmas: ahí está el vehículo que la comunicación política podría ofrecer. Exponer ideas que los medios hegemónicos jamás expondrían. Pero cuidado: los medios hegemónicos no son solo los de fuera. También los hay dentro. Y frente a ellos, los medios pequeños, alternativos, comunitarios, tienen la posibilidad de ser brújula. De señalar el norte aunque el camino esté empedrado.

La verdad está en riesgo. En medio de esta policrisis —esa suma de crisis que ya no se pueden nombrar por separado porque todas se alimentan entre sí—, la pregunta es: ¿qué verdad estamos leyendo, escuchando, entendiendo? ¿La que nos sirven en bandeja, o la que podemos construir colectivamente?

Jesús dijo: «Conocerán la verdad y la verdad los hará libres». Entiendo lo laico de nuestro Estado, pero esa frase —venga de donde venga— sigue teniendo peso. Porque la verdad libera. Libera de la mentira, del silencio, de la repetición estéril. Libera del polvo.

Quizás por eso duele tanto. Porque una vez que se conoce, ya no se puede volver atrás. Y en un país donde lo anquilosado pesa como pesa, la verdad es la única vara que puede sacudir el polvo para siempre. O, al menos, para intentarlo.

Hay una imagen que se repite: la prensa cubana sacudiéndose el polvo. Como esas alfombras vie Hay una imagen que se repite: la prensa cubana sacudiéndose el polvo. Como esas alfombras viejas que se cuelgan en los patios y se golpean con una vara hasta que la nube gris se eleva y, por un momento, parece que algo nuevo va a ocurrir. Pero el polvo siempre vuelve a posarse. Está en los pliegues, en las fibras, en la costumbre.

Lo anquilosado no es solamente una metáfora: es un estado del cuerpo. Es el gesto que se repite idéntico a sí mismo durante décadas, la frase hecha que ya no significa nada pero se pronuncia igual, el titular que podría haber sido escrito ayer, o hace veinte años, o hace cincuenta. Lo anquilosado es la muerte en vida del lenguaje periodístico: esa certeza de que todo lo que se dice ya estaba dicho, y de que lo que no se dice —los silencios— pesa más que cualquier palabra permitida.

Y los silencios, en Cuba, son abrumadores. Tan vastos, tan profundos, que cualquier hecho que logra abrirse paso hasta la superficie se convierte, por ósmosis, en hipérbole. Lo ordinario, cuando emerge del mutismo, llega deformado: parece más de lo que es porque todo lo demás no está. Así, un acontecimiento menor adquiere dimensiones de hazaña, y lo que debería ser rutina informativa se vive como gesta. Esa distorsión no es inocente: es el resultado de una ecuación donde el vacío multiplica cualquier presencia.

La comunicación política cubana tiene una asignatura pendiente. No es una asignatura menor: es la materia troncal, la que debería cursarse en primer año y nunca abandonarse. Pero en lugar de eso, se ha optado por la repetición de fórmulas, por el catecismo, por esa manera de informar que más parece un acto litúrgico que un ejercicio de periodismo.

Primero: el compromiso con la verdad. Se dice fácil, pero hacerlo implica aceptar que la verdad duele. Que la verdad, cuando es verdad, no pide permiso, no negocia, no se maquilla. La verdad es como esas manos callosas y cansadas, llenas de tierra, que se ven esta foto: no es pálida, no es a medias, no es complaciente. La verdad trabaja, suda, ara la tierra. Y lo que ara, a veces, son los surcos de lo que no queremos ver.

Segundo: la ética. No esa ética decorativa que se cuelga en las paredes de las redacciones como un cartel, sino la ética que sabe qué decir y, sobre todo, qué no decir. Pero también —y esto es crucial— sabe cómo decirlo. Porque el cómo no es un adorno: es la sustancia misma. En un proyecto que se dice revolucionario, la ética periodística debería ser una ética de la responsabilidad: la que asume que hacer bien el oficio es, en sí mismo, un acto político. No hay revolución sin información veraz. No hay proyecto transformador que pueda sostenerse sobre la base de lo que se oculta.

Tercero: la vida de los ciudadanos. Si la prensa no late al ritmo de esa vida, si no recoge los sentipensares del pueblo —esa hermosa palabra que junta el sentir y el pensar, porque en la gente común no están divorciados—, entonces la prensa se convierte en un monólogo. Y el monólogo, por definición, es sordera.

He tenido la suerte de trabajar al lado de periodistas de alto calibre en este país. Gente que sabe que el oficio no es un favor que se hace, sino un derecho que se ejerce. También he aprendido de comunicadores populares, esos que no salen en las fotos pero que construyen comunidad desde el barrio, desde el medio local, desde la esquina. Ellos me enseñaron que la comunicación no es ingenua: siempre responde a algo, siempre sirve a alguien. La pregunta incómoda —¿a quiénes servimos?— debería estar tatuada en el dorso de cada mano que escribe un titular.

La agenda pública y la agenda mediática deberían tener un mismo centro: las personas. Pero en los días que corren, casi nunca es así. La gente aparece en la prensa cuando ocurre una desgracia, cuando hay una efeméride, cuando hace falta llenar un espacio con «pueblo». Pero la gente de verdad —la que madruga, la que hace cola, la que resuelve, la que inventa— no tiene voz en los medios. O tiene una voz prestada, editada, recortada.

Sin construcción de pueblo, la comunicación no tiene sentido. Y pueblo no es esa masa abstracta que aparece en los discursos, sino ese tejido vivo de relaciones, conflictos, esperanzas y fracasos. El pueblo es lo que late, no lo que se pronuncia.

Cuestionar certezas, creencias, dogmas: ahí está el vehículo que la comunicación política podría ofrecer. Exponer ideas que los medios hegemónicos jamás expondrían. Pero cuidado: los medios hegemónicos no son solo los de fuera. También los hay dentro. Y frente a ellos, los medios pequeños, alternativos, comunitarios, tienen la posibilidad de ser brújula. De señalar el norte aunque el camino esté empedrado.

La verdad está en riesgo. En medio de esta policrisis —esa suma de crisis que ya no se pueden nombrar por separado porque todas se alimentan entre sí—, la pregunta es: ¿qué verdad estamos leyendo, escuchando, entendiendo? ¿La que nos sirven en bandeja, o la que podemos construir colectivamente?

Jesús dijo: «Conocerán la verdad y la verdad los hará libres». Entiendo lo laico de nuestro Estado, pero esa frase —venga de donde venga— sigue teniendo peso. Porque la verdad libera. Libera de la mentira, del silencio, de la repetición estéril. Libera del polvo.

Quizás por eso duele tanto. Porque una vez que se conoce, ya no se puede volver atrás. Y en un país donde lo anquilosado pesa como pesa, la verdad es la única vara que puede sacudir el polvo para siempre. O, al menos, para intentarlo. jas que se cuelgan en los patios y se golpean con una vara hasta que la nube gris se eleva y, por un momento, parece que algo nuevo va a ocurrir. Pero el polvo siempre vuelve a posarse. Está en los pliegues, en las fibras, en la costumbre.

Lo anquilosado no es solamente una metáfora: es un estado del cuerpo. Es el gesto que se repite idéntico a sí mismo durante décadas, la frase hecha que ya no significa nada pero se pronuncia igual, el titular que podría haber sido escrito ayer, o hace veinte años, o hace cincuenta. Lo anquilosado es la muerte en vida del lenguaje periodístico: esa certeza de que todo lo que se dice ya estaba dicho, y de que lo que no se dice —los silencios— pesa más que cualquier palabra permitida.

Y los silencios, en Cuba, son abrumadores. Tan vastos, tan profundos, que cualquier hecho que logra abrirse paso hasta la superficie se convierte, por ósmosis, en hipérbole. Lo ordinario, cuando emerge del mutismo, llega deformado: parece más de lo que es porque todo lo demás no está. Así, un acontecimiento menor adquiere dimensiones de hazaña, y lo que debería ser rutina informativa se vive como gesta. Esa distorsión no es inocente: es el resultado de una ecuación donde el vacío multiplica cualquier presencia.

La comunicación política cubana tiene una asignatura pendiente. No es una asignatura menor: es la materia troncal, la que debería cursarse en primer año y nunca abandonarse. Pero en lugar de eso, se ha optado por la repetición de fórmulas, por el catecismo, por esa manera de informar que más parece un acto litúrgico que un ejercicio de periodismo.

Primero: el compromiso con la verdad. Se dice fácil, pero hacerlo implica aceptar que la verdad duele. Que la verdad, cuando es verdad, no pide permiso, no negocia, no se maquilla. La verdad es como esas manos callosas y cansadas, llenas de tierra, que se ven esta foto: no es pálida, no es a medias, no es complaciente. La verdad trabaja, suda, ara la tierra. Y lo que ara, a veces, son los surcos de lo que no queremos ver.

Segundo: la ética. No esa ética decorativa que se cuelga en las paredes de las redacciones como un cartel, sino la ética que sabe qué decir y, sobre todo, qué no decir. Pero también —y esto es crucial— sabe cómo decirlo. Porque el cómo no es un adorno: es la sustancia misma. En un proyecto que se dice revolucionario, la ética periodística debería ser una ética de la responsabilidad: la que asume que hacer bien el oficio es, en sí mismo, un acto político. No hay revolución sin información veraz. No hay proyecto transformador que pueda sostenerse sobre la base de lo que se oculta.

Tercero: la vida de los ciudadanos. Si la prensa no late al ritmo de esa vida, si no recoge los sentí pensares del pueblo —esa hermosa palabra que junta el sentir y el pensar, porque en la gente común no están divorciados—, entonces la prensa se convierte en un monólogo. Y el monólogo, por definición, es sordera.

He tenido la suerte de trabajar al lado de periodistas de alto calibre en este país. Gente que sabe que el oficio no es un favor que se hace, sino un derecho que se ejerce. También he aprendido de comunicadores populares, esos que no salen en las fotos pero que construyen comunidad desde el barrio, desde el medio local, desde la esquina. Ellos me enseñaron que la comunicación no es ingenua: siempre responde a algo, siempre sirve a alguien. La pregunta incómoda —¿a quiénes servimos?— debería estar tatuada en el dorso de cada mano que escribe un titular.

La agenda pública y la agenda mediática deberían tener un mismo centro: las personas. Pero en los días que corren, casi nunca es así. La gente aparece en la prensa cuando ocurre una desgracia, cuando hay una efeméride, cuando hace falta llenar un espacio con «pueblo». Pero la gente de verdad —la que madruga, la que hace cola, la que resuelve, la que inventa— no tiene voz en los medios. O tiene una voz prestada, editada, recortada.

Sin construcción de pueblo, la comunicación no tiene sentido. Y pueblo no es esa masa abstracta que aparece en los discursos, sino ese tejido vivo de relaciones, conflictos, esperanzas y fracasos. El pueblo es lo que late, no lo que se pronuncia.

Cuestionar certezas, creencias, dogmas: ahí está el vehículo que la comunicación política podría ofrecer. Exponer ideas que los medios hegemónicos jamás expondrían. Pero cuidado: los medios hegemónicos no son solo los de fuera. También los hay dentro. Y frente a ellos, los medios pequeños, alternativos, comunitarios, tienen la posibilidad de ser brújula. De señalar el norte aunque el camino esté empedrado.

La verdad está en riesgo. En medio de esta policrisis —esa suma de crisis que ya no se pueden nombrar por separado porque todas se alimentan entre sí—, la pregunta es: ¿qué verdad estamos leyendo, escuchando, entendiendo? ¿La que nos sirven en bandeja, o la que podemos construir colectivamente?

Jesús dijo: «Conocerán la verdad y la verdad los hará libres». Entiendo lo laico de nuestro Estado, pero esa frase —venga de donde venga— sigue teniendo peso. Porque la verdad libera. Libera de la mentira, del silencio, de la repetición estéril. Libera del polvo.

Quizás por eso duele tanto. Porque una vez que se conoce, ya no se puede volver atrás. Y en un país donde lo anquilosado pesa como pesa, la verdad es la única vara que puede sacudir el polvo para siempre. O, al menos, para intentarlo.

(Tomado del facebook de la autora)

Deja un comentario