Reinaldo Montero, novelista y dramaturgo cubano
Un refugio en la poesía para escapar, aunque sea por un momento, del ruido constante de la realidad cubana
Aurelio Pedroso/La Habana
Huyendo como el diablo a la cruz, a esa constante catilinaria por la actual situación crítica que estamos viviendo y es el monotema mañana, tarde y noche, decidí sumergirme por un rato en la poesía y los modos literarios de un amigo de la infancia con la apuesta y esperanza de que no nos hablara de “la cosa”.
Confieso sin remordimientos ni penas, que no soy muy dado a la poesía, aunque en mi juventud, durante los intentos de conquistas amorosas, recurrí a ella acompañado de los clásicos del romanticismo. El español Gustavo Adolfo Bécquer fue uno de ellos; José Ángel Buesa, por la parte cubana, otro tanto.
No debo ocultar que en algún momento recurrí a la poesía de la manera más irrespetuosa imaginable. Fue en el desierto de Ogadén durante la guerra con Somalia en una noche de tertulia donde se me ocurrió tratar el tema al escuchar los grillos en desordenado concierto. Con la débil luz del goniómetro, apoyado con el papel de una cajetilla de cigarros les dije a mis compañeros que ello era tarea fácil.
El “poema” iba dedicado a mi profesora de historia en el preuniversitario de Marianao, la doctora Olga Prieto Solís y lo titulaba Grillos del desierto. Al final, apuntaba: “Grillos del Ogadèn, como ustedes, lanzaremos nuestro grito de guerra”.
Animado por mis compañeros de armas, lo enviamos al apartado literario que tenía la revista Verde Olivo, del ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Al cabo de largo tiempo recibí la respuesta. Me felicitaban y deseaban éxitos en la misión y, como quien desactiva una mina, con extrema delicadeza aconsejaban que debía seguir trabajando el poema.
Quiso el destino que cinco años después, el colega y poeta que atendía esa sección en Verde Olivo fuera mi compañero en la redacción de la revista Moncada. Su nombre era Héctor Arturo. Para mi asombro, él recordaba lo de los gritos de guerra de los grillos. En un tono ya de confianza no tuvo reparos en confesar:
-Estuve a punto de decirte que te dedicaras a otra cosa, que en poesía no te buscabas ni un peso.
Y así, con el recuerdo de aquellos grillos me fui a La esquina rosada para escuchar al amigo poeta, dramaturgo y escritor Reinaldo Montero, en un nuevo espacio de Cubapoesía que advertía al posible asistente:
“Pensar la escritura desde ese misterio que la hace inmortal y que es el culpable directo que aun perdure el enigma del escritor mucho más allá de su propia biografía, es un ejercicio necesario y por diversas razones muy poco practicado; confrontar el texto con el espacio interior de quien lo produce nos coloca ante una aventura o viaje donde prima la energía de la subjetividad, y el aprendizaje no va a depender del tedio de lo didáctico”.
Las primeras palabras de Reinaldo Montero lograron asustarme. Por un momento pensé en abandonar la sala:
-Ustedes son verdaderos héroes al acudir a esta convocatoria con lo difícil que está el transporte… Yo no hubiera venido…
Pero todo llegó hasta allí. Principio y fin en pocas palabras. No hubo más en torno a la realidad en que vivimos.
Interesante e instructiva la velada por tantas y tantas reflexiones para el arte de escribir así sea literatura o teatro. Principalmente porque logré el objetivo de no escuchar lo mismo con lo mismo de los avatares diarios, que no se hablara de “la cosa”. El poeta disertaba, interactuaba con el conductor Ricardo Alberto Pérez y los asistentes. Por momentos me encontraba metido en una trinchera del desierto, con pequeña cantimplora de agua por día y escuchando aquellos grillos que nos llamaban al combate porque en eso va una guerra, en matar para que no te maten.
Un maestro como él, le hubiera sacado mejor provecho a ese atrevido impulso de lograr poesía cuando la vida está en juego…
(Tomado de El Boletín)


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