Cuba más allá del horizonte

   Jorge Gómez Barata/La Habana
El cometido esencial de la Revolución Cubana es hoy más difícil que en 1959 cuando inició su andadura histórica.  Ahora con más experiencia, pero con menos apoyo y recursos, sin aliados estatales comprometidos con su programa y su defensa militar, enfrentando un bloqueo recrudecido de Estados Unidos, y sin el liderazgo de entonces, trata de reinventar el socialismo sin perecer en el intento.
Por su originalidad y por el modo cómo derrotó a la tiranía y alcanzó el poder político, en los años sesenta la Revolución Cubana se singularizó mundialmente y en ciertos aspectos devino paradigma para la juventud latinoamericana políticamente avanzada. Por la frescura y autenticidad de los enfoques que vincularon al socialismo con la liberación nacional y social y su explícito rechazo a los antecedentes burocráticos con que se proyectaron otros modelos, fue acogida por la intelectualidad de izquierda europea.
Rusia, China y los otros países socialistas, la apoyaron decisivamente frente al bloqueo, incluso en los  ámbitos militares. La solidaridad, la asimilación de las experiencias de aquellos países y las coincidencias filosóficas, devino copia y homologación de sus estructuras económicas y políticas, así como de prácticas ideológicas e institucionales que arraigaron tan profundamente en la sociedad cubana que sobreviven, aun cuando hace 40 años que han sido descartadas. Incluso algunos de aquellos países como la Unión Soviética, Yugoslavia y Checoslovaquia no existen desde entonces.
Debido a observaciones sobre malformaciones y prácticas erradas del socialismo a escala local, desde los años 80 del pasado siglo, antes incluso de que, en la URSS, Mijaíl Gorbachov iniciara las reformas conocidas como “perestroika”, en Cuba Fidel Castro promovió la necesidad de emprender la Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, proceso que se descontinuó, precisamente por la agudización de la crisis en la URSS.
Para alcanzar sus metas históricas, paradójicamente más cercanas hoy que en el pasado, en mi opinión, la vanguardia politica cubana actual, deberá conducir el proceso revolucionario por dos estaciones. La primera es una compleja, rápida, autóctona, profunda y total reforma estructural de carácter político, económico, cultural y social.
Tal ejercicio propicia el momento de “cambiar todo lo que debe ser cambiado, involucrando de modo práctico y ajeno, tanto a descalificaciones y discriminaciones como a rituales políticos y ceremoniales formales a todo el pueblo cubano, incluidos partidarios y opositores, incluso a detractores y a entidades de la sociedad civil, entre ellas las iglesias. Un proceso así, en el exterior repercutirá en personas e instituciones sensibles al drama cubano y/o asociadas a su devenir político, sin excluir a adversarios como el gobierno de los Estados Unidos que han de tomar nota ante eventos de semejante trascendencia.  
Iniciadas sin considerar a fondo e integralmente las causas y consecuencias de la crisis del socialismo real y del colapso de la Unión Soviética y sin medir las dimensiones estratégicas y trascendencia del asunto y las soluciones de salida; privadas del auto movimiento y del dinamismo que espontáneamente poseen estos procesos y cooptadas por el dirigentismo característico de personas habituadas a gobernar centralizadamente y ejercer la autoridad con discrecionalidad, las reformas en Cuba han sido parciales, excesivamente administradas, minimalistas y lentas, se han estancado y han terminado por ser, en el sentido estratégicos, fallidas.
A lo anterior se suman malformaciones estructurales y prácticas erradas en las instituciones nacionales, entre ellas una formal y forzada unanimidad congénita, la demonización del disenso, el inmovilismo, la burocracia que afectan tejido social y económico del socialismo cubano que padece déficits de democracia y participación reales y ausencia de entornos jurídicos y políticos dinamizadores. A lo que en un tiempo se sumó la presión de un sector ortodoxo y conservador. Conscientemente omito la corrupción y el oportunismo de quienes se benefician con el estatus quo.
 La segunda estación por la que inevitablemente es preciso transitar es el fecundo proceso iniciado desde hace una década por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro que, coincidentemente con las reformas, condujeron al inicio de la normalización de las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba que, como en una breve primavera, probaron que ambos países pueden vivir como vecinos sin confrontarse como adversarios con antagonismos insolubles.
Con la llegada al poder de Donald Trump en los Estados Unidos, la complicación de la situación europea  donde se libra una guerra con efectos globales, la derechización del entorno latinoamericano caracterizado por la instalación de gobiernos hostiles a Cuba, y el extraño desenlace del proceso político venezolano, eventos con efectos políticos, económicos, incluso militares e ideológicos asociados con Cuba, han creado una crisis extraordinariamente compleja para la isla, víctima además de un férreo bloqueo energético.
 Paradójicamente, autoridades gubernamentales de Cuba y los Estados Unidos, incluidos los presidentes de ambos países, han  reconocidos la existencia de contactos diplomáticos “ad hoc”, sin excluir las tensiones, lo que abre cierto compás de espera del cual pudieran esperarse algunos entendimientos y cierta distensión, lo cual dependen de cómo, en ambas orillas del estrecho de Florida, se perciban y se gestionen las oportunidades.  

De momento entre Estados Unidos y Cuba, naciones y comunidades humanas que se conocen y estados que, a pesar de enormes confrontaciones, alguna vez practicaron la buena vecindad, la avenencia no es imposible. No se trata de una aspiración ni de una especulación, sino de datos de la realidad. Se puede. Allá nos vemos.

(Tomado del diario !Por esto! )

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