Manuel Juan Somoza/La Habana
Son demasiados los amigos que han partido a las estrellas, donde se dice viven la eternidad los buenos, y con casi todos hablo en sueños o me alertan ellos, como ocurre con Abel Sardiña, “El Guajiro”, desde hace unos cuantos días.
“Tachito, cuando llegué a los 80 años me cayó el techo en la cabeza”, me dijo en una de nuestros intercambios telefónicos, en tiempos en que múltiples dolencias acentuaban sus ataques. Y pasado el tiempo, El Guajiro vuelve a alertarme en sueños.
Escoge las noches, supongo, porque es cuando casi todas mis articulaciones se empeñan en encenderse hasta que en las mañanas logro aplacarlas acudiendo a una ancestral práctica asiática que ejercita el cuerpo y afila la mente.
Suman unos 2,5 millones las cubanas y cubanos que sobrepasan los 60 años, en una población que se ha ido reduciendo por la estampida migratoria, entre las causas principales, hasta oscilar hoy entre los nueve millones y algo más.
Eso equivale a decir que los “adultos mayores” – construcción gramatical para mí maldita- cargan a sus espaldas unas cuantas de las crisis de todas las dimensiones y matices que han sacudido al país desde 1959.
Pero enfrentar hoy el acoso en curso de la isla tiene rasgos de heroicidad. Y lo digo sin exageración alguna.
Cuando se sobrepasan los 60 años, los 70 o los 80, es tremendo asumir el día a día sin las medicinas que urgen o caminando kilómetros por la falta de transporte público a fin de comprar algunos huevos en el comercio que los vende un poco más baratos o esperar horas frente a un banco, de pie y a pleno sol, con vistas a cobrar una pensión insuficiente para sobrepasar la inflación que nos ahoga.
Esa es otra de las realidades de la Cuba actual, cuando se escuchan campanazos de felicidad, porque esta madrugada la generación eléctrica fue capaz de sobrepasar los apagones, “por primera vez desde el 8 de febrero pasado”, según informó la Unión Eléctrica al subrayar la trascendencia del petróleo ruso que logró penetrar el cerco energético tendido por Donald Trump como parte de su empeño de mandar aquí.
Transcurre otra jornada, y las cubanas y cubanos que han vivido demasiado, en mayoría -quiero suponer-, vuelven a la carga. Unos apoyados en bastones, otros reuniéndose desde temprano para conocer las orientaciones que circulan por los barrios con la intención de que cada quien sepa qué hacer en caso de agresión armada, mientras cuentan igualmente quienes ya han sido vencidos por la vida.


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