Manuel Juan Somoza/La Habana
Corrían los años 70 del siglo pasado, reportaba para PRENSA LATINA la visita de una delegación de profesores estadounidenses a una gigantesca escuela pública en La Habana, se me ocurrió preguntarle al director cuántos alumnos estudiaban de gratis allí para contextualizar y humanizar la nota, y choqué con un misterio.
“¿Y para qué usted quiere saber eso?”, preguntó el funcionario arqueando las cejas y le di mis argumentos sin poderlo convencer. “No, esa información no puedo dársela, tendría que pedirla al ministerio”, concluyó el señor, me dio la espalada y al final logré la cifra escuchando lo que le informaban los maestros a los visitantes.
No podía suponer entonces el alcance de los secretos en mi país, justificados siempre por el hecho CIERTO de que cuando se llevan 60 años desafiando a la principal potencia militar del planeta, son muchas las cosas que deben andar ocultas. Necesidad defensiva que a lo largo del tiempo ha generalizado el disparate del silencio COTIDIANO.
Cuando ocurrió el primer diálogo entre funcionarios de Cuba y Estados Unidos, en la isla tuvimos que esperar a que el presidente Díaz-Canel lo confirmara, muchas semanas después de que los contrarios filtraran la información que le convenía a uno de sus medios digitales, este lo propagó en exclusiva y esa fue la narrativa que recorrió la aldea de norte a sur y de este a oeste, con un efecto desmovilizador entre quienes apoyan a Cuba.
Tras el segundo diálogo (10 de abril), el mismo procedimiento allá, aunque aquí, desprovista de todo el contenido necesario, la confirmación llegó un poquito más rápido. Y claro que las conversaciones SECRETAS ENTRE GOBIERNOS hay que manejarlas con suma discreción. No obstante, si la contraparte habla habría que responder a la velocidad de la luz, con puntos, comas, argumentos y pocos adjetivos.
Pero el llamado “Síndrome del misterio” se ha vuelto un compañero persistente en este país. Como todos los automovilistas llevo meses a la espera de que me corresponda comprar EN DÓLARES 20 litros de gasolina y hoy fui a ponerle los billetes verdes a mi TARJETA CLÁSICA a fin de consumar la compra el día que me toque el turno.
Lo hice en un comercio denominado EL REY, situado en la barriada de Miramar. Lugar limpio, bien iluminado que brinda ese servicio, además de comercializar alimentos, perfumería y artilugios eléctricos, entre otras ofertas.
“¿Y esto es privado o estatal?”, pregunté a una de las empleadas porque me llamó la atención la rapidez del servicio, que los vueltos se daban en monedas, no en caramelos o especies (práctica en las tiendas dolarizadas estatales) y casi medio siglo después de aquella visita a la enorme escuela pública volví a chocar con el misterio.
“Esto es un proyecto”, respondió escueta la empleada. “Pero en qué consiste el proyecto”, insistí. “La administración es privada, pero además me está interrogando, para qué quiere saberlo”, respondió ella, también arqueó las cejas y dio por terminado el intercambio con cara de molestia.
Y así, también entre misterios, pero al fin sin apagones, transcurre otra jornada de abril en este pedazo del oeste de La Habana.


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