Vergonzoso: el 79% de los cubanos de Miami apoya la intervención militar estadounidense en Cuba.

Los llamamientos a la intervención militar estadounidense se hacen eco de la lógica de la Enmienda Platt: que el destino de Cuba debe, una vez más, ser moldeado desde Washington, no desde La Habana.

Por Progreso Weekly 

Una reciente encuesta realizada para el Miami Herald por Bendixen & Amandi International y The Tarrance Group revela un dato sorprendente y profundamente inquietante: el 79% de los cubanos y cubanoamericanos del sur de Florida apoya una intervención militar estadounidense en Cuba. Aún más revelador es que una amplia mayoría rechaza las negociaciones que podrían mejorar la vida de los habitantes de la isla si estas no logran un cambio de régimen completo.

Seamos claros sobre lo que esto significa. Significa que, desde la seguridad de Miami, desde hogares cómodos y vidas estables, lejos de la escasez, muchos están dispuestos a respaldar una línea de acción que casi con toda seguridad traería derramamiento de sangre a la misma isla que dicen proteger. La guerra no es una abstracción. No es un eslogan. No es una herramienta política. Es destrucción: de infraestructura, de familias, de vidas jóvenes, muchas de ellas de reclutas sin voz ni voto en el sistema al que sirven.

Y, sin embargo, según esta encuesta, esa realidad no es suficiente para atenuar el entusiasmo.

La contradicción es difícil de ignorar. Muchos encuestados reconocen que «los que morirán son los jóvenes», como lo expresó un participante. Otros admiten que «no querrían ver derramamiento de sangre». Pero estas dudas morales se derrumban ante una sola exigencia: un cambio de régimen, a cualquier precio, impuesto no por los propios cubanos, sino por el ejército de Estados Unidos.

Hay algo profundamente inquietante en esa postura. Una cosa es oponerse a un gobierno, incluso con vehemencia. Otra muy distinta es delegar la resolución violenta de esa oposición a una potencia extranjera, especialmente a una con una larga y compleja historia de intervención en Cuba y Latinoamérica. La disposición a clamar por la guerra, sin verse personalmente afectado por sus consecuencias, plantea interrogantes incómodos sobre la responsabilidad y el valor.

La historia nos ofrece un espejo, y no es uno muy halagador.

Hace más de un siglo, Cuba emergió del dominio colonial español solo para aceptar la Enmienda Platt, que otorgaba a Estados Unidos el derecho a intervenir en los asuntos cubanos. En aquel momento se justificó como un paso necesario hacia la estabilidad y el progreso. En realidad, comprometió la soberanía cubana y supeditó el futuro de la isla al control externo.

Los actuales llamamientos a la intervención militar estadounidense reflejan esa misma lógica: que el destino de Cuba debe, una vez más, definirse desde Washington, no desde La Habana. Los paralelismos son innegables. Entonces, como ahora, había quienes estaban dispuestos a aceptar —e incluso a acoger con beneplácito— la intervención extranjera como un atajo para alcanzar fines políticos.

¿Cómo deberíamos llamar a esa mentalidad?

En el mejor de los casos, se trata de una forma de impaciencia política, una negativa a aceptar el lento, incierto y a menudo frustrante proceso del cambio interno. En el peor, se convierte en algo más preocupante: una mezcla de oportunismo y desapego, donde los costos de la acción recaen enteramente sobre otros. Cuando se aboga por una guerra que uno no está dispuesto a librar, contra un país donde ya no se vive, afectando a personas que no pueden votar en las urnas, el cálculo moral se vuelve difícil de defender.

La encuesta contiene otros detalles reveladores. Un gran número de encuestados ya no envía dinero ni ayuda a sus familiares en la isla. Muchos no la han visitado en años. La mayoría no volvería a vivir allí ni siquiera en mejores condiciones. La distancia física, económica y emocional va en aumento. Y, sin embargo, el deseo de tomar medidas decisivas, incluso extremas, sigue vigente.

La distancia, al parecer, puede endurecer las posturas en lugar de suavizarlas.

Nada de esto niega el sufrimiento en Cuba ni la profunda frustración con su gobierno. Son realidades que merecen atención. Pero hay una diferencia entre solidaridad y sacrificio, sobre todo cuando se espera que otros se sacrifiquen.

Si el objetivo es un futuro mejor para Cuba, cabe preguntarse si ese futuro puede construirse realmente sobre las ruinas de una guerra impuesta por potencias extranjeras. Y si quienes aplauden desde la distancia están dispuestos a afrontar las consecuencias, no solo en teoría, sino también en vidas humanas.

La encuesta, publicada por el Miami Herald y realizada por Bendixen & Amandi International y The Tarrance Group, ofrece una visión general de la opinión pública. Pero también revela una división más profunda: entre quienes estarían dispuestos a vivir las consecuencias de la guerra y quienes simplemente la respaldarían.

Esa división merece un análisis más profundo del que está recibiendo.

(Tomado de Progreso Weekly)

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