Manuel Juan Somoza/La Habana
Vivian y yo estamos entre la gente con buena suerte, aunque nos adentramos en otro día incierto tras sonarnos 18 horas sin servicio eléctrico. No puedo saber cuántos tendremos igual dicha en este país cercado desde enero por voluntad de Donald Trump, pero sí, nos empujan a seguir las convicciones y una retaguardia inconmovible.
Me he casado tres veces -resultado a NO imitar-, tengo cinco hijos, seis nietos y un bisnieto, regados todos por diversos lugares de la aldea, luchadores todos para vivir según dictan sus sueños, lejanos todos de nosotros y cercanos al instante, cuando el zapato aprieta.
Cada uno interpreta la vida a su manera, pero se hacen sentir sin esperar reclamos. Envían desde alimentos y medicinas hasta ese aliento que , incluso de manera digital, nos hace sentir acompañados y eso, créanme, es un privilegio cuando la palea aquí resulta dura.
Es un misterio grato del que Vivian y sus padres (Regino y Cheché) fueron parte al transformarse en madre y abuelos consagrados de mi prole, mientras ella y yo desandábamos el planeta en el ejercicio de un oficio que nos abrió los ojos a otras culturas, hasta comprender la relatividad de los conceptos y el valor de las ideas.
Esa es una de las caras de la compleja cotidianidad cubana. Otra, más oscura que cualquier apagón, es la de esas madres y esos padres que han quedado SOLOS a su suerte luego de la estampida de sus hijos en busca de mejor vida en otros lares.
Tampoco sé cuántos serán. No obstante, supongo sean muchísimos más que la capacidad y la eficiencia del Estado para brindarles alguna protección.
Y hasta aquí esta suma de estampas que escribo cada día siempre a la carrera para adelantarme a la sombra maligna que ustedes ya conocen y sobre la cual, quizá, escribo demasiado.


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