Jorge Gómez Barata/La Habana
La guerra en Oriente Medio no es mundial ni es un conflicto de civilizaciones porque técnicamente no cumple ciertos parámetros. No obstante, dado que involucra a países emblemáticos de las principales culturas y civilizaciones, alienta confrontaciones a escala de la humanidad.
Estados Unidos, el país más religioso del mundo, predominantemente cristiano, paradigma de la civilización tecnológica y de la economía de mercado occidental, está en guerra con Irán, gonfalón de la civilización y de la cultura persa, máximo exponente de la fe islámica chiita, además de con Norteamérica, está en guerra con Israel entidad bandera del judaísmo.
Por sus propios motivos, Irán, único país no árabe de Oriente Medio, cruza armas contra efectivos estadounidenses estacionados en unos diez países árabes que, voluntariamente, han cedido su territorio para bases norteamericanas desde las cuales operan fuerzas militares que lo hostilizan. De ese modo, de hecho, el diapasón confrontativo, se amplía, incluyendo elementos de su propia fe.
Aunque en otro teatro de operaciones militares y con otra génesis, en Europa, en una guerra cuasi fratricida, se enfrentan Rusia y Ucrania, exponentes del mundo eslavo y de la fe ortodoxa. En el caso de las superpotencias y el país hebreo, se trata de guerras por elección, mientras los otros involucrados hicieron poco por evitarlas.
El mosaico y las sinrazones recuerdan Las Cruzadas cuando, convocados por el papa y los monarcas europeos, ignorando las diferencias de clases, en nombre de la cristiandad, decenas de miles de europeos de todas las naciones y condiciones, se involucraron en una guerra prolongada por varios siglos para, presuntamente liberar Tierra Santa, donde ahora se han instalado Palestina e Israel. Entonces, se incurrió en la paradoja histórica de pretender liberar a Jerusalén de los jerosolimitanos, como si fuera posible liberar a China de los chinos.
Las enormes dimensiones del conflicto, librado bajo los términos impuestos por los Estados Unidos y sus consecuencias globales, se asocian a los intereses hegemónicos de la primera potencia imperialista del planeta que, al control de los recursos petroleros de Venezuela, ahora bajo su tutela, pudiera sumar los de Irán que, con los propios, suman alrededor del 50 por ciento de todos los existentes, con lo cual pudiera ejercer un predominio duradero sobre la economía mundial.
Es harto difícil calcular cuánto puede durar una guerra que, según Trump será breve, lo cual es probable, más difícil será precisar qué se obtendrá con ella. No obstante, es casi seguro que sus iniciadores, especialmente Estados Unidos que actúa con todas las ventajas, incluidas la enorme distancia que lo mantiene a salvo de las armas iraníes y la asimetría militar, económica y politica, será quien obtenga mayores dividendos.
Una neutralización de Irán dejará a Israel sólo en el ring y a Oriente Medio, especialmente a Palestina a su merced.
Refiriéndose al conflicto con Irán y a sus consecuencias, humanitarias y de todo tipo, Peter Hegseth, secretario de la guerra de los Estados Unidos ha reconocido que: “Las guerras son infernales”. Le faltó añadir que ese engendro diabólico se ha desatado por elección de los Estados Unidos. A confesión de parte… relevo de pruebas. Allá nos vemos.
(Tomado del diario ¡Por esto!)
Guerra de civilizaciones


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