Por Carlos Alzugaray Treto/La Habana
No cabe ninguna duda que Cuba enfrenta hoy una de las encrucijadas más riesgosas, sino la más riesgosa, de su historia. Se está jugando el futuro de la nación como la conocemos, con todas sus virtudes y defectos, con todas sus luces y sus sombras.
Los tradicionales enemigos de la nación cubana aspiran a lograr sus propósitos con más fuerza que nunca tras lo sucedido en Caracas el 3 de enero y la publicación de la Orden Ejecutiva del presidente norteamericano Donald Trump el 19 de ese mismo mes.
Aprovechando la actual situación crítica del país, el gobierno de Estados Unidos intenta hacer tabula rasa con los último 67 años de historia cubana.
Si ello sucediera, los cubanos perderíamos toda posibilidad de autodeterminación. Colapsarían las aspiraciones emancipadoras seculares de nuestros más eminentes próceres. Cuba nunca más sería la nación que soñaron Martí, Céspedes, Agramonte, Ana Betancourt, Mariana Grajales, Maceo, Gómez, Marta Abreu, Mella, Guiteras…
Paralelamente, el país vive una policrisis resultante de la confluencia de dos fenómenos distintos pero vinculados. Por un lado, están los 64 años de guerra económica desencadenada por Estados Unidos en 1962, bajo el presupuesto de que aplicarle a los cubanos sanciones económicas deberían producir «hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno», como argumentó el Memorándum Mallory de abril de 1960. Y por el otro las deficiencias e insuficiencias que en materia de política económica ha manifestado el gobierno cubano en los últimos 8 años.
Lamentablemente, como en otras etapas de la trayectoria cubana, hay compatriotas que apoyan esa política norteamericana hostil a la nación en la falsa creencia de que en aceptar la subordinación a un Estado extranjero está nuestra salvación y nuestro bienestar.
Se olvidan de todas las advertencias de José Martí y de la historia de 57 años de sometimiento a Estados Unidos, que tampoco nos hizo un país próspero, por más que se intenten vender imágenes de una Habana luminosa que contrastaba con la pobreza y la desigualdad en el resto del país.
Otros compatriotas están tan agobiados por las dificultades de los últimos años que llegan a negar los logros reales del proyecto revolucionario en su primera etapa. Su razonamiento es iluso: «Hace falta que los americanos vengan y arreglen esto».
Esa fatídica frase se oye cada día más en las calles de nuestras ciudades.
Finalmente, como suele suceder en otros países y contextos, hay compatriotas que se aferran a un pasado que no volverá y se oponen hasta a un axioma que el propio Fidel Castro defendió: cambiar todo lo que deba ser cambiado.
La confluencia entre nosotros de estas tres tendencias, condenan al país a algo que ya Raúl Castro vaticinó hace más de 15 años. O se rectifica o nos hundiremos en un precipicio. Dicho de otra forma, el inevitable colapso.
El presidente Miguel Díaz Canel, en su intervención ante medios de prensa el pasado 5 de febrero, se refirió a transformaciones puntuales, pero evitó hablar de reforma de manera integral. El representante del Estado cubano mencionó la palabra cambio en cuatro ocasiones para referirse a temas como el concepto de la canasta básica, la mentalidad importadora, la matriz energética, y el modo de conducción del partido. Asimismo, el concepto de transformación se usó sólo en 5 ocasiones también para temas específicos: la transformación digital y de la inteligencia artificial (con un país prácticamente apagado), la de hacer más sostenible económicamente el aparato estatal, la de la autonomía de los municipios, la del estímulo a los cubanos residentes en el exterior para que participen en el desarrollo del país, y la de la transición energética.
Sin embargo, en momentos en que, a todas luces, el país necesita más que nunca antes una reforma de gran calado en lo económico y el inicio de una reforma política gradual que haga más eficiente y receptivo el régimen de relaciones entre los ciudadanos y el Estado, llama la atención que el propio máximo dirigente del partido y del gobierno no haya abordado un tema de tanta relevancia en un momento tan crítico, como el de la necesidad de la reforma.
Esa cuestión está planteada en la agenda nacional desde que se pusieron en práctica una serie de cambios sustantivos en la década de 1990 por el propio Fidel Castro: legalización de la tenencia de divisas y apertura a la inversión extranjera; ampliación del trabajo por cuenta propia; y creación de las Unidades Básicas de Producción Agropecuaria.
En el plano político, el propio fundador de la Revolución propuso e impulsó por aquellos años la reforma de la Constitución en 1992, que incluyó también una transformación electoral: los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular comenzaron a ser ratificados por los ciudadanos (hasta entonces lo habían sido de forma indirecta por los delegados a las Asamblea Provinciales).
A fines de la primera década y principios de la segunda de este siglo, durante sus primeros mandatos, Raúl Castro promovió otra ola de reformas, incluyendo una de carácter político de gran importancia para la ciudadanía que en el 2013 rompió con años de prácticas restrictivas: Una nueva ley migratoria.
La lucha entre los partidarios y los opositores de las reformas en la actualidad fue planteada con toda crudeza desde estas páginas por mi joven colega Rubén Padrón Garriga en su video titulado «La contrarreforma» en el cuál apuntó que «negar la reforma es condenar al pueblo a la miseria».
Las reformas y el contexto nacional e internacional actual
El actual contexto nacional e internacional es gravísimo, y demuestra algo sobre lo cual no puede haber confusión, la contradicción más grave que se encara, como en otras etapas históricas, es la que contrapone las ambiciones imperiales de ciertos círculos de poder en Estados Unidos a las aspiraciones cubanas de una Patria libre y soberana, próspera y democrática, justa y equitativa.
La administración norteamericana del presidente Trump, en la que juega un papel determinante Marco Rubio, un personaje a quien lo consume un odio ingénito y perverso, está dispuesta a hacerlo todo, incluso desencadenar una agresión militar para lograr el ansiado sueño de un «cambio de régimen».
Para Rubio, sus colaboradores y una creciente cantidad de cubanos emigrados, «cambio de régimen» equivale en la práctica a una rendición incondicional, no solo del gobierno, sino también del pueblo cubano que está en la Isla.
Si Cuba «colapsa» como se asegura que pasará ineluctablemente, todos quedaríamos subordinados a su dominio. Sería iluso creer otra cosa.
El propio Trump ha insinuado qué se podría hacer en Cuba y a quiénes más le interesa respaldar: «desbaratar» el país para provocar una ruptura del proceso político nacional en beneficio de los cubanos que mayorean la diáspora en Estados Unidos.
Claro está, cualquier promesa de Donald Trump es sumamente incierta. Véase, si no, la forma en que están siendo tratados los cubanos, aun aquellos que votaron por él en el 2024. Crecientes detenciones, deportaciones y maltrato, incluso a los que ya son ciudadanos.
Los cubanos residentes en el vecino del norte que apoyaron a Trump y Rubio hace un año deberían reflexionar sobre esto antes de seguir pidiendo una invasión, un bloqueo naval a las importaciones de petróleo o una acción militar de otro tipo.
Trump, Rubio y un creciente número de cubanoamericanos están también convencidos de que, debido a las falencias y errores del gobierno cubano, se han creado las condiciones necesarias para provocar el «colapso» de Cuba, de su economía y de su gobierno. La Orden Ejecutiva del presidente Donald Trump del 19 de enero del 2026 está claramente diseñada para provocar ese colapso mediante la asfixia energética. Lo cual constituye un acto de guerra contra todo un pueblo que no amenaza a Estados Unidos.
Por tanto, el desafío de Cuba y de los cubanos que vivimos aquí es obvio. No hay ninguna posibilidad de levantamiento del bloqueo y ni siquiera de su flexibilización. Tenemos que vencerlo con políticas económicas eficaces que superen nuestra dependencia externa.
A esa contradicción entre el pueblo cubano y los círculos de poder imperialistas dentro de Estados Unidos se suma otra también sumamente importante, la que existe al interior de la sociedad cubana entre los que la gobiernan y los ciudadanos que aspiran al bienestar y la prosperidad, y no ven en los primeros a decisores capaces de producir los cambios necesarios.
Aquellos cubanos que dentro y fuera de Cuba creen que el asunto se resuelve con una ruptura total y la salida del poder de todos los que hoy gobiernan, harían bien en reflexionar sobre lo que está pasando y lo que podría pasar, a partir de lo que ha sucedido en otros países que Estados Unidos ha ocupado y dominado. Junto con el gobierno actual se intentaría borrar todo lo positivo del proceso revolucionario en sus primeros años (acceso universal a la salud y a la enseñanza, facilitación para el acceso a la vivienda, etc.)
Nos impondrían un gobierno «Made in Miami» que respondería solamente a los intereses estadounidenses y a los de la derecha cubanoamericana de esa ciudad floridana. Esto no resultaría en un «capitalismo de primer mundo» sino, como ya ha pasado en otros países subordinados a Washington, nos tocaría uno extractivista cuyos beneficios no irían para la población cubana, sino para las empresas extranjeras que exploten nuestros recursos. Entre Washington D.C. y San Juan hay notables diferencias.
Y de la democracia y los derechos humanos, ¿qué? Ya Donald Trump ha demostrado que eso no le interesa. Pero no solo en Cuba o Venezuela. Quiere anexarse Canadá y Groenlandia sin la más mínima consulta a sus ciudadanos.
Salir de la crisis intensificando el camino de la reforma
Por eso, el único camino que tenemos los cubanos que vivimos en la Isla es el de hacer todo lo necesario para que la economía cubana, que lleva varios años decreciendo, se recupere y comience a desarrollarse, para que nuestros ciudadanos puedan tener acceso a la vida decorosa prometida, que con toda justicia se merecen. Y eso depende exclusivamente de las máximas autoridades del país. No de las provincias, no de los municipios, y no del cubano de la calle.
La demanda de reformas, ante todo económicas, pero también políticas, es una consecuencia natural del momento en que vivimos. Sobre todo, cuando comprobamos al ver el Noticiero Nacional de la Televisión que nuestros gobernantes, con algunas excepcionas, siguen repitiendo fórmulas del pasado y se niegan no solo a cambiar, si no a reconocer claramente los múltiples errores que han cometido.
Las cifras son contundentes. Sigue decreciendo el PIB, el volumen de las exportaciones y el índice de productividad, y en lo social aumenta la mortalidad infantil y el envejecimiento de la población debido a la baja fertilidad y a la creciente migración de jóvenes en edad laboral.
A la sombra de estas dos contradicciones, en Cuba hay una aguda lucha entre los que, desde su condición de ciudadanos y hasta de militantes de fila o no del partido, consideran imprescindible la profundización de las reformas, y los que desde el poder posponen cambiar todo lo que deba ser cambiado, escudándose en la consigna de «ser continuidad». Estos últimos han llevado la voz cantante y mantenido el control del poder, incluyendo los medios de comunicación masiva.
En estos casos, un expediente que a menudo utilizan los sectores defensores del inmovilismo ha sido la supremacía de su discurso anquilosado en los medios estatales de difusión, en particular la televisión.
Rechazan y estigmatizan al que piense distinto y proponga cambiar todo lo que deba ser cambiado. Los difaman y vilipendian con las más inverosímiles acusaciones. El tono de estas aseveraciones es áspero, sectario y opresivo.
No hay nada nuevo en estas acusaciones. Ya se han visto en ocasiones anteriores como en el 2016 cuando, por ejemplo, se realizó una campaña contra el llamado «centrismo».
Pero hay una agravante. Lo crítico del momento. No son tiempos de dividir, son de sumar y multiplicar. No son tiempos de intrigar contra cubanos patriotas solo porque tienen una opinión distinta.
A los sólidos argumentos de especialistas cubanos del más alto prestigio nacional e internacional sobre la necesidad de reformas, se oponen argumentos difícilmente sostenibles en un debate académico serio.
Como en otras ocasiones, respecto al caso concreto de la reforma, se cita fuera de contexto el ensayo «¿Reforma o Revolución?» de la valerosa dirigente germano-polaca, Rosa Luxemburgo. Es superficial argumentar que se puede generalizar ese debate más allá de su contenido específico como si nuestra coyuntura fuera igual a aquella disyuntiva específica a la que se refería ese texto resultante del enfrentamiento al interior de la socialdemocracia alemana en la última década del siglo XIX.
Como se sabe, ese debate se refería al Programa de Erfurt y a cuál era la mejor estrategia para derrocar el capitalismo y construir el socialismo en Alemania. O sea, lo que se discutía era la estrategia para la toma del poder por un partido socialista o socialdemócrata y la radicalidad del camino a seguir una vez en el poder a fin de superar el capitalismo.
Pero las conclusiones de Luxemburgo que usualmente se citan no tienen nada que ver con nuestra situación concreta y lo que se debate: la necesidad o no de reformas en el socialismo de la Cuba de hoy. Lo que se pretende es hacer propuestas para cambiar todo lo que deba ser cambiado a fin de que el socialismo cubano alcance lo que se propuso, una sociedad próspera, sustentable, justa y con equidad.
Es evidente que las actuales políticas no han dado resultado en este sentido.
Un mejor enfoque sobre el significado de las reformas dentro de un sistema socialista puede ser el de un académico muy conocido en Cuba, Atilio Borón, quien en el 2008 refiriéndose precisamente a las experiencias cubana y venezolana dentro del concepto del Socialismo del Siglo XXI, afirmó:
«El absurdo de anatemizar cualquier reforma como una herejía o una traición al socialismo —entendido este como un dogma inalterable no solo en el plano de los principios, lo que está bien, sino también en el de los proyectos históricos, lo que está mal— salta a la vista, porque significaría la consagración de un suicida inmovilismo, la negación de la capacidad de autocorrección de los errores y una renuncia al aprendizaje colectivo, condiciones estas imprescindibles para el permanente perfeccionamiento del socialismo”. [1]
Lo que ha dañado más a la economía cubana no es la reforma aprobada hace 15 años, como argumentan los oponentes de la reforma, si no precisamente el no haberla aplicado consecuentemente y con intencionalidad. Los ejemplos son muchos: el inexplicable retraso en aplicar el «ordenamiento» o unificación monetaria y cambiaria, originalmente programado para el 2016 pero pospuesto hasta el 2020, o la sorprendente demora actual en aprobar una ley de empresas, por poner sólo dos ejemplos.
Académicos cubanos de distintas generaciones y profesiones vienen sometiendo la realidad del país a un análisis serio y objetivo de la realidad. Sin apelar a consignas ni a subterfugios que pretendan edulcorar la policrisis en que vivimos. Lo hacen en espacios institucionales como la Sociedad Económica de Amigos del País, el Centro de Estudios de la Economía Cubana o los Últimos Jueves de Temas. Lo hacen en público a la vista de la ciudadanía.
Cumplen con algo que argumentara Julio Carranza hace ya más de 18 años:
«Existe una responsabilidad de servicio público en el científico y en las instituciones científicas, que consiste en la comunicación directa a la sociedad de información y análisis especializados; no como propuesta política, sino como interpretaciones fundamentadas que contribuyen a elevar la cultura y el conocimiento general sobre diferentes temas». [2]
Entre los adversarios de la reforma prima una visión anquilosada del marxismo ortodoxo. Esa visión fue la que dominó en la Unión Soviética durante más de 60 años de su existencia e impidió que las reformas se hicieran a tiempo. El resultado fue que cuando al fin los partidarios de la reforma lograron impulsarla a partir de 1985 ya era tarde. El estancamiento económico resultante del anquilosamiento y esclerotización del pensamiento marxista había minado las bases del socialismo en la URSS.
Otro fue el camino seguido por la República Popular China y la República Socialista de Vietnam. En ambos los sectores reformistas dentro de sus respectivos partidos comunistas lograron impulsar transformaciones que abrieron la economía a las realidades del mercado. Las evidencias del éxito de sus respectivas reformas están a la vista. En ambos países no hubo reticencia a abordar las reformas con toda seriedad y profundidad. Los pueblos de ambos países disfrutan de los beneficios de economías prósperas y resilientes.
Cuba tiene que buscar el camino de sus reformas o de lo contrario todos arriesgamos un inadmisible retroceso que no nos merecemos después de tanto sacrificio.
[1] Borón, Atilio, Socialismo Siglo XXI: ¿Hay vida después del neoliberalismo?, Buenos Aires, Ediciones Luxemburg, 2008, página 117.
[2] “El compromiso de la ciencia y la ciencia del compromiso”, Temas, No. 53: 143-154, enero-marzo de 2008, pág. 147.
(Tomado de La Joven Cuba)


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