Carlos Batista/ Barcelona
A estas alturas del juego, nadie sabe cuántos somos en mi generación, esa que pasó los 65 y se adentra en los 70.
Nadie, ni la ONEI, ni los demógrafos , pueden precisar cuántos somos los cubanos de esa generación, porque estamos aquí y allá.
Somos residentes en más de un lugar y ausentes de ninguno. No nos consideramos emigrados y nos encabrona que algún burócrata con no se que derecho divino, nos borre de la lista.
Éramos demasiado jóvenes, niños, cuando triunfó la revolución en 1959, y los líderes andaban por los 30. Cuando comenzó a desaparecer la Generación del Centenario, éramos demasiado viejos para acceder al poder.
Nos tocó en los 60 despedir a tíos y primos que emigraron. Una primera fractura familiar. De adultos, nos tocó despedir a nuestros hijos, y tener ciber nietos. Otra dolorosa fractura familiar.
El sociólogo Luis Suárez, uno de nosotros, nos bautizó como la generación guevarista, por la influencia del Ché en nuestra vida. El novelista Padura, menos viejo, pero de la misma camada, dijo que éramos la generación perdida, pues nos reventamos construyendo un país para nuestros hijos, nunca llegamos al poder y nuestros hijos emigraron.
Nos tocó cultivar y cortar mucha caña incluso bajo un ciclón en Camagüey, donde lloramos el fracaso de los 10 millones. Conocimos primero el manejo de la carabina Máuser y el AK soviético, que la intimidad de una muchacha.
Nos prohibieron los Beatles, nos azuzaron contra los homosexuales, antes y después de la UMAP, y nos cerraron más de una puerta por correspondencia con nuestra familia emigrada y otros » problemas ideológicos».
Como no tuvimos acceso al poder, nos dedicamos a estudiar y sin intención, ensanchar las letras y las ciencias de un país, que nunca pensamos abandonar.
Un día el demógrafo Antonio Aja me confirmó que éramos la generación que menos había emigrado y con más arraigo en Cuba.
Aja y otros muchos somos amigos de inicios de la secundaria básica en Holguín y aún nos comunicamos.
Algunos decidieron, por convicción, quedarse a apagar el Morro (no emigrar), y se lo respeto. Otros no les queda más remedio que quedarse, pues como un pitcher que pierde un juego, no tiene para donde virarse.
El resto, jubilados y solos en Cuba, hemos decidido ser «de aquí y de allá», como aquella canción de David Torrens que me impactó por primera vez en el Karl Marx.
El pasado año me levanté temprano en La Habana para ir a votar. Alguien me había borrado del padrón. En el CDR me dijeron que nadie los consultó para hacer el censo. Así pues lo exigí y voté.
No soy y creo que nunca seré opositor al Gobierno cubano, pero tampoco siento que ese sea el país por el cual trabajé toda mi vida.
Mientras, me quedo con mi esposa al cuidado y al amor de mis hijos y nietos, mirando desde Barcelona mi isla, que me duele profundamente todos los días, en lo que creo hay muchas culpas, no solo de los vecinos del norte, sino también desidia, incapacidad y temor al cambio de los que mandan.
Antes eran “gusanos”, después emigrados. Nosotros no tenemos apelativo todavía y, a fin de cuentas, ahorramos cuotas de alimento a la OFICODA, pues te dan de baja sin preguntar y , gastamos menos al ministerio de Salud.
Pero saben qué?, gracias a internet, me comunico con mis amigos de la infancia y la juventud, que también jubilados, están dispersos en otros países, y tampoco se sienten ni aceptan ser emigrantes.
Igualmente con los que quedan en Cuba, cuando el apagón y los pocos megas de reserva, les permite comunicarse.


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