Félix López/Andalucìa
Prometí que escribiría sobre un tema que martilla la vergüenza a no pocos cubanos. Los performances de «cristach», de Sandro Castro. Lo haré, a pesar de que algunos amigos me dicen que «no vale la pena», que «sería ampliar y legitimar su tontería», o que «no serviría de nada, porque es un intocable». Lo cierto es que si no se tratara de un nieto de Fidel Castro, Sandro pasaría como un «influencer» más, o un disociado de los que pululan en las redes sociales. Por ser quién es —y lo que eso simboliza— es que se ha convertido en el bufón de la corte. Indeseable para algunos. Un comodín para los intereses de otros.
Acompaño este post con la imagen de una conocida pintura de Jan Matejko. Se titula «El payaso desolado» (Polonia, 1862) y está dedicada a la figura de Stanczyk, el bufón más célebre de la Europa del siglo XVI. Entonces no existían las historias virales en Instagram, Facebook, X o TikTok, pero su inteligencia, sus agudas críticas sociales y sus payasadas con dardos le permitieron trascender a la literatura y las artes plásticas. Sandro Castro, por la incultura que muestra, es la antítesis de Stanczyk, pero hay algo que los acerca. El polaco desnudaba la verdad detrás de las apariencias. Sandro se muestra tal como es y usa máscaras solo para burlarse. Está tan poseído de poder que no necesita esconderse.
Confieso que antes de escribir del tema he tirado abajo la hemeroteca. Hay quienes encienden el altavoz para pedir «que alguien lo pare», «que la familia haga algo» y «que deje de burlarse del pueblo cubano». Deseos, pero como dicen los llaneros venezolanos: «Deseos no empreñan». Comprendo que los operadores políticos cubanos están a tope y agobiados con la situación económica, energética y social del país, como para detenerse a perder su tiempo con un joven que no representa ningún peligro para su statu quo. Además de no complicarse la vida en enfrentar a un vástago de la familia Castro. Pero resulta que el bufón se ha salido de su zona de confort —bar, chicas, luces, acción— y ha comenzado a confrontarlos.
Una bandera gringa, una «cristach» fría y un chiste:
—¿Qué le dijo un apagón a otro?
—¡Somos continuidad!
Dicho por alguien que lleva sangre y apellido Castro no es un chiste, es una burla y una provocación. Quizás ya alguno de los que se dicen continuidad esté decidido a parar el circo. O tal vez viren la cara, como hicieron una y otra vez desde 2017, cuando Sandro Castro saltó a la palestra y su emprendimiento en La Habana, el bar Fantaxy, era señalado como «un nido de drogas, proxenetismo, prostitución y corrupción de menores». Todos esos presuntos delitos se los atribuían los llamados medios independientes. Pero ni la prensa oficial, ni los operadores políticos, le dijeron a los cubanos si aquello era verdad o mentira. Los mismos medios lo señalaron en 2019 como dueño de otro bar de moda, el Iluxión. Y después de EFE, el bar del famoso cumpleaños, cuando toda Cuba soportaba un apagón nacional histórico. En los últimos cinco años no ha dejado de ser noticia. Unas veces porque los paparazzis lo han sorprendido de compras en Cancún, o porque él mismo ha subido sus videos al volante de un Mercedes Benz («el juguetico»), o posando como La maja desnuda sobre una estiva de cajas de cervezas «cristach». Solo en este párrafo hay indicios suficientes para prender la calculadora y averiguar, aproximadamente, cuánta plata e influencias ha movido el «emprendedor». E investigar si son dineros lícitos y si los negocios los ha creado en igualdad de condiciones con el resto de los cubanos.
Lo que sigue no exime a Sandro Castro de comportarse con un mínimo de decencia y de respeto por la memoria de su abuelo. Ser el hijo o el nieto de alguien implica una responsabilidad y no un pasaporte para la impunidad. Pero el de la «cristach» es solo la punta visible del iceberg. El que se exhibe sin pudor en las redes. A diferencia de muchos otros hijos y nietos con apellidos ilustres que andan calladitos por el mundo. Sin que nadie se pregunte o les cuestione de dónde sacaron el dinero para pagarse una universidad privada, montar una empresa, adquirir propiedades o viajar a toda leche. Googleen y verán varios titulares que dicen más o menos así: «Revelan lista de hijos de altos funcionarios cubanos que estudian fuera de Cuba con el sudor del pueblo». Allí encontrarán otros apellidos. Y choca cuando te dicen y te documentan con fotos que es el hijo del ministro tal o la ministra tal cual, o del general fulano. Si algo funciona en Cuba son los órganos de inteligencia. Nada de eso puede ocurrir sin que se sepa, por más discretos y bien entrenados que estén los muchachos. Aclaro que no hay nada que reprochar a cualquier joven, hijo de quien sea, que en su interés de formación se luche una beca y se vaya a donde le de la gana. Conozco a algunos que trabajan de noche para pagar su renta, mientras estudian. Lo inaceptable es que otros, a los que no se les reconoce fortuna legal alguna, vivan como príncipes saudíes.
Dicho esto, amigos insultados con Sandro Castro, les pregunto si están listos para atacar al bufón de la corte o están preparados para un debate más serio, más profundo, en contra de los privilegios, la corrupción y las castas que ya son algo más que una basura en los ojos.
PD: Hammer en una mierda, pero no es la única mierda.
(Tomado del Facebook del autor)


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