Jorge Gómez Barata/La Habana
Desde el Pacto de Múnich (1938) entre Gran Bretaña, Italia y Francia y el Pacto Molotov-Ribbentrop (1939) entre Alemania y la Unión Soviética, no recuerdo una componenda internacional con las dimensiones de la pactada para poner fin a la guerra en Siria.
En el primer caso las potencias occidentales entregaron Checoslovaquia a Hitler, mientras el segundo fue un tratado de no agresión entre la Alemania y la Unión Soviética que incluyó un protocolo secreto, por el cual ambas potencias se dividieron a Polonia y a los países bálticos ubicados entre ellos.
El desenlace de la guerra en Siria prolongada por 12 años, implicó a Estados Unidos y Rusia, dos potencias nucleares, miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, además de a Turkiye, Israel, Irán e indirectamente a otros países, así como a un mosaico de organizaciones sirias y extranjeras, entre ellas el Estado Islámico (ISIS), Hezbollah, Hamas y la Administración Autónoma Kurda de Siria, un virtual estado kurdo dentro de Siria.
El actual conflicto no se saldó por una victoria militar ni por un acuerdo legítimo, sino por una componenda que no requirió que los implicados se sentaran a una mesa para negociar los asuntos y emitieran algún documento, sino que bastó con que concordaran. Se trata de una concertación “de facto”.
Lo significativo es que Estados Unidos, que, a partir de 1979, conformó listas de “Países Patrocinadores del Terrorismo y de Países que no cooperan en la lucha antiterrorista” y, en 2001 declaró la guerra total al terrorismo, como parte de la cual invadió países, eliminó a cabecillas y aplicó sanciones, haya dado el visto bueno al régimen recién instalado en Siria formado por terroristas confesos.
La primera lista (1979) incluyó a cuatro estados: Libia, Irak, Yemen del Sur y Siria. En 1982 se añadió a Cuba que en 2015 fue sacada de la lista y en 2021 reintroducida por Donald Trump. Respecto a Cuba, los funcionarios del Departamento de Estados manipularon hechos nimios, incomparables con las atrocidades de los nuevos gobernantes sirios santificados por Estados Unidos.
Esta vez se trata de Hayat Tahrir al Sham (HTS), una cofradía formada con elementos de Al-Qaeda, Estado Islámico (ISIS) y de otras entidades terroristas de la misma calaña, por cuyo líder Abu Mohamed al-Golani, Estados Unidos ofreció una recompensa de diez millones de dólares que, de modo relampagueante, avanzaron hasta tomar Damasco, poniendo en fuga al presidente Bashar Al Assad que se refugió en Moscú.
Pocos días después, en la ciudad jordana de Aqaba, se reunieron los cancilleres de Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Arabia Saudita, Irak, Líbano y Egipto quienes acompañados por Antony Blinken secretario de estado de los Estados Unidos, Kaja Kallas, alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, así como los jefes de la diplomacia de Turkiye, Hakan Fidan, Francia, Jean-Noël Barrot y el enviado de las Naciones Unidas para Siria, Geir Pedersen.
Beatíficamente, como si se tratara de asistir a liberadores, los jerarcas convocados acordaron: “…Apoyar a Siria para lanzar un proceso político integral que responda a las aspiraciones y derechos y garantice un futuro mejor para todos en este momento histórico, que queremos que se convierta en un logro para el pueblo sirio con el fin de cerrar una época de años de sufrimiento”
El encuentro significó una legitimación del poder establecido por una entente terrorista. El hecho de que Estados Unidos, Europa y los estados árabes presentes, se declaren dispuestos a contemporizar con los terroristas que forman la Hayat Tahrir Al Sham (HTS) (Al-Qaeda, Estado Islámico (ISIS) y otras indican abdicación o, como mínimo una rectificación de la política antiterrorista.
Para ilustrar las proporciones de la componenda, me permito recordar que Hayat Tahrir al-Sham (HTS) y las organizaciones que la integran, hasta la caída de Damasco, era considerada una organización terrorista por Naciones Unidas, la Unión Europea, Estados Unidos, Rusia, Turkiye y decenas de otros países.
El líder de esta temible organización y hoy hombre fuerte en Siria, Abu Mohamed al-Golani es un saudita integrante de Al-Qaeda, que en 2006 se unió al Estado Islámico que lo envió a Siria y a quien Estados Unidos conoce por haberlo mantenido encarcelado entre 2006 y 2011.
Con buenos argumentos, en 2013, Estados Unidos lo incluyó en la lista de «terroristas globales especialmente designados» y en 2017 anunció una recompensa de 10 millones de dólares por información que condujera a su captura. La oferta de recompensa fue retirada en diciembre de 2024 cosa que personalmente le comunicó Barbara A. Leaf, Subsecretaria de Estado para Asuntos de Oriente Próximo.
Si existiera alguna duda respecto al llamado doble estándar y la inmoralidad con que Estados Unidos ejecuta su política antiterrorista, su desempeño ante la guerra en Siria es una concluyente evidencia de que, para ellos, en ese terreno, vale todo, incluso acciones tan festinadas como incluir a Cuba en la fatídica lista unos días antes de que Trump dejara el cargo y, cuatro años después, revocar la inscripción, una semana antes que lo hiciera el presidente Biden.
Obviamente es difícil creer que en el primer caso la isla mereciera ser sancionada y en el otro de hacerle justicia, sacándola de una lista en la que nunca debió estar. Más bien parecen ejercicios de los mandatarios estadounidenses para molestarse mutuamente. En cualquier caso, bienvenida sea la rectificación.
Enero 2025.
(Tomado del diario ¡Por esto! )


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