El catalán que amó profundamente La Habana

Carlos Batista/Barcelona

Aquí, en su Barcelona natal, recibí la noticia como un rayo:  murió de un infarto el 6 de diciembre Carlos García Pleyán, el catalán que vivió más de medio siglo en La Habana, ciudad que amó y defendió sin límites, hasta su último aliento.

Tenía 78 años y una claridad y vitalidad envidiable.

El pasado 16 de noviembre le envié por WhatsApp un corto artículo que publiqué en este blog sobre la decadencia del pregón callejero en Cuba, en particular en La Habana. “Estimado tocayo, me respondió, mil gracias por defender la cultura auditiva de esta ciudad en decadencia”.

Nacido en Barcelona, en 1946, Carlos se graduó en 1968 de Filosofía en la universidad local y de Sociología dos años después en la Sorbona de París, a donde había ido atraído por el movimiento juvenil de mayo de 1968, según me contó alguna vez. Llegó a Cuba en 1970, y trabajó en el Instituto de Planificación Física hasta 1996, y diez años en la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación, COSUDE. Fue profesor en la Universidad Tecnológica de la Habana y la Universidad Politécnica de Cataluña en Barcelona.

“Reconocido sociólogo de una brillantez inmensa que nos hacía a todos reflexionar con sus medulares, filosos, directos e inteligentes textos de profunda vigencia y necesaria lectura”, escribió en Facebook el decano de la Facultad de Arquitectura, Ruslán Muñoz.

La revista Temas, de la cual era colaborador, escribió: «…Imprescindible en todo lo que tenía que ver con problemas urbanos, no hubo habanero que quisiera más a esta ciudad; ni a quien le dolieran más sus heridas y sufrimientos…»

Conocí a Carlos en 2015, cuando mi hija Vanessa hizo su documental “Los que se quedaron”, referido a la emigración catalana a Cuba, con énfasis en los que se establecieron para siempre en la isla. Carlos fue uno de ellos. Ante la cámara, con locuacidad y convicción, se expresa atraído por los cambios que se operaban en Cuba entonces, tras el deshielo con Estados Unidos, y los cambios que desde la presidencia introducía Raúl Castro.

“A dónde vamos? Todavía no lo sé. Justamente esa es una de las razones por las que sigo aquí, por las que quiero ver, me interesa enormemente ver cómo evoluciona una sociedad, una sociedad que creo conozco bien. Para mí ha sido, no sé, apasionante, digamos y comprometedor”, dijo a la cámara.

Lo consulté varias veces para mis reportajes en la AFP en los años siguientes, y seguía sabio, locuaz, aunque ya no tan entusiasta. No sé cómo fueron sus últimos momentos, pero si sé que siempre amó, como suya, como pocos, La Habana.

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