Por Harold Cárdenas Lema*
A la crisis actual del modelo político cubano no se llega cometiendo un error específico, es la suma de muchas equivocaciones en un largo período de tiempo. La actual asfixia de la economía tampoco ocurrió de un día para otro; décadas de sanciones estadounidenses y un gobierno empeñado en desconocer las reglas del mercado terminaron socavando el emprendimiento del pueblo cubano. Y aunque existen soluciones visibles, los decisores no solo las rechazan, sino que proponen medidas y apelan a métodos impopulares. Cuando la necesidad de transformaciones profundas y sistémicas es evidente, cabe preguntarse si en el Palacio de la Revolución no quieren, no pueden o no saben hacer tales cambios.
Si la dirección del Partido Comunista no siente la necesidad urgente de cambiar el presente, está abdicando a su responsabilidad. El Partido conoce lo que está ocurriendo, al Comité Central llegan informes edulcorados, pero también tiene mecanismos efectivos para medir la opinión pública. Basta con mirar la Asociación de Combatientes y el estado actual de sus miembros para tener una idea de cómo está el país. La inmensa mayoría de quienes echaron su suerte con la Revolución hoy tienen una realidad triste en contraste con sus adversarios.
Nada destruye la esperanza como esta cotidianidad tan dura, en la que hijos y nietos de los combatientes de antaño no solo miran, se marchan. Mientras, los que deberían buscar reformas desesperadamente, operan algunos cambios de mala gana. En los pasillos gubernamentales, es visible la pugna entre un sector que entiende la gravedad de la situación, y los que se aferran al modelo estalinista del siglo XX que hundió a cada una de sus revoluciones. Los primeros proponen reformas y los segundos las revierten a la primera oportunidad. Pero ser el partido de la continuidad durante un periodo inflacionario, es lo más parecido a un suicidio político; pregúntenle al Partido Demócrata estadounidense.
La insistencia en romantizar la crisis, en lugar de una hacer autocrítica profunda y proponer un plan de cambios serios que cuente con la aprobación de los economistas, augura un futuro incierto. Durante demasiado tiempo han creído los ideólogos revolucionarios que la dignidad de su proceso radicaba en la intransigencia, y no en los logros tangibles alcanzados décadas pasadas. Hoy el sistema institucional es más frágil que nunca, incluyendo los bastiones de la Revolución Cubana: salud y educación. Cuando las autoridades ya no tienen capacidad de garantizarle una vida digna a la mayoría del pueblo, el contrato social puede estar llegando a su fin.
¿Quiere el gobierno cubano cambiar la situación actual? Probablemente sí, pero hasta ahora lo ha intentado solamente dentro de su zona de confort. Cada vez que toma medidas más profundas y a regañadientes —como es el caso de las mipymes—, el ala radical del Partido intenta revertirlas. ¿Puede la presidencia del país ir más allá? Miguel Díaz-Canel no pertenece a la Generación del Centenario y a diferencia de su primer ministro no tiene fuertes lazos con el sector militar del país; para cambiar el sistema económico y político de raíz necesita el capital político y la aprobación pública de Raúl Castro, que parece no querer asumir tal responsabilidad. Así, sin consenso entre los grupos de poder y con una dinámica partidista conservadora y adversa a transformarse a sí misma, de existir tal voluntad política podría no ser suficiente.
Cualquier partido político moderno sabe que al poder se llega y se mantiene ampliando su base social. Como los partidos tienen un número limitado de seguidores, la clave radica en ganarse a los sectores que no son necesariamente adversos. El mismo Fidel Castro expresó en «Palabras a los intelectuales» que existían sectores no revolucionarios, pero tampoco opuestos al Estado; había que «comprender esa realidad» y lograr que encontraran dentro de la Revolución «oportunidad» y «libertad para expresarse». En Cuba, el Partido Comunista tiene décadas de experiencia en lo contrario: la exclusión de personas con pensamiento crítico, incluso desde posturas de izquierda, ha sido la mayor fábrica de opositores. Cambiar esa práctica de manufacturar resentimientos requeriría un cambio cultural difícil en las condiciones actuales.
Durante estos 65 años, con demasiada frecuencia se dio por sentado el apoyo popular. El apetito de cambio en el pueblo, pero no en la clase política, fue creando un abismo entre ellos. Así, lo que fue un movimiento político es hoy un gobierno con abundante fosilización en sus estructuras, que considera principios inamovibles lo que fueron decisiones coyunturales de otra época, paralizado por sí mismo. Es que la habilidad política también se fragua en las contiendas electorales, en la necesidad de tener un discurso superior al contrario. Convertir la continuidad en eslogan del nuevo gobierno hace un lustro, fue otra decisión política costosa, perdiendo así una oportunidad única.
A las contradicciones actuales se suman los visibles privilegios de familias con apellidos ilustres. Sandro Castro ha hecho más daño al legado político de su familia que cualquier plan de la CIA. Manuel Anido tiene derecho a salir con una actriz y cualquier suposición de que utiliza fondos públicos en sus viajes no dejará de ser una conjetura, pero es altamente cuestionable la falta de transparencia sobre su rol en el gobierno de su padrastro, al cual acompaña en visitas oficiales sin credenciales válidas que justifique su presencia. La nueva generación de políticos asume que pueden heredar la verticalidad con que operaba Fidel Castro, pero sin su talento y legitimidad pueden descubrir que esas prerrogativas no se extienden a ellos.
¿Sabe el gobierno cubano cómo cambiar lo que debe ser cambiado? La asesoría académica no le ha faltado, el Comité Central y el mismo presidente han citado en más de una ocasión a los mejores científicos y académicos del país —entre ellos economistas—, que les han entregado listados de medidas concretas que podrían ejecutarse; muy pocas se han aplicado. Por otro lado, la Revolución fue fundada por una generación en la que abundaban jóvenes de clase media con experiencia internacional. Los dirigentes de hoy se han formado en escuelas de cuadros y generalmente se desarrollan en una cámara de eco que les impide ver más allá. El aire viciado de los pasillos de gobierno puede ser efectivo para evitar la penetración ideológica y de inteligencia, pero genera funcionarios probeta con escasa imaginación y un lenguaje divorciado del pueblo que representan.
La reciente convocatoria a una marcha popular, justo en el momento más tenso en la relación Estado-ciudadanía, parece una apuesta cuanto menos peligrosa. No faltarán las acusaciones de que los cubanos van de manera forzada, corre el riesgo real de que la participación sea baja y posiblemente va a costar recursos que el Estado prácticamente no tiene. Sigue el gobierno cubano apelando a las armas melladas del siglo XX, en lugar de concentrarse en un plan que les haga recuperar credibilidad ante la ciudadanía.
Dicho todo lo anterior, la debilidad actual del gobierno cubano es relativa; posiblemente no es tan fuerte como creen en el Palacio de la Revolución, pero tampoco tan débil como quisiera la oposición. Ni siquiera en su momento más difícil, el 11 de julio, necesitó apelar al ejército para neutralizar la protesta. Después de la emigración masiva en los últimos años y sin el COVID-19 como elemento desestabilizador, buena parte de la oposición pone sus esperanzas en el quiebre del Sistema Energético Nacional o la futura presión que pueda ejercer Marco Rubio en el Departamento de Estado como catalizador para protestas que son cada vez menos comunes.
Porque vale recordar que los numerosos errores del gobierno no justifican el servilismo en buena parte de la oposición cubana respecto a Estados Unidos, ni les brinda un programa de gobierno coherente. No borra de un plumazo el hecho de que el exilio en la Florida se haya fundado sobre la base de una dictadura en fuga, no justifica derrumbar un avión cargado de civiles ni poner bombas en La Habana. La incapacidad opositora para reconciliar ese pasado con su activismo actual y ofrecer un programa de desarrollo respetuoso de la soberanía nacional, es una de las razones por las que un gobierno tan cargado de contradicciones sigue en el poder.
Mientras los emprendimientos políticos opositores sean más para vanidades personales y/o llenarse los bolsillos, seguirá (lo que queda de) la Revolución en el poder. Y mientras el Partido Comunista no reconozca principios democráticos básicos y se reconcilie con las leyes del mercado, seguirá haciendo agua, y cercado por todos los frentes. Los primeros pidiendo sanciones que muchos de ellos no sufren o comprenden, y los segundos aferrados a un modelo que, en un contexto de capitalismo tardío y lastrado por rezagos estalinistas, no va a funcionar.
Sigue pendiente una alternativa que respete la dignidad de todos los cubanos y no apueste a que unos se impongan sobre los otros. Lamentablemente, es un pueblo empobrecido y agotado el que se sacrifica hoy para que opositores y funcionarios satisfagan sus preferencias políticas. Al modelo de izquierda y justicia social que el gobierno cubano dice aspirar podrá llegarse con una economía de mercado socialista y adoptando valores democráticos, apelando a lo que le ha funcionado a la Revolución Cubana y sus homólogas, no a las armas melladas del siglo XX.
Director en La Joven Cuba, Analista Político,, Master en Relaciones Internacionales por la Universidad de Columbia, Intern en Council on Foreign Relations. Cubano
(Tomado de La Joven Cuba)


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