Por Carlos Batista /La Habana
Se firmaba como Dios manda, con nombre y dos apellidos: Manuel González Bello, y la vida lo repartió: Manolo para los amigos; González Bello para los funcionarios y Bello, para los conocidos.
Nos conocimos a fines de años 80, en un curso para periodistas de la Escuela Superior del Partido Ñico López. Nos reíamos, pues “no somos si superiores ni del partido, sino todo contrario”, solíamos decirnos.
Manolo era bromista, divertido, desordenado, “un barco”, con su pequeño polaquito (Fiat Polsky), sus ojos verdes muy abiertos, y una sonrisa permanente bajo el bigote.
También era el mejor periodista cubano que he conocido, que dejó rastro y cátedra en Bohemia, Juventud Rebelde, El Economista, y algunos ensayos y libros.
Era un cronista natural, culto y entretenido, con una fina ironía y un gran sentido del humor, que manejaba con filo, pero sin herir ni ofender.
En noviembre de 2001 hizo publica una premonición que se cumplió: “y ya me despido, me voy como vine, ligero de equipaje, la conciencia limpia y con una sonrisa. Ya consumí mi turno, que pase el próximo”, escribió.
Unos meses después, el 30 de mayo de 2002, sonó el teléfono de mi casa. Fue breve, sintético, con voz neutra, sin emoción: “te llamo para despedirme, mañana me opero y no voy a salir vivo del salón”.
“No jodas Manolo, vete al carajo y que salgas bien, avisa si necesitas algo” le contesté. Tal como me lo anunció. Tenía 55 años. Hace 22 años y aún no me lo creo.
Tampoco olvido una conversación que tuvimos en los años 90, en pleno Período Especial, y cuando ya Fidel sobrepasaba los 70 años de edad.
Le dije, “y hay que pensar que Fidel ya entra en una edad que puede morir en cualquier momento, y hay que pensar que va a pasar después”.
Breve, lacónico y sincero me respondió “yo quiero morir antes de Fidel, y no quiero ver como será Cuba sin Fidel”.
Hace unos días, cuando se cumplieron los 8 años de la muerte de Fidel, viendo la Cuba de hoy, entiendo más a Manolo y sus fuertes premoniciones.


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