La decadencia del pregón

Carlos Batista/ La Habana

En cualquier lugar de La Habana de fines de 2024, el bullicio de la gente hablando alto, la música en casas y motos eléctricas y las colas, se rompe de pronto por una voz metálica y monocorde que repite cada 30 segundos: “El bocadito de helado”.

Es el nuevo pregón típico de la capital cubana, grabado, sin gracia, insípido, de un vendedor que pasa en bicicleta y que los padres tratan de ignorar, pues no todos los días se puede complacer a los niños en la vida tan cara del país.

Aunque también grabado, el del pastelero es mas original y llamativo: “el rico pastel de coco y de guayaba, el original. Gracias por comprarme”.

El pregón es una antiquísima reliquia comercial y cultural cubana, que vino de España, y que se refinó tanto en gracia, sabor, que dejó de ser anuncio comercial para convertirse en seducción de clientes, sobre todo de la “caserita”, (ama casa), la principal destinataria.

De la calle saltó al teatro y la música y se recuerdan piezas famosas como “El yerberito”, “Los tamalitos de Olga”, “Las frutas del Caney” y “El manisero”.

El sabio Fernando Ortiz lo definió como el “alma del cubano”.

Sin embargo, desapareció en 1968, tras la “Ofensiva Revolucionaria” que terminó con los negocios privados, y no regresó hasta después de 1990, cuando el trabajo cuenta propia regresó y con ello los vendedores callejeros.

Pero el nuevo pregón carece de encanto y seducción, tal vez por la pérdida de la cultura de los servicios que afrontó Cuba y que no parece muy dispuesta a recuperar.

Pregones planos, desagradables al oído, gritados sin encanto llenan las calles de La Habana para vender pan, chicharrones de viento, cloro, escobas…

“No podemos permitir que la ciudad maravilla se nos vaya convirtiendo en la ciudad pesadilla”, alertó en 2023 el sociólogo y urbanista Carlos García Pleyán, un catalán afincado en Cuba hace muchas décadas. 

La única excepción parece ser la famosa manisera de La Habana Vieja, que encanta a los turistas y caminantes cubanos, con su traje típico del siglo XIX y una bella voz, con la que entona “El Manisero” de Moisés Simons.

Lyssett Pérez Acosta, una educadora infantil, ahora de 52 años, comenzó a vender maní en 1993, pero a escondidas de las autoridades, según ha contado. El 2011 fue autorizada por la Oficina del Historiador, y desde entonces puede vérsele en puntos clave como la Plazas de San Francisco y de Armas.

En 2016 se encontró frente a frente con el papa Juan Pablo II en la calle de madera y el pontífice le preguntó si conocía el Ave María de Schubert.

“Si lo cantamos entre todos, si”, respondió. Tras la interpretación, el papa le obsequió un relicario.

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