Carlos Batista/ La Habana
Ayer anduve dando vueltas por Miramar, buscando un sitio solo perdido en mi memoria, pero cuando pasé frente a tu casa, todo, de golpe, pasó ante mis ojos, dejando algunas preguntas.
Nuestra querida Yolanda, esa vasca invicta, había venido a Cuba a recoger sus viejos libros -esos amigos fieles que nos acompañan hasta en el destierro- y quedamos para comer juntos en una linda tarde en el patio de tu casa, Mauricio.

Había otra amiga presente, pero como siempre, vinieron las historias de nuestros 33 años de amistad y colaboración profesional, que nunca terminó.
Por eso, cuando Yolanda me llamó por teléfono a Barcelona desde su casa andaluza, para decirme llorando aquel 11 de junio del año pasado, “Mauri murió”, fue un golpe que me dejó sin palabras.
“En algún lugar del cielo- escribí ese día- donde solo llegan los buenos de verdad, Mauricio Vicent, se está riendo de nosotros con su última maldad: se murió sin avisar, sin anuncio ni ceremonia, como todo en su vida, y con ese sentido del humor ingenioso y culto, que tan bien manejaba a viva voz o con la pluma.
Se fue así, un domingo de Madrid, y nos dejó incrédulos, consternados, rabiosos con la vida y con la muerte, desechos. Lo supe por el llanto incontenible de Yolanda cuando me avisó; por la palabrota impublicable de Manolo, cuando se bebió mi mensaje antes del primer café, por el estremecimiento mexicano de Gerardo. Ni Lázaro, ese cubanísimo interlocutor de ficción que se inventó para sus crónicas, podía creerlo”.
Y ahora, Gallego, me pregunto donde esta Lázaro, y que hubieras escrito en esta Habana apagada, de luz y de esperanza, donde el desaliento, la desidia, la basura, el dengue y hasta el oropouche, ocupan sus calles.
¿Se habría ido Lázaro a “ver los volcanes” de Nicaragua, esa forma tan triste y simpática de decir los supermercados de Estados Unidos.
Porque en tus crónicas para El País pusiste en voz de Lázaro los sentimientos y las percepciones del cubano sencillo, el de la calle, que tan bien conocías.
No necesitaste expertos, académicos, oficiales, ni disidentes para contarnos que estaba pasando en Cuba y que pensaba su gente.
Tampoco acudiste al “odio”, tan común en estos días entre “clarias” y “calandracas”, según se llaman entre sí.
Te pegaste a la verdad, por muy relativa que fuera, y sobre todo al amor por este país, y esta ciudad, que también fueron tuyos desde los lejanos tiempos de estudiante de sicología.
Qué falta nos haces Gallego, para desde la ecuanimidad y el amor, sembrar esperanza, algo en extinción en éstos días.


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