Manuel Juan Somoza/La Habana
No lo conocí personalmente y sin embargo fue uno de los hombres-símbolos de la revolución cubana que me marcaron para siempre, al punto de figurar entre la muchachada que hizo planes para continuar su lucha.
Cursaba estudios en un instituto técnico-militar cuando un alto cargo informó en asamblea que el Che había muerto peleando en la selva boliviana y como adelantándose a lo que ocurrió hizo una advertencia severa.
“Ni se les ocurra tratar de llegar hasta allá”, dijo, y pocos le hicieron caso entre los estudiantes, muchos acabados de desmovilizarse de la lucha contra bandidos en las lomas del Escambray e integrantes todos de un “Batallón de Reserva del Comandante en Jefe”.
Aquello no pasó de una reacción romántica y juvenil, aunque viéndolo en la distancia de más de medio siglo reafirma hasta dónde puede llegar el efecto de un ejemplo de entrega y convicción en el empeño de cambiar el rumbo oscuro del planeta.
Eso ha sido, es y será Ernesto Che Guevara (1928-1967), desde mucho antes de unirse a la gesta de la revolución cubana. No por casualidad solo Fidel y él fueron a la ONU en esos tiempos a hablar de la revolución.
Tengo familiares que lo consideran “un aventurero” y hasta la “encarnación de Satanás”, ícono malévolo que detestan los cristianos.
Y no obstante, después de ser asesinado por sus captores el 9 de octubre del 67, la fuerza de su desprendimiento y de sus convicciones lo han convertido en otra de las divinidades de los quechuas y los aymaras.

Del huevo de la Alianza
El profesor Rafael Hernández considera que “del huevo contrainsurgente puesto en los 60 por la Alianza para el Progreso”, proyecto estadounidense dirigido a cerrar con dólares el camino abierto por la revolución cubana, surgieron los regímenes militares que bajo el manto de la CIA descabezaron a la izquierda en Argentina, Uruguay, Chile y otras tierras.
Fue una carnicería permitida, autorizada, y pasó la época de la revolución a tiros. Pero transcurrió inevitablemente el tiempo y llegamos hasta nuestros días con gobiernos inspirados en el Che en Bolivia, Colombia, Brasil, México, Honduras y otras partes.
Se ha roto la uniformidad impuesta desde el fin de las colonias en este continente. En tanto, en Asia crece la fuerza del Vietnam unificado, mientras en el Medio Oriente y hasta en la señorial Europa están vivas las ideas de Guevara en cuanto a la urgencia de cambiar el rumbo.
Un día lluvioso en la Cabaña
Cuenta mi entrañable compañero Orestes su primer y único encuentro con él.
“Llovía en La Cabaña, yo había formado a la compañía para arriar la bandera y me había situado debajo de un techito que quedaba en el medio de la formación. En ese momento pasó el Che, detuvo el jeep, se acercó, saludó a la tropa y bajito me dijo”, cuenta Orestes.
-Teniente, está lloviendo.
-Sí, comandante- respondí y argumenté mi decisión de situarme bajo techo.
-No teniente, si sus hombres se están mojando, usted, como su jefe, tiene que mojarse como ellos- dijo “sin que trascendiera a la tropa su reprimenda”, rememora Orestes.
Y evocando ese, entre muchísimos episodios similares, es inevitable preguntarme: ¿Qué haría el Che en el actual escenario de economía de guerra que padece Cuba?.
Por supuesto que no hay repuesta conclusiva. Sin embargo, seguro estoy de que estaría siendo ejemplo de revolución y entrega contra burócratas, corruptos, ineptos y acomodados con poder, que por estos días con cinismo de conveniencia o ignorancia congénita también le rinden culto.


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