¡Nada mejor que volver a casa!…¿seguro?

Carlos Batista /La Habana

Llegó con sus 80 años a cuesta, su magra tarjetita de jubilada, un “tesoro” de 20 dólares dobladitos cuidadosamente y su peligro constante de isquemia.

 Pero con sonrisa amable y serena, me pidió el último de la cola para comercial en Banco de los Colonos.

Sin conocerme, aún no sé su nombre, me pidió frente a ese Banco Metropolitano, qué si se caía, pero no convulsionaba, que la dejara quieta, pues era una isquemia tal.

Pero si convulsionaba, era una isquemia más cual, entonces, por favor, voy a necesitar un médico. “Ya he pasado por las dos”, me dijo con aplomo.

Dejó al viejo sólo en casa con un número de teléfono para llamar si le pasaba algo, pues “vivimos solos y él nunca se acuerda de nada”.

Quería comprar unas verduras “fresquitas” y le dijeron que estaban pagando la jubilación, pero nada, me dijo con tristeza al salir, “hasta el día 17”.

 También quería le explicaran como podía comprarse “una cosita” en la tienda que le hacía mucha falta, con los 20 dólares que le regalaron.

Este es el país que encontré después de muchos meses “afuera”, de viejos solos, cada vez más jóvenes emigrados, precios estratosféricos, donde la desidia y la abulia compiten con la basura en las calles de La Habana.

En el barrio, hay que actualizarse, pues durante cada ausencia, emigran varios.

La Habana vive en su “tempo”, que nada tiene que ver con el cronómetro. Todo marcha lento, con largas colas y respuestas incompletas e inseguras.

Mi línea telefónica móvil caducó, no pude recuperarla, y con la nueva que compré perdí el acceso a Transfermóvil y En Zona.

En el cajero solo pude extraer 4000 pesos y he tenido que pasar el Niágara en bicicleta, como recordó mi colega Aurelio desde Canadá.

“Bienvenido a la Patria”, “Mucha calma, paciencia, no cojas lucha”, es el consuelo irónico de mis amigos, pero además, me dijeron, “de qué te quejas si solo te tocan apagones de día, y puedes dormir bien, fresquito”.

En esas cosas pensaba, cuando sonó la música y Raúl Paz comenzó a cantar “nada mejor que volver casa…”.

¿Seguro? Le pregunté deprimido al tocadiscos.

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