Ilustración: Brady
Por Jorge Bacallao Guerra/La Habana
En la calle Porvenir hay un local que una vez fue una tienda de artículos con pequeños defectos. Llegué allí hace años acompañando a un amigo que necesitaba una paleta de ventilador. Nos encontramos a una dependiente sentada en el mostrador pintándose las uñas, y puedo dar fe de que en los 10 minutos que estuvimos allí, jamás intentó hacer contacto visual.
No había paletas, pero como ya estábamos allí, echamos un vistazo. Mi amiga, me dirigí a la dependiente, ¿ese teatro en casa que vale 17 cuc que problema tiene? No se oye, dijo sin mirarme, por supuesto. ¿Y esa fuente de computadora?, preguntó mi amigo. No enciende. Entonces yo, ya con el gorro lleno de guizazos, dije: Claro, y esta cafetera eléctrica que hay aquí, no me lo digas, voy a adivinar: no cuela.
La molestia se tornó en carcajadas y reflexiones mientras salíamos de la tienda. Mi amigo se aventuró a sugerir que por eso a esas personas que atienden al público en Cuba se les llama dependientes, porque el trato depende de cómo tengan el día, y yo sugerí que, en nuestro caso particular, al ser la tienda de artículos defectuosos, me parecía muy lógico que la dependiente también estuviera defectuosa.
En otra ocasión, llegué en moto a la tienda que está a la salida del puente Almendares, y al dirigirme al guardabolsos y tenderle a la señora la mochila y el casco, ella me interpeló: ¿Qué dice allá arriba? Miré, entendiendo que se estaba gestando un maltrato y preparando la respuesta acorde, y respondí: Dice Guardabolsos. ¿Y si dice guardabolsos y no guardacascos, por qué me das un casco? Discúlpeme, le dije sonriente. Es más, usted me ha dado una lección y se la quiero agradecer mostrándole mi mejor truco, porque yo soy mago de profesión. Observe atentamente. Con toda la teatralidad que pude, abrí la mochila, guardé el casco, y se la tendí para que la guardara.
También hice una cola de hora y media en el banco de Línea y Paseo y cuando ya estaba frente a la caja, pedí fraccionar un billete de 100 cuc, el mismo que ningún establecimiento cercano me aceptaba por no tener cambio. El cajero me dijo que no podía fraccionarlo, que en aquellas cajas no se hacía eso. Suspiré, y como yo tenía una cuenta allí, le dije que quería guardar 100 cucs en mi cuenta, y que 30 segundos después los iba a querer sacar en billetes de a 10. Me sentí muy feliz con la cara que puso.
He salido perdiendo muchas veces también. Una vez un inspector de la luz me modificó el reloj y me acusó de haberlo modificado yo, y yo, que en aquel momento todavía tenía trazas de confianza en la justicia, decliné su velada insinuación de soborno. Entré en la pelea que no se podía ganar y tuve que dar más de 10 viajes a la oficina central y pagar casi 9000 pesos, que en aquellos momentos no eran la bobería que son ahora.
Recuerdo que, derrotado, iracundo e impotente, salía por la puerta de la oficina cuando una señora que me había atendido de regular para mal, corrió tras de mí llamándome. Muchacho, yo sabía que te conocía de algún lado. Tú eres el cómico, ¿verdad? Oye, la semana que viene tenemos una actividad del sindicato, ¿Tú crees que podrías venir a amenizar y almuerzas con nosotros?, que el almuerzo va a estar buenísimo.
Estoy seguro de que cada cubano atesora decenas de anécdotas de maltrato parecidas a las mías. En Cuba, el cliente no solo no tiene la razón, sino que es un trapo. Durante muchos años ser un cliente, pero proveniente de lejanas costas y con billetes en el bolsillo protegía totalmente de la desidia, pero ya están lejos esos días también. Hubo un tiempo en que si un extranjero deseaba comprar un pomo de agua en el aeropuerto y solo tenía 50 euros, le cobraban el agua en euros y le daban el vuelto en cups, a 120. Y si volvía a tener sed, ninguno de esos cups devueltos servía de nada: sacaba más euros.
He sido testigo de berrinches sublimes de extranjeros en hoteles de Varadero ante incomodidades y tratos impensables en cualquier lugar del mundo. Al paso que vamos, si bien no tenemos futuro como potencia en turismo histórico, ni ecológico, ni ninguno de los más conocidos, tal vez sí logremos sobresalir en el turismo de encabronamiento.
Algunos hicimos chistes cuando todas las tiendas estaban abarrotadas de agua y culeros desechables, sin imaginar que un año después: ni agua ni culeros. A cada rato aparece un testimonio en las redes contado como un milagro, de un buen trato de un servidor público, o de una gestión que transcurrió sin contratiempos, cuando se sabe que llamar a cualquier servicio, ya sea policía, ambulancia, empresa eléctrica, o lo que sea, es lento y por gusto.
También se sabe que si te pasas de un día en pagar algo, ahí sí vienen a joderte inmediatamente. Las instituciones no honran contratos, pero sí exigen a rajatabla que tú honres tu parte. No hay a quién quejarse, o sí, pero es a alguna persona sentada tras un buró que probablemente esté siendo peloteada y centrifugada por funcionarios e instituciones igual que tú, en cada gestión que intenta en su vida.
Somos el dale al que no te dio más grande del universo.
Somos el paraíso del «ve a ver a este amigo mío», del «llévale un regalo pero no lo vayas a sacar delante de la gente», del «ven a verme mañana a la hora de almuerzo», del «no hay materiales pero yo te voy a resolver con una reservita que tengo para casos especiales», del «permiso, yo no voy a comprar nada, solo necesito hacer una pregunta», del «la compañera que se ocupa de esos casos tiene al niño con fiebre», del «por favor, organícense que ustedes son muchos y yo soy uno solo».
El sistema que se ha implantado en Cuba tiene como ingredientes fijos estas situaciones. No hay quien me haga cambiar de idea porque lo he vivido durante 45 años. Como tipo cabal que soy, estoy dispuesto a escuchar argumentos en contra y a debatir, pero tengo poco tiempo, así que si quiere que lo atienda bien, me trae un paquetico de café La Llave, y bueno, siempre antes de las 11 de la mañana, que yo no trabajo todo el día.
(Tomado de La Joven Cuba)


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