Por: Ángel Marqués Dolz
Corrió y corrió cuadras y cuadras, como si nadie pudiera darle alcance. Hasta que tropezó con unos escombros y el escape prometido por su energía alquilada sucumbió al imprevisto de una ciudad que en sus partes más viejas se cae a pedazos.
Al cabo de cinco cuadras abajo, el ladronzuelo fue alcanzado por la multitud que se fue renovando en la carrera de persecución y también en su furia.
Lo golpearon en el rostro, en las piernas, en las costillas. Lo increparon, empujaron y patearon.
Apenas si intentó defenderse. Un hilo de sangre y espuma colgaba de su boca. Estaba sentado, recostado a un muro, y de vez en vez escondía la cabeza entre sus piernas enclenques para esquivar la golpiza.
La muchedumbre sacó el celular robado del bolsillo de su bermuda gris (por el churre) y lo devolvió al dueño, un anciano que al rato llegó jadeante y que después de todo pedía clemencia.
«¡No, no, no le den más. Ya tengo mi teléfono. Déjenlo, déjenlo!», suplicaba, en medio del sonido seco de los piñazos y las patadas. Ahora ya no era más la víctima. Ese personaje lo encarnaba aquel jovencito de mirada perdida y palabras balbuceantes.
Tocao, la nueva etiqueta del adicto
«Ese anda tocao», dijo un hombre con espejuelos que lo miró de cerca, inspeccionando un rostro ausente, que no registraba la pateadura con ningún gesto de dolor.
«¿Tocao?… ¿Y eso qué es?», preguntó una señora con un perro sato en su regazo, que cautelosamente se había acercado a la escena.
«Qué tiene químico arriba, sabe Dios cuánto», respondió el hombre de espejuelos mientras soltaba una bocanada de humo de su cigarrillo y veía cómo su interlocutora enarcaba las cejas y se encogía de hombros.
«Eso yo lo veo en muchachitos de Secundaria… Estamos perdidos», dijo, lamentándose, y miró cómo se llevaban al delincuente, atadas sus manos con esposas de plástico, en una patrulla policial que apareció a los minutos, subrepticiamente, sin delatarse con la sirena.
La escena tuvo lugar en La Víbora, uno de los barrios del sur de La Habana, pero su paternidad geográfica no significa que el fenómeno tenga o respete fronteras.
Por extendido, el consumo de estupefacientes está en cualquier territorio, en una ciudad que se desdobla: por el día es una, y por la noche, otra. En sus paréntesis, algún que otro mediodía agitado sucede. Como este, donde la violencia vino de todas partes.
El elefante en la habitación
El consumo de estupefacientes ofrece cada vez más evidencias. Tantas, que los medios de prensa oficiales ya no pueden mirar hacia otro lado. Las estadísticas se hacen públicas, aunque selectivas.
«Sí, es tabú aquí, en los medios de comunicación (oficiales). En mi opinión, todavía se habla muy poco de los efectos terribles de este mal que acaba con la sociedad, que corroe, desde los cimientos, la vida», reconoció el periodista Humberto López en un reciente programa Hacemos Cuba, enfocado esa vez en el consumo de drogas en la isla.
La propia Mesa Redonda, esporádicamente ha tenido en su agenda el tema de las adicciones y la salud mental en Cuba.
«En la tabla de drogas del mundo moderno se incluyen el alcohol, los opiáceos tradicionales y los cannabinoides sintéticos. También está el caso de la cocaína fumable, que en nuestro país se le nombra piedra», explicó Antonio Caballero, jefe de la Sala de Mujeres Adictas a Drogas del Hospital Docente Enrique Cabreras.
En los años noventa y hasta el 2015, agregó el doctor, «teníamos un predominio de mujeres alcohólicas y consumidoras de drogas de prescripción, entiéndase sicofármacos, pero en los últimos años, la tendencia se invirtió. Hoy día tenemos ocho muchachas con consumo de crack y de cannabinoides sintéticos y dos dependientes del alcohol».
El experto no cierra la puerta a la esperanza: «Hay que aclarar que son enfermedades tratables; la medicina cuenta con sistemas poderosos para tratar esta enfermedad crónica, donde se pueden presentar recaídas», pero es factible «rescatar, rehabilitar y reincorporar a la sociedad» a narcodependientes.
El adicto no se cura, se rehabilita. Las estadísticas indican que las rehabilitaciones con éxito alcanzan el 60-80 por ciento entre aquellos que finalizan un tratamiento de entre dos, cinco años. No obstante, la tasa de abandono antes de los dos años es aproximadamente de 70 por ciento, según estadísticas españolas.
Por ello, el quid está en la prevención. «¿Drogas? No, gracias», sería el lema perfecto para una sociedad perfecta que nadie en el mundo logra exhibir, incluso en aquellas donde ciertas drogas, como la marihuana, están autorizadas para su uso recreativo y se pueden adquirir en farmacias o establecimientos habilitados para ello.
Tal normalización ocurre a contrapelo de estudios científicos que documentan la relación del uso de marihuana con una atrofia neuronal de regiones específicas del cerebro, involucradas en memorizar, aprender y autocontrolarse.
Se ha demostrado, por ejemplo, que consumos de más de quince años de duración comportan alteraciones cognitivas permanentes.
«Esto es una enfermedad cerebral con consecuencias neuropsiquiátricas», advierte la comunidad científica cubana enfocada en el fenómeno de las adicciones.

Reducción de las edades en el consumo
«La distancia que hay entre un consumo recreativo y experimental a uno adictivo es tan corta como de una semana», alertó Caballero Moreno en ese sentido.
Ese lapso, casi relampagueante, es confirmado por la doctora Tania Peón. «Los síntomas que denotan gravedad» brotan «entre semanas y muy pocos meses».
Jefa del Grupo Nacional de Psiquiatría Infantil, y de Salud Mental y Adicciones de la Dirección de Salud en La Habana, la doctora Peón señaló en la televisión que el consumo de drogas tiene una mayor prevalencia en la capital, donde sus víctimas son, sobre todo, jóvenes y adolescentes que llegan a los cuerpos de guardia con patologías conectadas con los estupefacientes.
Una tendencia sumamente preocupante, según la experta, es la reducción de las edades en la consumición. «Catorce años es la edad promedio del inicio del consumo y las consecuencias son graves porque son edades en las que el sistema nervioso y la personalidad se está estructurando».
Las consecuencias no tardan en llegar y se instala el llamado síndrome amotivacional, un estado que se caracteriza por la pasividad y la negatividad que genera trastornos en la memoria y el aprendizaje.
Una abuela en estado de alerta
En la experiencia profesional de la doctora Peón destaca que muchas veces la «familia está llegando tarde a darse cuenta de que el adolescente está consumiendo, porque está concentrada en funciones económicas, en otros eventos de la vida cotidiana».
La abuela Quica no pertenece a ese club. Además de zambullirse en la cotidianeidad carencial, también lo hace en los bolsillos de la ropa de Yordan.
«A veces mi nieto se queja porque dice que desconfío de él, pero está en una edad muy chivada. Ya ha tenido compañeros metidos en problemas por borracheras, por empastillarse, y qué sé yo qué», dice a Palabra Nueva, mientras vigila la válvula de la olla Reina de donde sale un exquisito aroma de frijoles.
Yordan acaba de tener noticias de uno de sus «socitos» del barrio de Cayo Hueso, un territorio paradigmático del narcotráfico en la capital.
Luego de casi un año sin saber su paradero, reapareció en Rusia, pero en una cárcel. Purga ocho años por tráfico ilícito en Moscú.
Antes, para consumir en La Habana, llegó a vender hasta los enseres de la casa del padre, donde vivía luego de ser expulsado de su hogar materno, por igual conducta depredadora. Pasó por un par de internamientos en clínicas de desintoxicación. De la última, escapó sin más.
Ahora Quica, para ayudar a la familia del recluso, busca por WSP a vendedores de rublos. Una vez reunida cierta cantidad, se la hacen llegar al «socito» de Yordan.
«El pobre. Sabrá Dios cómo serán las cárceles allá. Mi nieto y él jugaban mucho de chiquitos, aquí, en el barrio», dice al recordar los duros años noventa.
«Había su droga entonces, no digo que no, mucha yerba, pero qué va, no como ahora. Ahora hay de todo, pa’escoger».

Centro Habana, territorio muy peligroso
«Centro Habana es el municipio donde hay mayor número de personas enfermas y consumidoras de drogas, porque existe una cultura del consumo en áreas de la comunidad», reveló a los medios el doctor Alejandro García Galceran.
El 95 por ciento de todas las personas enfermas por droga en Centro Habana tiene entre dieciséis y cuarenta años, pero el 75 por ciento tiene entre veinte y treinta años, reveló el experto.
«Todas estas condicionantes hacen muy complejo el trabajo en la comunidad, porque, además, hay una resistencia al tratamiento en el caso de las mujeres», dijo. El número de mujeres consumidoras también ha aumentado.
Parejamente, el incremento del consumo está acortando los plazos del brote de patologías mentales. «Personas que quizá iban a desarrollar un trastorno psiquiátrico a los cuarenta, cuarenta y cinco años, porque así es la evolución natural de la enfermedad, aparecen con el mismo trastorno a los veintidós, veintitrés años».
«El fenómeno de las depresiones de los adolescentes que consumen drogas es enorme. Es llamativo que en Centro Habana y la ciudad de La Habana, el 45 por ciento de las personas que cometen suicidio son alcohólicos o consumidores de alguna sustancia y esto está relacionado con los procesos de depresión grave que aparecen en las personas adictas», explicó el doctor García.
Policonsumo, un cóctel que puede ser mortal
El policonsumo de drogas se utiliza como un término general para describir el consumo de más de una droga o tipo de droga por una persona.
«En los últimos tiempos, no existe una única tendencia de una sustancia básica que podía ser crack o marihuana. Ahora es el policonsumo (que se convierte en lo más frecuente), consumir muchas cosas al mismo tiempo, que hace que los síntomas sean muy complicados. Llegan muchachos con unos síntomas horribles y uno sabe que están con muchísimas cosas adentro, pero ellos no saben qué están consumiendo», describió el directivo médico.
«En los últimos tiempos, se han incorporado nuevos químicos que a veces desconocemos», admitió el especialista.
El Kímico, una onda expansiva en bucle
La química puede ser una ciencia rapaz en las manos adecuadas para el delito y está comportándose como un catalizador de alto riesgo en todo el espectro de las narcoadicciones.
Son muy deprimentes las escenas filmadas de consumidores de una nueva droga de diseño, bautizada popularmente como El Químico o Kímiko.
Las víctimas, algunas en estado de convulsión, pierden el control motor y en su desplazamiento asemejan el estereotipo del zombi.
Caminan atontados unos, como autómatas otros. El propio concepto de zombi encuentra sus orígenes en una figura legendaria propia del culto vudú haitiano. Se trata de un muerto resucitado por medios mágicos por un hechicero para convertirlo en su esclavo.
En intoxicaciones graves, puede provocar francas alucinaciones visuales, acompañadas de «estados de locura». Además, se ha descrito confusión, desorientación y pánico.
Para el doctor García, químico sería el «nombre genérico que se le da a grupos de sustancias que se logran en laboratorios».
La base común del químico es el cannabis sintético, a partir del THC (siglas del alcaloide que se extrae de las diversas partes de la planta), que es una droga muy antigua. A dicha base se le incorporan cócteles explosivos a partir de tabletas antiepilépticas, formol e incluso anestésicos veterinarios.
La forma de consumir es mediante la inhalación de los vapores de tales mezclas. Los expertos aseguran que ese es el modo más común de ingerirlos en Cuba, aunque no el único.
Para que puedan ser consumidos, es necesario la presencia de un vehículo vegetal, que puede ser picadura de cigarrillos o algún tipo de planta, como el orégano, al que se le administran el cannabis sintético en forma de aceites, esparciéndolos por medio de atomización aérea.

Fronteras porosas, recalos y tolerancia cero
Con unos 5800 kilómetros de costa, bordadas por una cenefa de islas, islotes y cayos, que suman más de 4000, el archipiélago cubano se atraviesa como un rompeolas en las rutas caribeñas del narcotráfico hacia Estados Unidos.
Es así que muchos alijos lanzados al mar por narcotraficantes en peligro de ser apresados por los servicios de guardamarina de países ribereños, llegan a las costas cubanas por las corrientes, ya sean del Golfo, en el norte, que arrima la mayor cantidad de paquetes, o del Caribe, en el sur.
«Sin embargo —dice el coronel Juan Carlos Poey, jefe del órgano especializado antidrogas del Ministerio del Interior— cubanos residentes en el exterior han intentado introducir drogas por las vías marítima y aérea, fundamentalmente en la zona occidental del país. En 2023 se interceptaron tres operaciones de este tipo».
De acuerdo con versiones callejeras, un gramo de enfori, como se le conoce en la isla a la marihuana, puede oscilar entre dos mil y tres mil pesos, en tanto una dosis de Kímico sale en tan solo doscientos pesos, un precio popular que lo pone al alcance de muchos adolescentes.
Estrategia sanitaria sacudida por la crisis
Los expertos coinciden en que lo más importante es la prevención del consumo en adolescentes y jóvenes, porque una vez desatados los ciclos de testeo, ansiedad y gratificación, se fortalece el punto de no retorno.
Para ello se insiste en el desarrollo de habilidades personales de autocuidado, autocontrol, el manejo de problemas y situaciones estresantes.
Se intenta evitar que las drogas se erijan como una alternativa de enfrentamiento y desahogo a los desafíos que van desde la pobreza hasta los déficits afectivos, pasando por la violencia intrafamiliar y extrafamiliar, las modas y la rebeldía y la experimentación propias de las edades formativas.
En todos los municipios de la isla operan dos centros de internamiento para la rehabilitación y departamentos comunitarios de Salud Mental y un servicio de consejería telefónica (103), confidencial, anónimo y gratuito, que presta servicios las 24 horas del día, aunque hay usuarios que no siempre han sido atendidos en medio de urgencias sicológicas.
«Más de una vez he llamado de noche, o de madrugada, pero nadie responde», dice a Palabra Nueva Lourdes, una chica de diecinueve años, ex estudiante de Enfermería y ahora empleada como repartidora de paquetería a domicilio, que teme convertirse al alcoholismo motivada por su pareja.
Es un hecho incontrovertible. La crisis económica, la emigración y el movimiento de personal especializado hacia ofertas laborales mejor remuneradas, han ocasionado, entre otros factores, vacíos inmensos en todo el sistema de abordaje al consumo de drogas, tal como reconoció el doctor Alejandro García Galceran, director del Centro de Salud Mental de Centro Habana.
«La situación económica está afectando mucho, por diversas razones», evaluó el experto.
«Primero han disminuido los grupos de atención, existen municipios que no tienen siquiatra o quienes atiendan directamente el fenómeno de las adicciones. Además, no se hace de manera constante, y los grupos a veces están debilitados o les faltan personal», admitió el doctor García Galceran en declaraciones a la prensa oficial.
(Tomado de Palabra Nueva)


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