Por Jorge Bacallao Guerra/La Habana
Los nombretes se distinguen como una dimensión muy especial del choteo cubano. Si bien el uso del nombrete parece ser universal, en Cuba se le ha dado desde siempre una vuelta de tuerca adicional, que le aporta componentes que rozan lo artístico.
El nombrete puedes ganártelo a raíz de tu apellido, y yo que llevo el Bacallao puedo dar fe, porque a lo largo de mi niñez he sido apodado Bacalao hasta la saciedad, y hasta Va cagao varias veces también. Los niños no perdonan un apellido como Piña o Angulo: es como picharles suave y al medio. Recuerdo que en la Lenin le pregunté una vez a un muchacho llamado Arturo, que si la gente no se aburría de gritarle Arturo Huevo Duro. Me contestó que prefería que se mantuvieran en huevo duro, a que pasaran a Arturo Cara de Culo.
Hay nombretes que provienen de una costumbre de la víctima, casi siempre de connotaciones negativas. En la Lenin conocí a un muchacho que no usaba desodorante —no porque no lo necesitara— y era llamado como la deidad griega: Apolo, el que hiere de lejos. Conocí también a Eduardo F1, que pedía comida a todo el mundo en todo momento, de manera que el F1 era en alusión a la granada de mano, que tiene un radio de acción destructiva de 200 metros.
Las características físicas deben ser la causa de la mayor cantidad de nombretes en la historia, y probablemente de los más originales. He conocido a una profesora de glúteos tan voluminosos que sus alumnos le decían La Centauro, y otra que le faltaba un dedo de la mano y era conocida como «4.50», porque en aquella época pintarse las uñas costaba cinco pesos.
También conocí a un tipo de cara muy alargada hacia adelante a quien le decían El Inercial. Tengo noticias de un muchacho al que le faltaba una oreja y era El Taza, y de una chica de cara muy, muy pequeña apodada Tojunto. Tengo referencias también de un muchacho con la boca virada apodado El Peón, y en el servicio militar coincidí con un mulato gordo que estaba permanentemente caminando con las piernas rectas y abiertas porque tenía los muslos pelados, y le decían La Foca Cojonúa.
Suele suceder que las personas con habilidades para crear nombretes antológicos, son a la vez genios de las «maldades». Tuve un vecino genial para los nombretes, cuya felicidad más grande era joder a su suegra, a la que por cierto, idolatraba. La señora dejaba el menudo encima de la cómoda, y él se tomaba el trabajo de ponerle a algunas monedas una gota de cola loca debajo; se consiguió un mando de televisor Panda para apagarle el televisor a la señora, que tenía el mando original en la mano, y una vez esperó a que se durmiera y le configuró el celular en coreano. La suegra se molestaba, pero después terminaban riéndose los dos.
Pero iba más allá. Disfrutaba ser cada vez más sofisticado. La suegra solía hervir dos huevos y les daba 10 minutos. La vigilaba, tomaba el tiempo y a los 8 minutos, sacaba los huevos y los sustituía por dos nuevos, y se sentaba a ver a la suegra tratar de abrirlos. En un par de ocasiones, cuando la señora se sentó a ver la novela y subió los pies al sofá, arrastró las chancletas con un palo y las puso en el congelador, para dejárselas de nuevo en el piso casi al terminar la novela y esperar la reacción del contacto de los pies con las chancletas congeladas.
Hay una sutil y delgada línea que separa estas manifestaciones en su versión inofensiva, de su empleo extremo y malintencionado como herramientas para el acoso y el abuso. Es imprescindible no cruzar esa línea nunca, y eso se logra ejercitando a diario la empatía, el sentido común y la comunicación. Además, trabajando en la autoestima y los valores, y el sentido del humor de nuestros hijos.
Por cierto, si yo, Jorge Bacallao, o Bacalao, o Va Cagao, me entero de que alguien utilizó alguna información de este post para cualquier tipo de abuso o maltrato, lo voy a ir a buscar y la venganza será terrible. Queda dicho.
(Tomado de La Joven Cuba)


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