Por Félix López/Andalucía
Siempre que me preguntan por mi vocación religiosa respondo que soy ateo funcional y espiritualmente cubano. Lo primero no necesita explicación, pero la cubanidad pasa por un abanico de factores humanos, sociológicos, culturales y espirituales en los que la Virgen de la Caridad del Cobre, seas o no creyente, ocupa un lugar que trasciende altares y misterios. Cachita es un amuleto, un reservorio de esperanza, un cabo al que aferrarte, un remo que te salva o el último bote que te envían antes de la peor tormenta.
Yo también soy de los cubanos que un día se fue a su cuartel general, en el Santuario del Cobre, protegido por las montañas de Santiago de Cuba. No lo asumí entonces como un viaje turístico o cultural. Fue un encuentro espiritual, pero no exento de curiosidad periodística. Mucho antes de subir la empinada escalinata, tras dejar atrás a los mercaderes del templo (esos que te venden girasoles, estampillas, piedras milagrosas, sueños y réplicas de Cachita) sentí la solemnidad de aquel paraje. Ese día tuve la certeza de que la Caridad del Cobre, como José Martí, es también un misterio que nos acompaña.
Este ocho de septiembre quiero saldar una deuda con aquella visita. Escribir de lo que más me impresionó. Ni la iglesia ni la efigie. Guardo una visión casi cinematográfica de la Capilla de los Milagros. Ese pequeño recinto que está justo bajo el Camarín de la Virgen y donde creyentes anónimos o personalidades han depositado disimiles ofrendas. Algunos para agradecer que alcanzaron un sueño, un deseo o salvaron la vida. Otros para rogar protección, ayuda o milagro. Son objetos que representan historias inimaginables, pero invitan al recogimiento, la creencia y la esperanza.
En la Capilla de los Milagros vi joyas de oro, piedras preciosas, pero también cartas y todo tipo de objetos personales. De la opulencia a la sencillez. Trofeos, medallas olímpicas, pelotas de béisbol, zapatillas de ballet, banderas, pinturas, charreteras con grados militares, muletas, ropas de bebés y copias de títulos universitarios. También maquetas de casas y aviones, síntesis del deseo desesperado de tener una vivienda para echar raíz en Cuba o de encontrar una vía segura para irte lo más lejos posible. En medio del silencio se puede sentir el grito desesperado de ofrendas y mensajes. Esa capilla, con seguridad, resguarda la memoria de lo que somos, sufrimos y anhelamos. Es un compendio de país, desde los mambises hasta los cubanos que hoy sostienen la isla en peso.
Tres papas de la iglesia católica dedicaron ofrendas a la Virgen de la Caridad del Cobre: Juan Pablo II le otorgó una corona de oro; Benedicto XVI una rosa de oro; y Francisco un florero de plata. Silvio Rodríguez, el ayatola de la canción protesta, le dedicó un cancionero autografiado. Y Ernest Hemingway le obsequió su medalla y diploma del Premio Nobel de Literatura (1954). Ellos no hacen más que engrandecer las ofrendas y ruegos de cubanos sencillos y anónimos. Los que piden a Cachita salud, prosperidad, unión familiar, un país mejor, el fin de todas las penurias (del bloqueo a la mediocridad) y la felicidad tantas veces postergada. Acuden a su virgen, a veces descreídos de todo lo demás, porque tienen la certeza de que ella no ha dejado de ser como nosotros mismos.
(Tomado del Facebook del autor)


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