Fotos Alain Gutiérrez
Manuel Juan Somoza/La Habana
Estoy entre los muchísimos lectores de Leonardo Padura, a quien considero símbolo entre mis contemporáneos a la hora de novelar la realidad cubana sin silenciar o diluir las sombras.
Ese estilo de ciudadano emérito de la humilde barriada de Mantilla e industrialista sin complejos si de béisbol se trata, figuró entre las causas de una de mis locuras: escribir una novela testimonial y publicarla en la isla.
Formo parte de una generación que tiene muchas cosas que decir y mi intención era -y fue- abordar en 368 páginas medio siglo de revolución, mientras caían paradigmas y nacían otros.
Ni idea tenía de lo que me esperaba para mal, cuando alguien de los adictos a hacer informes la calificó de “gusana”; y para bien, como aquel día en que uno de los fundadores de la Aviación Rebelde en el Segundo Frente Frank País de la Sierra Maestra, tocó a la puerta de casa para solicitar que le escribiera una dedicatoria en el texto.
Crónica desde las entrañas
“Oh, escogiste un tema difícil para tu primera novela”, me dijo una entrañable amiga y escritora, cuyo nombre prefiero reservar, quien tras leer el manuscrito “de un tirón”, según me comentó al día siguiente, se lo llevó a Abel Prieto en busca del necesario aval.
Prieto no pudo dedicarle tiempo, la remitió a una de las editoriales estatales y comenzó así una especie de columpio que se extendería, sin resultados, por diez años.
“A lo mejor hay que hacerle algunos cambios al capítulo de Angola”, fue el único comentario que me hicieron.
Por suerte, al igual que Padura tiene a Lucía, yo tengo a Vivian. y no faltó el ánimo para desandar vericuetos hasta que “Ediciones La Memoria”, del Centro Pablo de la Torriente Brau, asumió el riego.
Pasó el filtro del “comité de lectores”, con el voto en contra de una de las decisoras, pero el director del centro, Víctor Casaus, prefirió sumar el veredicto de un sociólogo experto, Aurelio Alonso.
Y “Crónica desde las entrañas” vio la luz en la Feria Internacional del Libro de La Habana de 2013, con edición de la precisa Xenia Reloba y prólogo de Aurelio Alonso, en un salón desbordado de amigos, en el que hizo lo suyo incluso el entonces poco conocido trovador Tony Ávila (me quedé con las ganas de invitar a Pedro Luis Ferrer).

Paciencia y constancia
A Padura, Premio Nacional de Literatura y Premio Princesa de Asturias de las Letras, entre otros, le han publicado en Cuba algunas, solo algunas de sus obras. Casi siempre con tiradas de suspiro.
Por tanto, para un escribidor sin envergadura, la felicidad llegó con la irrupción de la primera obra y con las evaluaciones de amigos y desconocidos.
“Está muy real, pero para la próxima ahórrate tantas malas palabras”, me recomendó Carlos Amat *.
En tanto, un empresario colombiano, que no sé cómo supo de la novela en España, al pasar por La Habana me buscó por intermedio de un amigo. Nunca lo conocí, pero a su solicitud -había desparecido de las librerías- le envié un texto dedicado y él me hizo llegar un litro de Glenmorangie, con diez años de añejamiento.
Hay que tener paciencia, constancia y una dosis de suerte para abrirse espacio en Cuba en asuntos de novelas.
Entonces me he lanzado al segundo intento, “Conmoción en la Catedral”, sobre el duelo al parecer infinito entre los servicios de inteligencia de Estados Unidos y Cuba.
Ando ahora por la tercera revisión y lo anoto en este comentario porque dudo que alcance a esperar otros diez años para una eventual publicación y al menos, de esta forma, dejo constancia del empeño.
* Carlos Augusto Amat Forés (1930-2015). Combatiente del Movimiento 26 de Julio y el segundo hombre enviado a La Habana por Raúl Castro para tomar el Palacio de Justicia inmediatamente después de la huida de Fulgencio Batista, cuando todavía las fuerzas del dictador estaban activas en la capital del país. Tras el triunfo de la revolución fue Decano y Doctor en Derecho de la Universidad de Oriente, ministro y diplomático.


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