PIDO JUSTICIA. YO TAMBIÉN ACUSO

Por Iraida Calzadiilla/La Habana

En los últimos días Facebook da espacio a un tema lacerante: las penas que se imponen a delincuentes que han asesinado a sus víctimas y no se les aplica la pena máxima o, al menos, de 30-40 años, sino que las dejan en 25 años de privación de libertad, al sopesarse una serie de atenuantes, como si el crimen las tuviera, como si el haber sesgado una vida tuviera justificación alguna.

En uno de esos reclamos escribí: “Me uno al reclamo de la máxima pena. Y que la justicia llegue rápida, que no haya que esperar procesos largos ante las pruebas irrefutables. Vergüenza de quienes defienden a asesinos y les buscan disminuir sus culpas. Nadie tiene derecho a devastar a una familia. Yo sé de ese dolor profundo, que nunca amaina, que siempre está presente en nuestra mente y corazón porque sabemos que hemos perdido una parte de nuestras vidas”.

Y en otro: “Asesinos a los que no se les aplica ni siquiera 30 años. Les dan 25 que terminan en 15 por «buena conducta». Une que les facilitan visita conyugal y otros beneficios. Nadie me puede negar lo que digo. Bien que lo sé y puedo demostrarlo. Y lo peor es ver abogados defendiendo a asesinos confesos que han sesgado una vida y dejan destrozada a la familia. Yo pido justicia revolucionaria y esa no cede ante asesinos que rematan a sus víctimas. Mientras no se aplique con rigor la ley, estamos desamparados”.

Yo me uno al reclamo de que la justicia se aplique con todo el rigor. Nadie tiene derecho a matar. A los seres humanos arrasados por la tragedia de la muerte de un ser queridísimo les toca asumir el drama con un dolor profundo que no amaina y permanece en todos los rincones del alma. Para vivir cada día -aún sabiendo que han perdido parte de su propia existencia-, solo les quedan los ingenios del espíritu para irse recomponiendo y darse y dar aliento a los que quedan vivos.

Por todo ello, pido justicia. Justicia severa ante juicios donde los hechos están probados. Donde se ha confirmado el acto de horror y matar y volver a rematar con saña, a pesar de las súplicas desesperadas que seguramente hicieron las víctimas para que no las mataran. Hay que pensar en toda la brutalidad que precedió cada ataque. Cada expresión de espanto que debieron sentir en ese drama donde se es consciente que la vida acaba. 

Pido condena justa. Y para los asesinos, la condena justa no puede ser menos de 30 años y no permitirse rebajas por supuestas “buenas conductas”. En su prisión, ellos pueden respirar, vivir y hasta amar. Los muertos no vuelven. Ellos, los asesinos, decidieron que no respiraran, que no vivieran, que no amaran. Ellos decidieron que no volvieran. Yo pido justicia y los acuso.

*Iraida Calzadilla. Doctora en Ciencias de la Comunicación Social. Profesora Titular. Periodista.

(Tomado del Facebook de la autora)

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