Cuba y los enredos de Nicolás

Manuel Juan Somoza/La Habana

Despertó a las seis de la mañana como siempre y mientras preparaba la única colada de café del día, los fantasmas que se empeñaban en acompañarlo se presentaron sin que mediara invitación.

Así de cabezones y persistentes eran ellos, aunque Nicolás los espantara y mucho más al estar a punto de cumplir 80 años.

Pasó revista a sus finanzas y confirmó que eran de miseria. A Silvia, su compañera de media vida que acaba de despertar también, le quedaban cuatro mil pesos y con ellos, se dijo, “algo haremos” en este cumpleaños.

Nicolás y Silvia estaban solos en Cuba, hijos y nietos habían partido en busca de otra suerte, pero incluso vacíos de familia en la isla la disposición era inventarse algo para bien, como solían hacer en los tiempos malos.

La jubilación de soga al cuello -mil 600 pesos- era uno de sus tormentos cada día de cada mes, cuando 20 huevos podían costar tres mil pesos. No obstante, las tribulaciones que más lo aguijoneaban tenían una esencia menos tangible: se sentía perdido en el país que amaba y al que siempre entendió.

Recuerdos y realidades

Formaba parte Nicolás de la otrora muchachada urbana que sintió endurecer sus manos ensangrentadas cortando caña de manera permanente en varias zafras; que abrió trincheras en las rocas para responder al Norte; que anduvo en por lo menos tres guerras cercanas y distantes.

Era componente de una generación que creyó en utopías, fue eslabón de esa mayoría de cubanos que se jugaron hasta la vida convencidos de que lo hacían por una manera más justa de reorganizar la sociedad y ahora, en la antesala de sus 80 años, reafirmaba que él y los demás sobrevivían en un país distinto al de sus sueños.

De un tirón ahuyentó a sus fantasmas, por asociación de ideas llegó a preguntarse cuáles serían las inquietudes de los jóvenes de hoy -los que descartan irse a la otra acera- y finalmente optó por la laptop a fin de echarle un vistazo a las noticias locales.

Incendiarios y criticones

En poco tiempo ratificó que las malas nuevas predominaban al igual que el día anterior, pese a que los medios oficiales se empeñaran en ignorarlas o reflejar lo contrario, y la nueva dirigencia de la Nación prometiera y prometiera sin resultados para bolsillo alguno.

“Estamos jodidos”, se dijo y pasó revista a Facebook.

Leyó el parte de apagones – “¡Uff, mil 305 megawatts de déficit, después de seis meses de mantenimientos para atenuarlos”, exclamó- y se enteró de nuevos llamados incendiarios desde Miami a tomar las calles y pasar la cuenta. Evocó la marginalidad de montones de compatriotas agolpados ante los quioscos de alimentos en la playa Santa María del Mar el domingo anterior, entre gritería y reguetón a toda máquina, y se detuvo en el comentario de una entrañable amiga.

Ella instaba desde La Habana a ser “menos criticones” en las redes sociales ante la cotidianidad del país y “más consecuentes con los hombres que hoy (lo dirigen) sin escatimar esfuerzos y dedicación como el presidente Miguel Diaz-Canel y su equipo de trabajo en el Gobierno y el PCC”.

Se hundió definitivamente entonces en sus cavilaciones, prendió el quinto cigarrillo de la jornada y volvió a responderse en silencio, con énfasis mayor. “¡Estamos rodeados y bien, bien jodidos!”.

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