Por Carlos Batista/Barcelona
La Fiesta Mayor de Gracia, pintoresco distrito de Barcelona, terminó el miércoles, tras concentrar miles de personas en sus estrechas y adornadas calles durante una semana, con una novedad: subrepticios graffitis y pegatinas que exigen “tourist go home”(turistas, váyanse a su casa).
Los festejos, una tradición de más de un siglo, convoca todos los agostos a los vecinos a competir por el adorno mas original y artístico, con un premio a la mejor calle, que este año correspondió a la Mozart.
Una larga fila de barceloneses y extranjeros pujaban el martes por la tarde para entrar a la calle Mozart, sin reparar en el creciente rechazo de los habitantes de la ciudad condal por los “guiris”

Esa denominación peyorativa proviene de las guerras carlistas del siglo XIX, y se una contra a los turistas rubios, de ojos claros, provenientes de los países europeos del norte de España, que cada agosto “invaden” la península Ibérica.
No se trata de xenofobia en una ciudad y una autonomía -Cataluña- que acoge a inmigrantes extranjeros de China, norte de Africa y América Latina, , y cuyas calles semejan a la torre de Babel, por la cantidad y variedad de lenguas que se escuchan en ella.
Eso se refleja en las pegatinas de rechazo a los turistas, pues tras el “tourist go home”, aclaran “refugees welcome” (refugiados bienvenidos), en referencia a los ucranianos y de otras naciones en conflictos que llegan a diario.

Más politizado, hacia la izquierda, un graffiti aclara: “no es turismofobia, es lucha de clases”.
El rechazo a los turistas gana terreno en Barcelona y otras ciudades europeas, pues la afluencia un tanto desordenada de millones de visitantes europeos encarece los alquileres, el costo de la vida, ensucia la ciudad, y abarrota el eficiente transporte urbano y los servicios en Barcelona.
Téngase en cuenta que la mayoría de los jóvenes catalanes o emigrantes viven en diminutos pisos alquilados, y tienen que hacer grandes esfuerzos para pagar 1000 o 1200 euros al mes, equivalente al salario de un no profesional.
Pero no solo es en Gracia. En Les Corts, un elegante distrito residencial, un cartel en catalán sube el tono: “Hay una batalla por Barcelona, quien la ganará? No vivimos del turismo, el turismo vive de nosotros”.

Agosto es un mes de vacaciones en España, donde casi todo recesa, menos los bares, esos lugares entrañables donde se come, se bebe, se enamora, se encuentran los amigos, se discute un negocio…
Un antiguo dicho atribuido a los dueños de los bares es “hacer mi agosto”, es decir, ganar mucho dinero. Sin embargo, varios bares de Barcelona han cerrado este agosto y en su fachada se lee: tancat per vacances (cerrado por vacaciones).
Según el Observatorio Turístico de Barcelona, en el pasado año 15, 6 millones de turistas visitaron la ciudad, de casi 2 millones de habitantes, semejante a La Habana.
Otros 10,3 millones de turistas visitaron el resto de la región de Barcelona, para completar 26 millones en solo un año, muchos de los cuales llega en cruceros.
Los barceloneses sienten además que en una ciudad cara y de servicios congestionados, ellos deben sufragar con sus altos impuestos, el costo de la limpieza y mantenimiento constructivo de la ciudad.
Barcelona no es una excepción en España, pues se espera que este año 2024 una cifra récord de 100 millones de turistas visiten el país, 18 millones de ellos a Barcelona.
Turismofilia
La otra cara de la moneda está en La Habana, donde este mismo miércoles la Plaza de San Francisco, popularmente “la plaza de las palomas”, en La parte vieja de la ciudad, permanecía vacía de turistas, y las casi únicas compañías de las palomas eran las estatuas del santo católico y de Federico Chopin.

Quizás sea por la condición de isleños, esa que el dramaturgo sintetizó como la maldita circunstancia del agua por todas partes, o por las dificultades de los cubanos en viajar a otros países en los últimos 60 años, que la xenofilia (amor por los extranjeros), turistas o no, es una característica nacional.
Desde los años 90, Cuba comenzó a impulsar el turismo internacional como una fuente de divisas, sobre todo el de sol y playa, y cuando la pandemia de covd-19 frenó bruscamente la actividad, la isla se acercaba a los cinco millones de veraneantes extranjeros al año.
Sin embargo, aún no se recupera. El año 2023 cerró con 2,4 millones y este año se espera llegar a los 3,2 millones, pero finalizando agosto los especialistas dudan que se alcance.
Agosto es parte de la temporada “baja”, pues canadienses y europeos prefieren ir al Caribe en sus crudos inviernos, así que puede ser comprensible la soledad de la Plaza San Francisco, o la que narró mi colega Manuel Juan Somoza, lo ocurrido en el enorme resort cinco estrellas, Valentín Perla Blanca, en Cayo Santa María al norte del centro de Cuba.
Somoza contó en este blog (ver Ocurrió en el centro-norte de Cuba y nadie lo olvidará) la soledad de la playa y las piscinas, y los problemas del servicio.

En sus esfuerzos de recuperación, las autoridades han apelado a sus aliados políticos, abriendo sus puertas a los turistas rusos y eximiendo de la necesidad de visas a los chinos.
Pero los turistas chinos no les interesa sol y playa, sino turismo citadino y patrimonial. La Habana y otras ciudades, con sus montañas de basura en las calles y los numerosos virus circulantes, son un escenario nada atractivo. Esta semana se anunció un acuerdo entre el gobierno municipal del Cerro, en La Habana, y una empresa local privada para la recogida de basura.
Es cierto que el embargo de Estados Unidos y la prohibición legal a los norteamericanos de visitar Cuba como turistas, pesa en el desarrollo de esta actividad, pero eso no son todos los problemas.
Muy cerca de Cuba, en la isla de la Española que comparte con Haití, República Dominicana, con una extensión que es la mitad de Cuba y una población semejante, acogió 10,3 millones de turistas en 2023, un 21% mas que el año anterior y se acercó a los 6 millones en el pimer semestre de este año.
Se ponchó la locomotora.
Desde hace varios años, la economía cubana depende básicamente de la venta servicios médicos a otros países, y del turismo. La histórica exportación de azúcar ya es inexistente, y el níquel, su sustituto, no alcanza para cubrir las necesidades del país.
Sin embargo, ambas actividades han bajado su aporte en los últimos años, y la isla atraviesa una crisis económica, con una inflación galopante, y baja actividad productiva, que impulsó un éxodo poblacional sin precedentes.
Las autoridades explicaron desde hace mas de una década, el carácter de “locomotora” del turismo, pues además del gasto de los turistas, el desarrollo de la actividad requiere insumos de varios tipos que compra y estimula a otros sectores de la economía, como la producción de alimentos.
Pero esos sectores que deben vender al turismo, no estan produciendo lo necesiario y por ejemplo, la cadena española Meliá, la principal que opera en Cuba con 35 hoteles que suman 14.800 habitaciones, acaba de inaugurar a Mesol, una empresa importadora propia, para comprar en otros paises, alimentos, bebidas, insumos gastronómicos, artículos de limpieza y otras necesidades de sus hoteles.
Ahora parece ser el turno de gobernantes y políticos para equlibrar esta balanza: frenar y hacer soportable la afluencia de “guiris “ a Barcelona,y estimular el arribo de turistas a Cuba, donde la actividad vuelva a ser locomotora. Quizás el 5 de noviembre, si triunfa Kamala Harris en Estados Unidos, pueda ser un punto de partida.


Deja un comentario