Manuel Juan Somoza, Cayo Santa María, Cuba
Optimistas tras un viaje por tierra casi perfecto desde la Habana, estaban a punto de descubrir un hotel fabuloso por sus muchos espacios inmaculados, pero también conocerían casi de inmediato sus diversas caras oscuras.
Estaban en cayo Santa María, 392.7 kilómetros al este de la capital, uno de los polos turísticos que potencian las autoridades del sector con la intención todavía inalcanzada de reanimar a la llamada “locomotora de la economía nacional”.
Constituían una familia más de las pocas decenas que buscaban disfrutar de las aguas cristalinas que se divisan desde la misma entrada al “Valentín Perla Blanca”, resort de lujo con categoría cinco estrellas administrado por una de las cadenas españolas que operan en Cuba, en asociación con la empresa estatal “Gaviota”.
Luis, cubano-español, costeó los gastos ahorrando euro a euro como empleado de hostelería en Madrid, le hacía ese regalo a sus padres septuagenarios y pretendía que su pareja disfrutara de los atributos de aquel pedazo de tierra firme rodeado de un mar incomparable por su colorido y calidez con los de otras latitudes del Hemisferio Occidental.
“Déjame ver si puedo ayudarlos”, dijo el recepcionista
Después de seis horas de viaje en ómnibus de la misma empresa Gaviota, estaban “partidos”, como dicen los cubanos cuando las tripas suenan, y pretendían calmar el apetito.
Y fue entonces cuando todo comenzó. Por decisión de Gaviota -como es habitual- llegaron dos horas antes de la entrada conveniada en aquel hotel de modalidad “Todo incluido” y por esa razón debían pagar 47 euros para acceder a la mesa bufet o esperar hasta las establecidas 16:00 horas.
“Es la nueva orientación”, les dijo un recepcionista con cara lampiña de niño bueno, agregando que incluso era más caro en las instalaciones de Meliá, cadena española que lidera la administración hotelera en el país.
Se discutió fuerte por lo incongruente de la “nueva orientación” y al final el de la cara de niño bueno, solo en apariencia, recurrió a una oración mágica que se repetiría en otros servicios: “déjenme ver si puedo ayudarlos”.
Desapareció unos minutos de la recepción y al regresar dijo que si pagaban “siete mil 500 pesos” podían almorzar y hasta alojarse. En ese momento, de las mil y tantas habitaciones estaría ocupada una treintena, la mayoría por canadienses.
Salchichas como plato fuerte
Aceptaron la oferta y de camino a las habitaciones, con manillas distintivas de huéspedes oficiales, Luis pidió del bar una copa del cava desplegado junto con otros licores y una empleada le advirtió: “eso tiene que pagarlo aparte”, sin saber responder por qué.
Dejaron los bártulos en las habitaciones y los septuagenarios descubrieron que en la de ellos la puerta que daba acceso a la terraza no cerraba -en cuatro días de estancia los cambiarían dos veces de habitación por roturas diversas-, pero pese a ello fueron por el almuerzo en la mesa buffet.
De plato fuerte salchichas a la plancha y entre las demás ofertas reducidas arroz amarillo con maíz dulce y algunas almejas. “¡Esto es una mierda, coño!”, tronaron los cuatro casi al unísono.
Volvieron las discusiones con el del rostro de niño, les devolvieron los siete mil pesos, le explicaron que los alimentos y bebidas estaban reducidos porque era temporada baja, le obsequiaron como compensación no solicitada una botella de vino rosado espumoso y en respuesta ellos pidieron reunirse a la mañana siguiente con el director del hotel.
Fueron tres reuniones las que siguieron en cuatro días porque las sorpresas continuaron, El director nunca apareció, otro directivo les dijo que el de la cara de niño estaba equivocado al pedirle que pagaran para almorzar -¿equivocado?- y finalmente puso el pecho para justificar todo lo demás un cubano que al parecer era el dueño designado de las llaves y los truenos.
De regreso a Madrid, Luis y su pareja llevan una hoja de reclamación detallada y oficializada por el hotel a fin de entregarla a la cadena española.

¿Y los canadienses?
No obstante las adversidades, Clarita y Pepe -los padres de Luis- fueron felices en la compañía del hijo, disfrutaron de una playa tan espectacular como la de Varadero, el más publicitado destino de sol y mar de Cuba. Escaparon de los apagones, de las colas para comprar desde alimentos hasta medicinas, de las restantes 10 mil turbulencias de la cotidianidad nacional y rieron cada una de las noches en que se reunieron los cuatro para hacer balance de la jornada.
Las expectativas de los canadienses eran otras. Se reducían a disfrutar de un mar esplendoroso a disposición solo de ellos y tal finalidad la alcanzaron con abundancia sobrada. Les daba igual que a las salchichas le siguieran tres días de filetes de pollo a la plancha, que nunca se ofertara algún tipo de pescado en el almuerzo y que una noche, en presunta cena cubana sin frijoles negros ni cerdo asado, compartieran el salón con un gato que maullaba entre las mesas -pululan decenas por los pulcros pasillos del hotel-, mientras un músico intentaba amenizar a toque de saxofón.
De regreso a La Habana, el ómnibus de Gaviota recogió huéspedes en otros tres hoteles. Todo cantaron sus experiencias y solo una pareja llegada de Andalucía aseguró sentirse más que complacida en el hotel “Playa Cayo Santa María “.


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