El salto que Cuba necesita

Por Félix López/Andalucía

La final del triple salto olímpico pone a la sociedad cubana frente al espejo. Cuatro atletas nacidos y formados en la isla se clasificaron para la final. Tres de ellos se repartieron las medallas de oro, plata y bronce. Pero los tres ganadores lo hicieron en representación de sus actuales países de acogida: Jordan Díaz por España, Pablo Pichardo por Portugal y Andy Díaz por Italia. El cubano Lázaro Martínez regresa a casa sin título.

Esa realidad choca, duele y nos toca el orgullo nacional. Durante más de medio siglo el Deporte (con sus logros y estrellas en un amplio abanico de disciplinas) ha sido uno de los símbolos fundamentales de la marca Cuba. No es un secreto que esa historia se desdibuja con la crisis económica, las carencias que debilitan todo lo que antes se consideró exitoso y la creciente migración de atletas y entrenadores. Si en algo ha tenido éxito el bloqueo (y aquellas 240 medidas de Trump para hundir a la Isla) ha sido en pulverizar al movimiento deportivo cubano.

Si hoy sumamos las medallas de Cuba en París con las obtenidas por cubanos que compiten bajo otras banderas, la isla estaría entre los primeros 15 países del medallero olímpico. El triplista Jordan Díaz le ha dado a España su cuarta medalla de oro. Tras él también se aplaude al preparador Iván Pedroso, otra leyenda del atletismo cubano. Por mucho tiempo seguiremos siendo la nación que más medallas olímpicas atesora en Latinoamérica. El país más pobre del universo que logró escalar a un cuarto lugar olímpico (Moscú 80). Y ahora mismo el que más atletas de éxito ve competir bajo otras banderas.

Como escribí en el post anterior, de París 2024 me quedo con lo que simboliza Mijaín López Núñez y su quinto título olímpico. Él es como el resumen de todo lo grande que hemos sido. La frontera entre el éxito y la incertidumbre. Cuba necesita hoy más comida, más medicina y menos apagones. Pero en ese mismo orden también es un imperativo la alegría. El deporte y nuestros campeones nos pusieron a valer en el mundo y nos hicieron visibles en el mapa. Quizás no volverán aquellos años de gloria. Pero no estaría mal que nos inventáramos 240 medidas para salvar lo que más nos une: el deporte.

Además de la inmensa alegría que nos regaló Mijaín, París deja (por suerte para aliviar la vergüenza) otras cosas que ponen en valor la importancia de cambiar lo que no funciona.

Me quedo con el impecable y profesional trabajo de mi hermano Ricardo López Hevia. Desde París ha demostrado que se puede ser uno de los mejores fotoreporteros del mundo y trabajar para Granma, un medio oficial y comunista.

Me quedo con las crónicas del colega Michel Contreras, que no fue a París pero nos ha regalado, en mi opinión, el mejor análisis deportivo que nos merecemos los cubanos. Su cobertura es la prueba de que el buen periodismo es enemigo de la consigna y el patrioterismo. Desde un rincón en La Habana, afincado en un medio no oficial, Míchel nos ha puesto los pelos de punta y las neuronas en guardia.

Me quedo con los micrófonos abiertos para que atletas como Loren Berto Alfonso y Yasmani Acosta (medallistas de plata en boxeo y lucha en representación de Azerbaiyán y Chile) puedan hablarle a su pueblo y demostrar, con sinceridad y nobleza, que no son enemigos de nadie. Los cubanos siempre estaremos orgullosos de quienes compiten bajo nuestra bandera. Pero no debemos negar el aplauso a quienes van por el mundo sin renegar de sus raíces, de su formación y de su historia.

París 2024 y el ejemplo de los tres cubanos que subieron al podio en el triple salto, con otros himnos y banderas, nos dejan ante dos caminos: o nos quedamos en las gradas viendo la historia pasar o damos un salto para repensar las estrategias del deporte cubano.

(Tomado del Facebook del autor)

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