A propósito del campeón cubano Mijaín López

Manuel Juan Somoza/La Habana

Gracias al oficio he conocido otras culturas y he podido constatar que donde quiera que vivan, los cubanos no ocultan ni olvidan sus raíces, tengan la visión que tengan de lo que ocurre en la isla.

En Miami, participé con mis viejos, mis tíos y mis primos en una especie de juego de nostalgias. Se empinaba el siglo en curso y ellos habían dejado Cuba en los años 60 del milenio anterior, cuando la revolución abría y cerraba esperanzas.

El juego consistía en nombrar una calle de La Habana y recordar cómo era cuando ellos vivián en el país, cuáles los nombres de los negocios radicados en la zona y dónde estaban las paradas de “las enfermeras”, como le decían a aquellos blancos ómnibus urbanos de fabricación inglesa.

Viví un apego similar a sus costumbres con los vietnamitas en Argel, mientras los que quieren seguir mandando al mundo suponían que quebrarían al “Vietcong” a tiros, bombas y napalm.

De la mano de Tuc, así se llama mi amigo vietnamita, conocí a la dueña del principal restaurante de comida “china” de la ciudad y supe que la distinguida madame, vietnamita nacionalizada francesa, enviaba a sus compatriotas en Hanoi la mayor parte de sus ganancias “para ayudar a ganar la guerra”, según me confesó.

En la Habana Vieja fui amigo del frutero “Luis”, chino llegado de Cantón, que españolizó su nombre “pa´yudal a negocio”, me dijo cierto día. Pero cuando atravesé las apariencias, él seguía orando y añorando como el resto de los suyos en su aldea.

Y cuento esto porque en días de Olimpiada en París he vuelto a ver a los cubanos ser como son donde quiera que ellos vivan, incluso después de caerse a piñazos en una eliminatoria de boxeo.

Nacido y formado en Cuba, vi y confieso que sufrí cuando Loren Berto Alfonso le ganó a quien sigue en el país caribeño, Julio César La Cruz, y batallaba por su tercer título olímpico.

Berto lo sacó de los juegos, le apagó el sueño y aun así, en espectáculo estremecedor para cualquiera que tenga la capacidad de sentir, ambos se abrazaron en el ring y el que nació cubano y se nacionalizó azerí dedicó su triunfo a esta isla de misterios y huracanes.

El espectáculo se repitió en la lucha, al enfrentarse “El Gigante de Herradura”, Mijaín López, al cubano de nacimiento nacionalizado chileno, Yasmani Acosta, por el primer oro olímpico del que vive al sur del continente y nada menos que el QUINTO TÍTULO del que reside en la isla, siendo símbolo de coraje a sus casi 42 años de edad.

Ganó el de Herradura, le colgaron al cuello la última de sus medallas de oro, dejó su calzado de pelea en el medio del colchón y volvió el abrazo entre los dos.

Hay cubanos por todas partes, incluso alquilando camellos a los pies de las pirámides egipcias y, con algunas excepciones, suelen ser así cuando se trata de la tierra en que nacieron, piensen lo que piensen de política u otras cosas..

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