Por: Dailianys Barrios/Madrid-Miaimi
Cuando a uno lo nacen cubano, se crece entre políticas: políticas engrasadas en los rayos de las bicicletas, políticas de economía, de embargos y de geografía. Políticas de la calle, de dolarización, y la más relevante para mí: políticas de despedidas.
Mi primera conversación de política, al menos que yo supiera, fue a los doce años.
Mis padres, doctor y enfermera, habían desertado de una misión internacional en Venezuela y cruzado dos fronteras para llegar a Estados Unidos. Por ello pagaban una sanción que les prohibía entrar a Cuba en ocho años y, a la vez, no nos dejaba salir a mi hermana y a mí por cinco años.
Como un puente ancho que se extendía desde Miami a La Habana, nos bordeábamos en sanciones para demostrar que seguíamos siendo una familia, y como tal debíamos compartir las culpas.
Fue así como, a los doce años, me convertí en la hija de los desertores, en el barrio, la escuela y la oficina de migración.
Aquel día, después de las 4:20 pm, caminando frente al único hospital materno en Pinar del Río, y por ende el lugar donde ambos habíamos nacido, discutía con mi primo, también de 12 años, también con un papá doctor, y también lejos en una misión, sobre el sacrificio de los padres de perderse la niñez de sus hijos por la ilusión de una mejor adultez.
El papá de mi primo había elegido otra geografía y con ella otra ideología: tres misiones por África Occidental, y la verdadera misión de volver a Cuba, después de diez años, sin nada que durara más de diez días. Sin embargo, podía entrar a la isla cuando quisiera; no se perdería la fiesta de quince de sus hijas, ni el diploma de fin de curso, ni la vejez de sus padres, o el entierro de primos, tíos y amigos.
Como era de esperarse, cada uno tomó el bando al que pertenecía, y defendimos a nuestros padres como si ellos fueran los hijos. Repetimos discursos como si fueran nuestros, porque ya eran nuestros, con la confianza en el futuro que solo se tiene a los doce años.
En aquel momento, sin saberlo, éramos la historia de un país, una puerta pequeñita, al país de las despedidas.
Una década más tarde, mi primo y su padre siguen en la isla, a la espera de cualquier manera para salir. Diez años donde las cosas solo han empeorado y la certeza de que, si no emigras, tus hijos lo harán por ti.
En la otra acera, mis padres llevan el mismo tiempo en Miami, y la inversión de emigrar ha sabido pagar con creces. Tienen un nieto que verán crecer, y eso lo vale todo, o casi todo.
Mi padre—después de una reclamación familiar, embajada en Guyana y seis años en el intento— pudo disfrutar de su padre seis meses antes de tener que esparcir sus cenizas en una playa de la Florida, cerca de nosotros y lejos de donde él hubiese imaginado. Y mi madre, pues mi madre se ha vuelto Santa María, Madre de todos, amparando a todo el que se encuentra, menos a los que más quisiera.


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