Félix López
A veces creo que soy un pedazo de continente. Pero en realidad soy una isla. El mar y la línea del horizonte están tatuadas en mis pupilas. Mis pestañas son como palmeras. El aire que respiro, el salitre y las algas bajo mis pies, frías o cálidas, son una experiencia caribeña. No importa si ahora navego en el Mediterráneo, en el Egeo o en el Índico. Al final todas sus corrientes se abrazan y hacen que vuelvas a sentir la misma banda sonora, la misma brisa, el mismo aroma de la tierra mojada. Dicen que la nostalgia es también una isla rodeada de recuerdos. En mi sueño más recurrente hay una isla que no está anclada en ningún sitio. Va detrás de mí a todas partes. La he visto al borde de la zozobra. Destruida por la tempestad. Sin panes y sin peces. Pero siempre aferrada a un salvavidas. Con esa persistencia casi absurda y la misma testarudez de los lobos de mar… Hay noches en que me acuesto a salvo sobre un continente y espero el sol en la mecedora azul de cualquier playa. No me pregunten porqué, pero yo elegí ser isla. No hay tierra más firme que la cresta trágica de una ola.



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