Por Jorge Bacallao Guerra/La Habana
La facultad de ser consecuente es una de las virtudes personales que más empeño pongo en respetar a cabalidad, y que me sirve de primerísimo medidor para valorar a los seres humanos. Es cierto que no sirve para evaluar a todo el mundo, porque alguien consecuente es aquella persona que se comporta en consonancia con sus principios, así que un requisito inicial para ser evaluado sería el de tener principios, y el mundo actual no anda especialmente sobrado de individuos así.
Yo, por ejemplo, abogo por la ciencia para explicar casi cada situación que pueda darse en este mundo. Por eso, sería capaz de ponerme delante del péndulo más grande y soltarlo, para verlo regresar sin dar un paso en retroceso. Estoy bastante consciente de las limitaciones de la ciencia, pero esas mismas limitaciones me seducen y me convencen, porque el hecho de ir mejorando modelos y teorías para ser consecuente con las observaciones a través de la historia, me parece un proceso natural y bueno. Acoto que me refiero a observaciones de manera general, porque la ciencia, tal y como la conocemos hoy, se libró del «ver para creer» hace muchísimo tiempo ya, y tiene un largo arsenal para constatar hechos sin tener que haberlos observado directamente.
Por eso no creo en la homeopatía, y por supuesto no me tomé el Prevengovir aquel que dieron cuando la pandemia, ni me tomaría el veneno de alacrán en su forma homeopática. Entiendo que muchas personas que piensan igual que yo terminan tomándose esas cosas cuando se enferman, (acordarse de Santa Bárbara cuando truena, dirían algunos) apelando a que mal no les va a hacer. Aunque a veces sí les hace, porque la confianza y las ganas de sanar poniendo gotas debajo de la lengua permite posponer y dejar a un lado terapias avaladas por la ciencia y la experimentación, pero mucho más molestas e invasivas.
Yo también soy un defensor a ultranza del respeto a las decisiones de las personas, y de su derecho a vivir la vida como mejor les parezca, mientras no jodan a los demás. Por eso, aunque tampoco creo ni en la acupuntura, ni en el reiki, ni en la osteopatía, ni en las flores de Bach, ni en los chacras, ni en la oración de San Luis Beltrán, ni en la energía piramidal, ni en un señor que tira los caracoles y te dice lo que tienes que hacer para mejorar tu salud, no voy por ahí jodiendo al que sí cree, ni siento la necesidad de decirle a nadie que las cosas son como yo las veo y no como aquel piensa.
Este tipo de comportamiento, que me parece obvio, ha llegado a estar en crisis, sobre todo en las redes sociales. Abunda la gente que jamás ha estudiado nada, mandando a estudiar a los demás, o acusando de extremismo a diestra y siniestra, como quien ametralla a mansalva, basándose en teorías que escuchó por arribita en un video de Youtube. Lo próximo tal vez será ir por la calle, ver un cartel de «Se Permuta», e ir a tocar en la puerta de la casa para decirle al dueño que a nosotros no nos interesa permutar.
Eso sí, respeto muchísimo a los creyentes consecuentes. Mucho más, por ejemplo, que a un científico que me diga que Cuba es una potencia médica cuando él no sabe por cuál puerta se entra al policlínico que le toca, porque jamás ha plantado las nalgas en los asientos del cuerpo de guardia. O alguien que me diga que hay que resistir y que no coja los mandados, o que nuestra educación es la mejor y mande al hijo a estudiar a España. Me cuesta respetar a quien me dice que es cubano de a pie cuando no es cubano ni de a carro, sino cubano de a chofer. O a quien me dice que apague las luces innecesarias y en su casa no se apaga nunca el aire acondicionado, y ya que estamos, tampoco se paga la factura de la corriente. O a quien dice que hay que perseguir las ilegalidades cuando todos sabemos que no hay un solo cubano que aguante una auditoría, y el que diga que no, que me deje ir una semana para su casa que yo llevo mi comida, una colchoneta y una libretica para anotar las movidas extrañas y los privilegios.
Se me quedan cosas por decir, pero estoy terminando de escribir un viernes por la noche, cuando la semana pasada le dije a mi maravillosa y comprensiva editora que estaba trabajando en no entregar los textos a última hora, así que voy a parar aquí y voy a enviarle el texto, más que nada, por ser consecuente.
(Tomado de La Joven Cuba)


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