Cuba, los silencios y la rebeldía de Alina Bárbara

Manuel Juan Somoza/La Habana

Vengo de la calle Jesús María, donde en los años 50 del pasado siglo, un solo bastonazo sobre el asfalto del policía de turno bastaba para que la gente se recogiera temerosa en apartamentos o cuartuchos; corrían tiempos en que los opositores aparecían destripados en las cunetas.

Había entonces multipartidismo, sociedad de mercado, cada gobierno contaba con la bendición de Washington y, sin embargo, no quedó más remedio que una generación se levantara en armas a fin de cambiar las cosas.

Crecí entre bombazos en los cines y alzados en el Escambray desde que la revolución triunfó y décadas después me correspondió reportar para un medio mexicano las acciones de la llamada “disidencia pacífica”, que siempre fue acusada de recibir financiamiento y orientación del Norte.

Reporté a las Damas de Blanco en sus caminatas de protesta; hablé con Oswaldo Payá, Guillermo Fariñas y otros líderes de los opuestos; y hasta conocí personalmente a la diplomática estadounidense que más se empeñó en “apadrinar” en La Habana a esa oposición sui géneris.

Y resumo en cuatro párrafos esas vivencias, porque de ellas – acierte o no- parte mi suspicacia al leer en las redes sobre la “desmedida violencia policial” contra la profesora cubana Alina Bárbara López Hernández, residente en Matanzas, por opinar contrario a lo establecido y defender su posición.

Han transcurrido los meses desde que supe de esta académica y en ese tiempo no he encontrado opinión alguna de la oficialidad para al menos situar en contexto su quehacer; o tener más elementos sobre la denunciada prohibición de venir a La Habana a expresar lo que piensa en el Parque Central; o si es real esa “represión desmedida” que ella denuncia y ha llevado a pronunciarse en su apoyo a intelectuales que respeto, como Leonardo Padura y Fernando Pérez.

No tomo partido. Este oficio me ha permitido conocer lo difícil que resulta descifrar el arte de vender gato por liebre.

Tampoco dispongo de las posibilidades de antaño a fin de hacer lo que periodísticamente corresponde: ir a los lugares de los incidentes, hablar con las partes y desentrañar lo que ocurre. Quizá los colegas de Matanzas lo tengan previsto

Entonces, no queda más que preguntarme y preguntar, ¿dónde está la razón en este asunto? ¿Proseguirá la suposición equivocada de que lo que yo no digo oficialmente, no existe, y si lo digo es la única verdad?

Para el cubano que vive de cola en cola, que busca darle un esquinazo a los apagones; a ese que no le alcanza el salario -menos la jubilación- para llegar dignamente a fin de mes, este tema pudiera resultarle secundario.

No obstante, en tiempos de definiciones como los que corren, tan importante como sobrepasar el agobio material, supongo desde mi ignorancia, es escuchar a quienes piensan diferente y tomarlos en cuenta en esa sumatoria de unidad, imprescindible para que la Nación no vuelva a dónde todo comenzó.

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