Manuel Juan Somoza/La Habana
Lo conocí en los años 60, década en la que las posiciones fidelista, anticomunista y comunista definieron vidas en la arrancada de lo que para mí fue el surgimiento de la Segunda República.
Hoy cuenta con 80 y tantos años “Octavio”, como denominaré a este fidelista y militante del Movimiento 26 de Julio (M-26-7) en tiempos en que la oposición en Cuba debió hacerse a tiros, mientras agonizaba aquella Primera República surgida de la ocupación estadounidense.
Viendo desde la longevidad lo mucho que ha llovido, hablar por estos días con Octavio es como asistir a una clase magistral sobre hechos vividos en la historia más reciente, que han sido olvidados, minimizados y hasta manipulados.
Bien sé que no es época de recuentos, las contradicciones y desatinos hoy son otros. Y hasta me pregunto si vale la pena escribir esta nota cuando demasiados cubanos tienen la vista puesta en otro lado y otros intereses.
No obstante, como la Nación trascenderá siempre a cualquier época, vuelvo a esos años, aunque sea solamente para calibrar el alcance del momento en que cuajaba la juventud de mi generación.
Conmueve escuchar narrar a Octavio hoy la experiencia amarga de aquel coordinador del M-26-7, a quien nunca detuvieron los policías de Batista , preso durante varios días en 5ta y 14 por obra de lo que Fidel llamó la “Microfracción”, llevada a cabo por comunistas extremistas ascendidos a posiciones claves tras la victoria de la revolución.
Y al tiempo que Octavio hablaba, recordé a otro amigo, el fallecido embajador Jorge Cubiles, rememorando una reunión del M-26-7 en el centro del país en 1959.
“Yo soy fidelista, de comunismo no sé”, me contó que dijo, y que por ello, concluyó mi inolvidable amigo: “quedé entre los pocos que salimos ilesos” políticamente aquel día.
Las posiciones extremas nos han acompañado siempre, son parte de la vida en cualquier lado de la acera y mucho más cuando abrir caminos propios implicó temprana condena a muerte desde el Norte.
Hace poco el profesor Rafel Hernández recordó que “seis meses antes de las grandes nacionalizaciones” hechas por la revolución, la sentencia había sido dictada.
“El presidente Eisenhower -rememoró Hernández- estaba aprobando oficialmente el plan de Girón (la invasión de 1961), que la CIA había iniciado en diciembre de 1959”.
Y también me llegó de pronto Max Lesnik.
“Tú habrías hecho lo mismo de estar en mi lugar”. Escribo de memoria, pero esa es la esencia de lo que le respondió Fidel, tras preguntarle en La Habana: “¿Y tú por qué te fuiste?”, y alegar Lesnik que lo hizo por los comunistas y la alianza con la URSS.


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