De este lado, cuando lo institucional calla, los amigos dan la cara

Manuel Juan Somoza/La Habana

He mal dormido en hamaca entre los bichos del monte y junto a ratoncitos blancos en el piso de una cueva en el desierto del Sahara, pero despertar en el dormitorio de casa cubiertos ella y yo de grandes, negros y extraños insectos voladores, es una sensación distinta.

¿Qué hacer ante la incómoda plaga sin insecticida a mano, además de a chancletazos enfrentar a los sujetos?

Acudir al policlínico del barrio en busca de fumigación de urgencia y descubrir que la institución cerró hace tiempo por problemas estructurales en el inmueble y el que teóricamente debería atender a la barriada de Kohly no cuenta con insecticida, ni para enfrentar mosquitos.

Lo institucional no dio respuesta, como suele ocurrir con frecuencia reiterada ante los 10 mil problemas de la cotidianidad en este lado de la acera.

Por Whatapp y Facebook, apelé a los amigos y en fracciones de minutos comenzaron a llegar evaluaciones del caso y, lo más importante, sugerencias de cómo enfrentar la plaga con lo poco que se cuenta.

Jabón amarillo “por su contenido de potasio” para tapar la cueva descubierta entre el piso y el marco de la puerta; limón picado en dos partes con clavos de olor, “no los mata pero los ahuyenta”; petróleo, vinagre, talco, etc…

De España también llegaron sugerencias, hasta que una amiga en tránsito por París se comunicó con un biólogo en La Habana, este lo hizo con un entomólogo y por teléfono recibimos un diagnóstico.

Al parecer, dijeron, se trata de una colonia de comejenes sexuados, “copuladores insistentes”, los bautizó otra culta amiga.

“Pueden vivir en tu mata de mangos o en lo hondo de la tierra; salen por las lluvias y la única solución es fumigar con un producto específico que no tenemos aquí”, dijeron los expertos.

Y remataron así: “lo que hiciste puede contenerlos, aunque no resuelve el problema”.

Al día siguiente, con lluvia y apagón incluidos, los copuladores no se presentaron. Sí lo hicieron tres ventiladores, uno de ellos recargable, enviados sin que mediara petición alguna desde el otro lado de la acera por una de mis hijas y una de mis nietas, a fin de suavizar el calor, igualmente insoportable.

No sabían mi hija y mi nieta que además de ayudar a calmar la alta y húmeda temperatura, su gesto añadiría alegría a una jornada inesperada y aciaga.

No sé cómo serán las cosas entre sajones, eslavos o asiáticos, pero con crisis o sin ella, entre cubanos suelen ser así.

Deja un comentario