¿Crece la marginalidad en Cuba?

Manuel Juan Somoza/La Habana

Fue un privilegio despertar a los 14 años con una revolución esperada y triunfante que convirtió en científicos, médicos y maestros a quienes no conocían ni la luz eléctrica.

Ese y otros muchos resultados sociales no solo marcaron a buena parte de mi generación, hoy con jubilaciones de soga al cuello, sino que la sumaron a la realización de la utopía.

Pero el tiempo, el implacable, se ha ido encargando machacona e inexorablemente de ir cambiando para mal lo que comenzó bien.

La guerra persistente y nunca declarada del Norte creció y marcó a todas las generaciones, y se multiplicó la ineficiencia de la estatización casi total del país.

Desde hace 30 años se reforma a pedazos esa estructura centralizada, pero el saldo es desesperanzador. Dos pasos adelante, cinco atrás y cuatro al lado.

Parecería que quienes mandan tienen maneras diferentes de enfocar la realidad o están lejos todavía de saber cómo administrarla, y mientras tanto la pobreza crece.

“La pobreza estimada en 1988 era de 4,5% de la población. Ahora no sabemos (…); pero los sociólogos la estiman entre 20 y 25%”, comentó el profesor Rafael Hernández dos años después de las protestas del 11J en unas 30 localidades del país

Aunque cuentan las excepciones, la pobreza y la marginalidad tienden a darse las manos y no importa que propagandísticamente se maquillen tales comunidades con el término de “barrios en transformación”, aunque ciertamente los haya.

Sería bueno conocer con exactitud cuánto de marginalidad, más que de política, hubo en los asaltos a comercios, unidades móviles de la policía y hospitales en las protestas del verano de 2021.

Y lo subrayo porque la marginalidad anda suelta por las calles e irrumpe a piñazos en una cola para comprar el pan en Marianao y hasta en el espectáculo reciente en la Finca de Los Monos.

Muchachos de entre 12 y 16 años con cuchillos y tubos en las manos, bronca y guapería; conmoción en la ciudad; reacción tardía y fraccionada de los medios oficiales y del gobierno provincial.

Estimo que el país no está en condiciones hoy de dar solución material a muchas décadas de olvido. Y de poco valdría ahora preguntar a quiénes corresponden esas culpas.

Pero ocultar la marginalidad con sofismas propagandísticos cuando ese fenómeno social crece a igual velocidad que la crisis económica, nunca será el camino.

“Este es un problema que nos atañe a todos”, suele decirse y recuerdo aquel concierto de Silvio Rodríguez en El Fanguito, antes que se declarara “barrio en transformación”, y el comentario que brotó de uno de los muchachos que disfrutaba el concierto: “¡A llorar, que se perdió el tete!”.

Todavía hoy me pregunto qué quiso decir aquel adolescente y qué habrá sido de su vida.

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