El sacerdote Ariel Suárez Jáuregui, secretario adjunto de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, accedió a responder varias preguntas de Palaba Nueva a raíz de informaciones de prensa extranjera, según las cuales la Iglesia se había ofrecido para colaborar con un diálogo entre cubanos que consideran necesario y útil.
Como le corresponde, la revista de la Arquidiócesis de La Habana se acercó a quien también es el párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en La Habana, para contribuir a la claridad de un asunto medular para la salud de Cuba.
Varios medios de prensa internacionales han publicado que la Iglesia católica cubana ofreció al gobierno servir de puente para un posible diálogo con otras voces que tengan algo que decir, dentro de una indudable crisis múltiple que se padece en la Isla. ¿Es exactamente así la propuesta de los obispos?
Para ser exactos, después de las protestas del 17 de marzo pasado en Santiago de Cuba, el Obispo de Holguín y su Obispo Auxiliar compartieron una invitación a orar, al final de la Misa Crismal el 21 de marzo. En esas palabras textualmente dijeron: «Creemos que como Iglesia, nos corresponde favorecer la creación de espacios de diálogo, en los que participen distintos sectores de la sociedad, para buscar los caminos que nos ayuden a salir adelante con una disposición sosegada y esperanzadora». Esta disposición de la Iglesia a buscar el bien del pueblo es la que siempre han manifestado los obispos cubanos.
¿Por qué los obispos decidieron avanzar esa propuesta en este momento?
Porque los problemas tan serios que enfrenta la nación cubana reclaman el compromiso, la participación y el empeño de todos los cubanos. Y como Cuba es una sociedad plural y cada vez más diversa, el único camino para que lo diverso conduzca a soluciones y no al enfrentamiento, es el diálogo, la búsqueda de consensos, la implicación respetuosa de todos.
¿Sobre qué asuntos los cubanos tendrían que sentarse a conversar, en opinión de la Iglesia?
La Iglesia no puede dictar a la sociedad la agenda de los puntos que tratar. No hay nada de prepotencia ni arrogancia en la invitación a encontrarse para buscar soluciones. Al mismo tiempo, la Iglesia en Cuba está formada por cubanos y cubanas, somos parte del pueblo. Y escuchamos, sentimos y experimentamos cada día que vivimos una situación muy difícil y que tiene que cambiar, para ser felices en esta tierra que tanto amamos. Me parece que ese sería un buen camino. Preguntarnos con respeto y sincera capacidad de dejarnos interpelar por los demás, qué queremos para el presente y futuro del país. Y qué tendríamos que hacer para lograrlo.
¿Hay señales de progreso de la propuesta católica?
No tengo elementos para responder esa pregunta. La invitación de la Iglesia al diálogo no siempre se comprende, porque se desconoce la naturaleza de la Iglesia. A veces da la impresión de que hay grupos interesados en mantener o cultivar la hostilidad, la confrontación. Las guerras tan extendidas en el mundo actual lo confirman. La Santa Sede queda como «voz que clama en el desierto» cuando pide la negociación, el encuentro, el sentarse a dialogar. Y mientras tanto, hay mucha gente sufriendo.
Ya se sabe que el diálogo, por muy ácido que sea, es preferible a una sola manera de encarar la realidad, pero, ¿qué mejorías exactas pudiera facilitar una conversación en Cuba entre varias instancias de pensamiento diferente? ¿Cree que solucionaría los problemas en la Isla?
Ningún problema se soluciona de un día para otro. Cuando los problemas son graves, y hay heridas también en el corazón, restaurar todo eso supone tiempo. Pero transitar por caminos de sanación, de integración, de reconocimiento positivo de las opiniones plurales… genera un ambiente de esperanza, de confianza… que es muy necesario para construir juntos un presente y futuro mejores.
Los obispos cubanos, como parte del Año de la Oración, propuesta por el Papa Francisco, el pasado 21 de abril invitaron a los feligreses de todo el país a unirse en una plegaria por Cuba, y están incentivando el cultivo de la oración entre los connacionales. Palabra Nueva aprovecha la oportunidad de conversar con el secretario adjunto de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y además párroco de la iglesia de la Virgen de la Caridad del Cobre, en La Habana, y le pide que explique a sus lectores el valor de la oración.
La oración es una fuerza potente. En el Evangelio de la misa de hoy, se nos narra que los discípulos de Jesús no pudieron expulsar un demonio de un joven que estaba totalmente desequilibrado y que atentaba contra su vida. Jesús logra hacerlo, y cuando los discípulos le preguntan por qué no lograron hacerlo ellos, les respondió: esa clase de demonios solo se expulsa con la oración. He ahí la increíble potencia de la oración: expulsa el mal y sana, transforma el corazón, sana y recrea la vida, nos devuelve la armonía, nos llena del Espíritu Santo. Sin la oración no cambia el ser humano. Y si no cambia el ser humano, no cambia la vida. Cuando se hacen cambios estructurales sin el cambio del corazón, también nos ha ocurrido en la Iglesia… terminamos confesando que lamentablemente «tenemos el mismo perro con otro collar».
(Tomado de Palabra Nueva)


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