Carlos Batista/Barcelona
En el año 2000, recorriendo Sidney antes de los Juegos Olímpicos, un grupo de colegas tuvimos una vivencia de humor negro: una corta calle tenía una advertencia: One-way (un solo sentido): desembocaba en el cementerio.
Hasta entonces y con poco menos de 50 años, la vida había tenido para mi generación un doble sentido, pues siempre se regresaba al punto de partida: Cuba.
Ahora, cuando entro en un hospital o paso la “pecera” del aeropuerto José Martí, siento cierta angustia de volver a ver, sin el humor de entonces, un cartel similar al de Sidney.
Andamos entre los 65 y los 80, según el Anuario Estadístico 2022, somos 1,3 millones, el 12% de una población que envejece.
Mi colega Aurelio decía hace unos días que éramos niños cuando Fidel bajó de la Sierra, y ahora nos estamos muriendo…a plazos.
En efecto, demasiado jóvenes en 1959 y demasiado viejos a la hora del relevo en el poder. Nos dedicamos a estudiar y a cumplir tareas: la alfabetización, las zafras, las movilizaciones, la escuela al campo…
Oímos a hurtadillas a los prohibidos Beatles y algunos escondieron sus oraciones religiosas, marginadas por un estado marxista y ateo. Fuimos universitarios en el ‘quinquenio gris’ (1971-76), una época de exclusión política en la cultura, en la que también se persiguió a los homosexuales
‘Teníamos la certidumbre en el triunfo y actuamos en correspondencia, con una disposición al sacrificio personal y un grado de honestidad que ahora algunos califican de idealismo, pero que nutrió el sentido de nuestras vidas’, me dijo hace unos años exdiplomático y politólogo Jesús Arboleya, cuando traté el tema para la AFP.
Debido a la juventud relativa también de la generación fundacional, nunca se produjo un cambio generacional normal y finalmente nos pusimos viejos’, acotó Arboleya.
“Tuvimos una preparación académica, ética, social que, aun con presiones y ortodoxias, fue muy elevada en valores y conocimientos, me dijo el escritor Leonardo Padura.
El sociólogo Luis Suárez, la considera la generación ‘guevarista’, por la influencia del Che Guevara.
‘Sentimos que nos entregaba un proyecto de vida ético asociado al internacionalismo, a los valores morales, a pensar de manera distinta del marxismo’, me dijo.
Pero Padura la considera la generación “escondida”
‘No tuvimos un verdadero rostro social durante muchos años’ y si algunos ocuparon cargos importantes, lo hicieron ‘sin haber tenido por ello un gran poder de decisión’, añadió.
El demógrafo Antonio Aja, amigo de la infancia, me confirmó entonces que quizás la nuestra fue la generación que menos emigró.
“Nuestra generación tuvo muchas metas, más de lo normal quizás, cumplidas solo algunas, pero para mí valen”, añadió Aja.
De niños despedimos a nuestros familiares que emigraron. De adultos a nuestros hijos. De viejos a los nietos y sobrinos-nietos.
Nunca pensamos en emigrar. Pero ahora, viejos, achacosos, jubilados, pasamos temporadas a la sombra de los hijos y los nietos que emigraron.
Desde Miami, México, España….recibimos los angustiosos mensajes de los amigos contemporáneos que quedaron allá: “no te apures en regresar, que esto está de madre”.
Y entonces , vuelve al fantasma de Sidney…One-way?


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