Manuel Juan Somoza/La Habana
“En tiempo de crisis hay que vivir el día a día, juego a juego como en la pelota (beisbol), sin pensar en el partido siguiente hasta que acabe el del día, si no enloqueces o te da un infarto”, dice el cubano Valentín.
Veterano de tres guerras, una en Cuba y dos en África, Valentín ha sobrevivido a unas cuantas realidades extremas y quizá de ahí le vine su visión pragmática para equilibrar en medio de un vendaval de carencias y complicaciones cotidianas.
En algunos lugares de la isla los apagones han sobrepasado las 10 horas diarias y en otros se ha anunciado la repartición de carbón para atenuar la falta de balones de gas.
En este contexto, puede incluso que el punto de vista de Valentín tenga algún sustento científico. En los 90 una sicóloga amiga me alertó de no “cometer el grave error” de teorizar y buscar las causas y eventuales salidas de la enorme crisis de entonces.
“Quienes lo hacen sufren mucho más y no resuelven nada”, dijo la profesional, que al despuntar el siglo en curso decidió aplicar sus conocimientos en tierras bien lejanas.
Supongo que no debe haber una sola receta, si ciertamente las hay, para sobrevivir con dignidad entre agobios que parecen infinitos.
Amado, diplomático de carrera y veterano también de una guerra africana, aplica otra filosofía. Ha creado un grupo al que bautizó “A Cuba hay que quererla”, que recaba dentro y fuera de la isla medicinas, alimentos y otros bienes que urgen, y los reparte entre los necesitados, que suman cada vez más.
Hasta un huerto tiene en desarrollo en predios del Instituto del Vedado este diplomático, quien comienza su labor extra cada día, cuando concluyen sus trabajos en el ministerio de Exteriores. Sin dudas, el conoce mejor que cualquier ministro el retumbar de los ánimos en las calles.
“Me siento muy satisfecho y lo seguiré haciendo”, dice Amadito, como nombran los allegados a este diplomático con misiones cumplidas en plazas significativas como Estados Unidos y México.
De este lado de la acera, cada quien se inventa su manera de desafiar el reto. Del otro, hay quienes apoyan como pueden, y cuentan igualmente quienes disfrutan, amplían y manipulan la crisis, con la esperanza de que algún día mandarán en la isla.
El panorama nacional es bien complejo. Lo saben quienes aprietan la soga desde el Norte, quienes gobiernan aquí y andan de municipio en municipio levantando ánimos. Lo conocen hasta quienes viven en Alaska, y por eso gentes como Valentín y Amado aceptan ponerle cara al reto a su manera.
“Moriré cuando me toque, ¡pero no me matarán de un infarto, carajo!”, asegura el de las tres guerras pasadas.


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