Manuel Juan Somoza/La Habana
Detesto las despedidas. Las que me han tocado dejaron heridas de esas que nunca cicatrizan.
Cómo olvidar “la pecera”, aquel salón acristalado del aeropuerto “José Martí”, donde en los años 60 dejé a mis viejos y a mi hermana en el inicio de un viaje sin regreso, hasta que nos reencontramos media vida después, en la otra acera.
Entonces se enfrentaban dos maneras de entender el mundo y el desenlace familiar fue estremecedor, como supongo habrá ocurrido con muchas familias cubanas.
No podía ni suponer que el desgarramiento iba continuar tiempo después a partir de la llamada telefónica de una de mis hijas y que igual camino seguirían mis otros cuatro muchachos con sus proles incluidas.
Esos hijos con mis nietos viven hoy repartidos entre tres países, en tanto aquí, quienes quedamos, asistimos como protagonistas o dolientes a otro parto de la Nación, sin que exista ciencia alguna que adelante cuál será el nuevo fruto por venir.
Es así de enmarañada la vida. Los sueños casi siempre devienen aspiraciones sin cumplir y más aún cuando el país al que nos aferramos algunos busca sin encontrar una salida de dignidad y soberanía en medio de una guerra económica impuesta desde el otro lado, que es tan aplastante como silenciosa y cínica.
No hay buenas noticias que reportar de este lado.
La percepción generalizada es que todo anda mal y no podía ser de otra manera, porque mal vivir entre carencias de todos los tamaños y colores deja huellas capaces de sobrepasar los buenos augurios de los discursos y la propaganda oficial.
Es titánico o penoso enrumbar a la Nación en las condiciones actuales, aunque existan sectores que den la impresión de trabajar con seriedad.
Entre ellos paradójicamente el eléctrico, pese a que los apagones continuarán por los menos hasta mediados o finales del año próximo, si es que se cumple el proyecto de aumentar la generación a partir de la llamada energía renovable.
Con la estructura actual no hay milagros. Generar, apagar, remendar y a sufrir.
La Nación vuelve a estar en trabajo de parto. Asistí a uno en el 59 como parte de mi generación. ¿Alcanzaré a ver o al menos a disfrutar de otro alumbramiento? ¿O vendrán nuevas heridas?
Intentar cambiar las cosas con la intención de que sea para bien de todos o al menos de la mayoría, es riesgoso y siempre cuesta caro.


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