La ley de los promedios

Por Jorge Bacallao Guerra/La Habana

Este es un texto a 4 manos con mi papá, Jorge Bacallao Gallestey, una de las personas más lúcidas y brillantes que he conocido, y todavía mejor papá.

Hace como 8 años, en una época en que todavía solía llevar reloj de pulsera, conocí a un relojero cuanto menos peculiar. Era metódico y prolijo en su oficio, y además, serio, riguroso y buen conversador. Lo recuerdo como un personaje con varias inquietudes intelectuales: jugamos ajedrez, hablamos de artes marciales y al reconocerme como comediante, me mostró dos esbozos de guion para Vivir del Cuento que había intentado por su cuenta. Tenía buen conocimiento de Excel y programaba decentemente, así que un día me pidió que le revisara un algoritmo en el que había estado trabajando para después programarlo. Todo perfecto hasta que me dijo el propósito del algoritmo de marras.

Resulta que aquel relojero tenía intenciones de predecir, algoritmo mediante, los números que saldrían en la bolita. Dejemos por un momento el asunto de la ilegalidad a un lado, puesto que esa práctica es un secreto a voces en cada esquina cubana. Para mí fue un shock que una persona que me había dado pruebas de reflexión y capacidad de raciocinio, no entendiera la aplastante lógica subyacente bajo ese juego de azar. Ya yo sabía que hay un montón de individuos que llevan registros de lo acontecido en la bolita a lo largo de la historia, porque tuve un suegro y un profesor de ajedrez que lo hacían, y conocí por referencias a varios más. Ahora, años más viejo, comprendo mejor el asunto de la disonancia cognitiva, y de lo proclives que resultan muchos individuos al autoengaño en esferas como los juegos de azar y las opiniones políticas. Vivir en el pueblo y no ver las casas, en buen cubano.

Me cansé de explicarle al relojero, usando teoría de probabilidades básica, que no jugara a la bolita, porque no tiene sentido analizar el pasado para predecir el futuro cuando los resultados son independientes. Le dije también que la única manera de ganar es ser el banco, pero que está prohibido. No me escuchó. No sé qué ha sido de él, pero solo espero que si logró progresar en esta vida que llevamos, haya sido a cuenta de la relojería.

Hace pocos días supimos de la muerte de Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía en 2002 por sus trabajos en el campo de la economía conductual. Kahneman no era economista, sino psicólogo y sus estudios versan sobre las decisiones que todos tomamos ante nuestras disyuntivas económicas. ¿Qué diría Kahneman sobre las decisiones que debería tomar hoy día un jubilado con una pensión de 2000 pesos cuando el cartón de huevos ya se vende a 3000 o transita por ese precio hacia otras cimas?

Lo cierto es que no es raro encontrar a diario interpretaciones erróneas de resultados científicos, como cuando nos aferramos a una cola de guagua de tres horas porque ya debe estar al pasar, y la guagua, la única que hay en esa ruta, yace moribunda en el paradero. Un día sí y otro también recurren nuestros narradores deportivos a la Ley de los Promedios para decirte que Yasmani Tomás, por ejemplo, debe estar al dar un jonrón porque lleva 74 veces al bate sin darlo, y ya le toca. Claro, no aplican eso mismo cuando a un pitcher le están cayendo a líneas. No dicen: hay que dejarlo, que ya le toca sacar outs. Ni tampoco dicen que al Real Madrid ya tocaría perder en Champions porque acumula demasiados resultados increíbles. Aplican selectiva y falazmente un resultado estadístico crucial: La Ley de los Grandes Números, sin tener la más peregrina idea de qué significa en realidad. En buen cubano, se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

Hay que aprender a tolerar cuando educar no es posible. ¿Cómo tú le explicas al vecino que se fuma dos cajas de cigarro diarias y que dice mientras exhala humo que su abuela fumó toda la vida y vivió hasta los 95, que está incurriendo en la falacia de la generalización apresurada? ¿Cómo se le abren los ojos a quien después de 65 años, cree que ahora sí, que solo hay que trabajar más?

Otro problema recurrente es la mala utilización de las cantidades absolutas y relativas. Hace muchos años trabajé en un centro de investigación, y un compañero astro del choteo, decía que teníamos al 50% de los doctores en ciencias con crisis de hemorroides, lo cual era cierto, pero solo había un doctor en ciencias con el padecimiento, de un total de dos en el centro. Al revés pasa igual. Te dicen lo recaudado mediante la zona franca del Mariel y tú oyes un número grandísimo y te asombras. Si te dijeran cuánto representa ese numerito con respecto a lo esperado, te asombrarías más, pero en otra dirección. Si el año pasado los ocho documentos que solicitaste en el Registro Civil vinieron con errores, y este año solo cuatro de ocho, no hay duda de que mejoraste en un 50%.

Los políticos en todas las latitudes pueden servirse sutilmente de las estadísticas, sin necesidad de recurrir a la adulteración, para transmitir verdades o medias verdades.  El conocido aforismo «nada es bueno o malo sino por comparación» viene como anillo al dedo para estas ingeniosas acrobacias verbales. Si ayer, aquel tenía 100 y yo 10, y hoy aquel tiene 120 y yo 20, mi incremento relativo ha sido de 100%, y el suyo apenas de 20%. Mi economía creció cinco veces más que la suya.

Si alguna enseñanza podemos extraer de esta breve incursión en las estadísticas, la variabilidad y la ley de los promedios, es que la verdad no es absoluta ni patrimonio de nadie, o que, como magistralmente lo dijera Antonio Machado en su célebre sentencia: «Si dices media verdad, dirán que mientes dos veces al decir la otra mitad».

(Tomado de La Joven Cuba)

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