Carlos Batista/Barcelona
El gobierno cubano acaba de subir el precio a los cigarros, y la gente está que arde.
Ahora menos gente podrá fumar cigarrillos, algunos dejarán el vicio, y otros fumarán menos. Eso es bueno para la salud, pero no para el muy castigado bolsillo cubano, con precios que suben a diario y pesos que se devalúan por hora.
El tabaco es parte de la cultura, la nacionalidad, la vida cotidiana y está en la isla antes de ser Cuba y ser descubierta por Cristóbal Colón, y siempre ha tenido un carácter contradictorio.
Hombres del Almirante vieron a aborígenes fumar unas hojas secas en una horqueta hueca que se introducían en las fosas nasales.
Pero ni Colón ni los españoles salieron fumando lo que sería después el mejor tabaco del mundo. Siglos después se enviaba a España grandes cantidades de tabaco para ser molido y fabricar rapé, un polvillo que provocaba estornudos y permitía exhibir finos y caros pañuelos de batista para limpiarse.
Hoy se les llamaría mocosos y se le exigiría mascarillas, pero entonces era muy chic en las elegantes cortes europeas.
La ciencia ha probado el carácter muy nocivo para la salud del tabaco, pero en la santería cubana y otras creencias de origen africano, muy arraigadas en la isla, el humo del tabaco tiene un carácter purificador.
Nadie discute la excelsa calidad del habano, considerado el mejor del mundo, y la imagen de Fidel Castro con un puro o una “madrina” de la santería degustando otro, hace pensar a los extranjeros que llegan a la isla, que muchos fuman puros, que los cubanos llamamos sencillamente tabaco.
Sin embargo, la mayoría de los fumadores son adictos a los cigarrillos (cigarros) y no a los tabacos. La fabricación de cigarrillos exige la importación del papel y no en pocas ocasiones de la picadura (tabaco molido), en el país del mejor tabaco del mundo.
Como otros países, Cuba adoptó medidas para limitar el acto de fumar y proteger a las personas que no fuman, pero pocas veces se exigen y menos aún se cumplen, quizás porque los encargados de hacerlas cumplir, fuman, o no quieren buscarse problemas.
Un reciente artículo del doctor Carlos Alberto González pone luz sobre la dimensión del asunto y llama a trabajar en una ley antitabaco, lo que sería bueno para la salud, pero tal vez no para la economía
El tabaco es uno de los cinco primeros productos de exportación cubanos, con una importante recaudación en divisas, sin embargo, las leyes antitabaco han limitado y estrechado los tradicionales mercados de puros cubanos.
Según la Revista Cubana de Salud Pública, citada por el Dr González, “en los últimos cincuenta años las cifras de la epidemia de tabaquismo en Cuba han ido disminuyendo progresivamente. En 1978, la prevalencia en la isla era de 68.9 % para la población mayor de 17 años”.
“Para 2010, la prevalencia del tabaquismo en la isla era de un 23.7 % para la población mayor de 15 años. De ese total, el 74,8 % comenzó a fumar antes de los 20 años”, añade el especialista.
Aunque las cifras ponen esperanza, no se puede olvidar que “13 mil muertes al año en la isla; 36 cubanos mueren cada día por esta causa y un fumador consume más de 15 cigarrillos al día”, recuerda el médico.
“Por eso resulta evidente que el país necesita con urgencia una ley integral antitabaquismo que regule todo lo relativo al monitoreo, vigilancia y control de esta epidemia. Así como voluntad para implementarla, a pesar de lo impopular que pueda ser”, concluye.


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