Cuando los cubanos se reúnen

Manuel Juan Somoza/La Habana

Los cubanos en cualquiera de las dos aceras a veces son difíciles de entender por los extraños, aunque de primera impresión casi todos luzcan buenas gentes.

Si en la isla se juntan, con o sin un ron a mano, la cotidianidad se impone y cada quien recrea desventuras y batallas: la inflación indetenible, el salario que no alcanza, las rupturas familiares, la burocracia, la desidia, el oportunismo, las promesas sin cumplir, el “hombre nuevo” que no llega y hasta el bloqueo del Norte.

Hacen bulla de alegría cuando les llega la luz tras larga y reiterada espera, y sepultan las nostalgias a la llamada por whatsapp de un hijo distante. Son 600 mil los que han partido en dos años.

Aún así, hablan de la guerra en Ucrania, de Milei en Argentina y de la masacre en Gaza, pero en un momento siempre difícil de precisar, la sombría cotidianidad queda al costado, los chistes afloran, brotan los recuerdos gratos y se hacen planes, pese a que nadie pueda adelantar cuál será el futuro del país y de ellos.

Es cierto que no tienen ni la disciplina ni la laboriosidad asiática, ni la constancia alemana, ni la flema inglesa. Sin embargo, viven con la despreocupada sabrosura caribeña (ajiaco de culturas), les gusta empeñarse en grandes cosas que para ellos serán siempre las mejores y mayores del planeta, y si no las logran reirán a carcajada de su suerte,

Fueron los últimos en quitarse de encima la bota española y vencieron después al más grande ejército desplegado por “los panchos” en tierras de incas, mayas, aztecas y taínos. Y pagan todavía, los de aquí, la osadía de ir contra un imperio que un octubre amenazó con borrarlos de este mundo, mediante respuesta nuclear que no les impidió improvisar rumbas en trincheras.

Son locuaces, melódicos, por lo general gritones y no saben guardarse las lágrimas si uno de ellos cae en el camino. Le abren sus puertas a cualquiera y se la cierran de golpe a los “pesaos”, sin importar que sean máster o doctores.

Y convierto este desvarío en nota, sin chovinismo alguno, después de reunirnos más de cuatro en despedida a un buen trovador y amigo, Angelito, no porque suponga que seamos parte de los pueblos que se dicen “elegidos”, sino porque ser cubanos en estos tiempos de carencias y desesperanzas aquí, ¡LE RONCA!

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