Retorno del punto A al punto B

Félix López/ Andalucía

Pocas veces estoy en desacuerdo con Joaquín Sabina. Pero soy de los que disfruta regresar al lugar donde he sido feliz. Incluso si en ese sitio se ha depreciado la felicidad. Lo siento por negacionistas y decepcionados. Hay sentimientos que no negocio o al menos no los puedo recetear.

Volver a Cuba y a Venezuela, por ejemplo, forma parte de esa dicha cíclica. Sobre todo porque a más de siete mil kilómetros hay un hijo adolescente que me reta a contarle cómo van sus dos patrias. Y no siempre le tengo buenas noticias.

Ahora voy de regreso a casa. He pasado dos semanas de intenso trabajo en la Isla de Margarita y dos escalas en La Habana. Venezuela no deja de asombrarme. El caos de un lustro atrás ha desparecido. El país respira. La economía fluye. Los ricos son más ricos y los pobres son menos pobres. Para las sanciones gringas se inventaron la Ley Antibloqueo y blindaron a inversionistas privados y foráneos. El pragmatismo le gana la partida a la desesperanza. Muchos de los que migraron ya han regresado. Y el entuerto político procura luz en las elecciones presidenciales del próximo mes de julio. Ni Maduro es tan bruto como lo pintan sus adversarios ni sus opositores tan santos como dicen los medios.

A diferencia de Venezuela, Cuba no duerme sobre una cisterna inmensa de petróleo y rodeada de minerales estratégicos. El recurso más preciado de la isla es su gente. Pero está agotada y envejecida. Muchos jóvenes se han ido y los que se quedan necesitan salir del apagón real y mental. Varias generaciones de cubanos conviven en la precariedad y el futuro se les ha convertido en un maldito gólgota. No me encandilan algunos prósperos negocios, o las Mipymes que emulan mercados medievales. Ni siquiera los coches importados o el rascacielos sembrado en el Vedado, sobre una Habana que se desmorona. La verdadera prosperidad la mido y la valoro en los que menos tienen. Y esos cada vez son más y cada vez creen menos en la solución de sus problemas.

Con los años uno aprende a hablar menos y a escuchar y observar más. Vista hace fe. En mis últimos viajes a Cuba no he podido reunirme con todos los amigos que quiero, pero he tratado de escuchar y entender a gente que le va bien, a los que no les va y a los que se mueven con astucia entre los dos bandos. Ya no se puede disimular la división de clases y hay quienes juegan posición adelantada al estilo de las nuevas burguesías latinoamericanas. A quienes llevan las riendas se les ha colapsado la agenda: tienen que darle de comer a un pueblo que no produce casi nada; hacer magia para decidir entre comprar el petróleo que genera la luz o las medicinas que salvan vidas; buscar formas de burlar el bloqueo y de paso convencer a la gente de que ese bloqueo es el principal culpable del deterioro de la vida. Es tan  difícil que hay que elegir entre criticarlos o compadecerlos.

A veces siento vergüenza de opinar sobre una realidad que no vivo. Pero después pienso en mi familia, en los amigos, en tantísima gente brillante y buena que se merece una vida mejor y asumo que no decir lo que pienso me hace y les hace daño. Cuba necesita otra revolución. Que brote de los de abajo como la lava de un volcán. Y que a su paso petrifique a los mediocres, a los corruptos, a los ineptos y a los falsos inversionistas con empresas de maletín que en sus países no fundaron ni un chiringuito y ahora intentan vender a los cubanos, en medio del agobio, recetas y espejitos. Cuba necesita hoy más que nunca del abrazo sincero y no puede postergar toda la osadía que se necesita para cambiar tantas cosas que ya no funcionan.

Antes de dejar La Habana he amanecido charlando con amigos de la vida y también me he ido solo a ver salir el sol entre el Morro y la Chorrera. Le he dado al mar el saludo de Milena, como ella me pidió. Y he visto a un pescador que no ha dormido saltar de felicidad porque ha capturado una picuda que será el almuerzo de quién sabe cuantos… Es el mismo malecón de los años noventa al que le escribí mi primera crónica de pichón de periodista. El de las parejas fogosas. Los amigos alegres, los borrachitos, vendedores de cucuruchos de maní, trovadores y creyentes. Me he cruzado con una chica que le rezaba al mar sentada en el muro y le he dicho bajito, casi en un susurro, que la esperanza es lo último que se pierde. Se ha sonreído y fue como si pasara entre los dos una brisa de paz.

La madrugada antes de partir andaba ya en los apuntes mentales de estas letras… A muy pocos metros del hotel tomé un retorno en El Prado y me incorporé detrás de una patrulla policial. No había un alma en la calle. Para mi sorpresa se prendieron sus luces azules y me ordenaron detener la marcha. Bajé el vidrio y el joven policía me ordenó acompañarlo con los documentos. Su compañera, una oficial que le triplicaba la edad, me dijo que había cometido una infracción de tránsito muy peligrosa. Estupefacto le pregunté de qué hablaba. Respondió que no me había detenido en un Pare y me impondría una multa que debería pagar antes de abandonar el país. En ese instante rebobiné los últimos segundos y le aseguré que no había ninguna señal de Pare. Le pedí que me la mostrara y de existir me castigara con la multa más severa… Ella miraba disimuladamente y no la encontraba. Volteó mi DNI y me soltó triunfadora: “Ah, pero también eres cubano y de Camagüey, como yo”. No me quedó otra que decirle “quite el también, porque soy cubano”. Me preguntó entonces si era turista. Y le expliqué que viajaba por trabajo. Me devolvió mis documentos, hizo un silencio que pareció eterno y soltó lo menos que yo esperaba: “Vete a dormir y gracias por venir. Este país necesita de gente como tú que venga a trabajar, porque ya viste… no hay ni señales de Pare”. Me partí de la risa y dije en voz alta: “Me hiciste la crónica”. Pero ella se encogió de hombros y se fue con la solemnidad del que no entendió nada.

(Tomado del Facebook de Félix López)

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