Comer en la calle

Por Jorge Bacallao Guerra

Hace poco menos de 20 años, yo regresaba una madrugada a mi casa en Lawton. Todo mi capital consistía en 20 pesos, que se convirtieron en 10 al pagarle al chofer cuando me dejó en Dolores y Diez de Octubre. Estaba muerto de hambre, pero bajé la loma a paso ligero entusiasmado por la idea de una pizza (con los 10 pesos que me quedaban) en uno de los poquísimos lugares que trabajaban a esa hora.

Apuré el paso, me planté frente a un estrecho mostrador de cemento pulido y pedí: ¡Una pizza! El dependiente-custodio era un señor muy mayor que se encontraba sentado en una silla de cabillas, y parsimoniosamente a chancleta quitada, con la calma del que tiene toda la noche para él, deslizaba con fruición el dedo índice de la mano derecha entre el pulgar y su compañero del pie izquierdo.

Nos miramos en silencio como por tres segundos. Deja, deja, no me des na, dije yo. Él, con expresión culpable, como de perro cocker spaniel que ha masticado una chancleta, trató de convencerme, quien sabe si apelando a la Biblia: Yo me lavo las manos. Qué va, puro, dije yo, ni aunque te las laves con ácido. Tengo entendido que esa cafetería ha ido cambiando de nombres a lo largo de los años. Para mí, siempre será Los Violines. 

Yo no soy el tipo de persona a quien le encante comer en la calle, sobre todo en este tipo de establecimientos, pero soy incapaz de no percibir la naturaleza de las aguas donde nadamos. Tenemos un desfase temporal de varias décadas en muchísimas cosas, pero el caso de esa gastronomía chiquitica es bien notable. La ofensiva revolucionaria taló a lo grande la bien poblada selva de la gastronomía de barrio, y los árboles no crecen en un día, mucho menos si no se les riega.

Se nos murió la necesidad de hacer las cosas ricas y buenas para vender más. Vivimos en el imperio del jugo flojo, la empanada con una pizca de guayaba encerrada en una bola de aire, y los tamales que sin verlos, ya sabes que nunca serán ni la mitad de buenos que los que puede hacer cualquiera en su casa, incluso ese mismo tamalero. O incluso tú, la primera vez que hagas tamales. Vivimos en el reino de los astutos, esos que hacen los panes más chiquitos, le suben el precio y después le sacan dos al paquete. Habitamos la galaxia del quedarse callado si te dan dinero de más en un vuelto, del sálvese quien pueda, de la selección natural.

Cada vez da menos resultado ser el que espera paciente el contacto visual del dependiente que nunca llega. Da negocio ser quien hace su pedido a dos metros, a viva voz, porque casi siempre se le despacha primero. Las reglas del mercado dejaron de funcionar y feneció la cortesía. No pasa nada por tener la tablilla de menú a la bartola, ni por incumplir las reglas básicas de atención al cliente. Puedes inventarte las categorías de jamón que hagan falta (especial, embuchado, embuchado especial, supremo, etc.) y combinarlas a tu aire, y ponerle 50 pesos arriba a las que suenen más sofisticadas.

Hace poco pedí una «pizza familiar» en una cafetería. De sabor excelente, debo decir. O por lo menos a mi gusto. El dueño es uno de estos tipos que creyéndose que atiende su negocio la mar de bien, va desplazándose por el local, jodiendo sistemáticamente a los que comen, preguntándoles cómo está la pizza cuando tienen la boca llena. Ese día me preguntó a mí. Me encantó, le dije. Y agregué: usted para vivir solo, le sabe mucho a esto de la comida. ¿Cómo solo? Yo no vivo solo. Vivo con mi mamá, mi esposa y mis dos niñas. ¿Ah, sí?  Coño, entonces ¿por qué tú le dices familiar a esta pizzita que me acabo de comer? ¿Ustedes cinco comen con eso?

No todo está perdido. Hay lugares buenos y gente que respeta al mercado, lo respeta a uno y se respeta a sí mismo. Si se busca muy bien, aparece algún que otro sitio de comida a domicilio en donde lo que pides es lo que te traen, dentro de un océano lugares en los cuales la foto de la pizza que te enseñan se parece a la pizza que te llega, lo mismo que una foto de carné a una de perfil de Instagram. Sitios desde los que la hamburguesa llega tan envuelta en nylon que da la impresión de que la llevaron a retractilar al aeropuerto, la lechuga parece a medio masticar por un pony de los que se alquilan en el parque de La Maestranza y el pepino se pinta ideal para ponerlo en un jarrón de barro en onda naturaleza muerta.

Tenemos décadas de atraso. Aun así, a cada rato tengo flashazos de confianza. Quiero confiar, me aferro. Durante años me aferré a unas pizzas de cinco pesos que hacía Fermín, un vecino. Eran tan malas, que yo llegaba y le decía: Dime Fermín, ¿a qué hora salen las tartaletas? Eran malas. Pero iguales de malas siempre, y eso es mejor que la fluctuación, porque sabes a qué atenerte.

Quiero confiar, el cuerpo me lo pide. Aunque sé que mucha gente confía en el teorema social que dice que la calidad del dulce es directamente proporcional a lo empercudida que esté la caja de poliespuma del dulcero, tengo mis límites.  Días atrás, pasé por delante de un viejo simpático que desde siempre vende coquitos. Cómico, tú nunca me compras, chico, me dijo, si el problema es el dinero te regalo uno. Suspiré. El problema no es el baro, viejo, es que tú despachas los coquitos con la misma mano de cobrar. Coño, búscate una pinza. Y me fui, sin convicción ninguna de que mi consejo sería escuchado.

Antier pasé y estaba despachando con pinza. No era una pinza de alimentos, sino una larga de madera, de las que se usaban para manipular ropa hervida, que por supuesto machucaba irremediablemente los coquitos. Pero algo es algo, y ese es el tipo de cositas a las que me aguanto para confiar. Hoy sí, dame uno.

Este va por mí, cómico. Deja que lo pruebes. Salí caminando ya contento, pero mi sorpresa fue doble al morder el coquito y encontrarme una textura ideal y un punto de azúcar bordado. Me viré para felicitarlo, y se estaba rascando la espalda con la pinza de despachar los coquitos.

(Tomado de La Joven Cuba)

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