Manuel Juan Somoza/La Habana
Del otro lado residen tres de mis hijos y tres nietos -Thiago, el cuarto, nacerá pronto – y descansan los restos de mi hermana y de mis padres. Nos vimos por última vez hace casi 20 años y de regreso a La Habana una diplomática estadounidense, conocedora de mi viaje, me increpó así: “¿Y por qué no te quedaste?”.
Pancho Ramírez, corresponsal entonces de NOTIMEX, estaba a mi lado y guardó silencio. “Porque estoy muy viejo para eso” respondí, ella entendió el mensaje, nos dio la espalda y nunca más obtuve visa para llegar a la otra acera, ni siquiera cuando conocí que mis viejos se disponían a iniciar sus respectivos viajes sin retorno.
Narro por primera vez esta vivencia porque supongo que deben ser miles y de todos los colores y sabores las experiencias que se tejen cada día entre las dos aceras. Cuesta trabajo identificar a un cubano de aquí que no tenga allá a un pariente cercano o lejano, a un “bróder” o alguna enamorada.
Así ha sido desde antes de que Martí desplegara su prédica en los cayos en el siglo XIX y llegara aquel ejército que impidió a los mambises entrar victoriosos en Santiago.
De allá vinieron adelantos tecnológicos, turistas mano sueltas, emprendedores que coparon los mercados y la necesaria bendición con que contaron los gobiernos de la Primera República, incluidas dos tiranías sangrientas.
Siempre he rechazado el teque, retórica vacía de contenido tan recurrente entre los políticos de la isla, y prefiero los resultados a las promesas y justificaciones a la hora de opinar sobre quienes hoy dirigen la Nación.
Pero hay un hecho tan cierto como indignante: desde que en el 59 en esta acera se optó por mayoría a favor de otro paradigma, las bendiciones de antaño se volvieron alzados en el Escambray, un maestro ahorcado por comunista sin serlo, eliminación de la cuota azucarera, bombas en cajetillas de cigarros Edén, invasiones, Plan Mangosta y la guerra económica y silenciosa no declarada más longeva y dañina que registre la historia americana.
Es una osadía enrumbar cualquier país en tales condiciones arrastrando errores propios, sin jamás desconocer que cuando no se tiene luz, ni alcanza la leche para los niños, ni el Enalapril de los hipertensos, pocos logran pensar en osadías.
En lo difícil que resulta ir contra corriente radica la apuesta de quienes mandan en la otra acera, de la que seguirán arribando los necesarios frentes fríos y a la que ineludiblemente nos seguirán uniendo bendiciones, nostalgias y heridas de familia.
Entonces no queda otro remedio que emigrar, resignarse o insistir en abrir nuevos caminos sin renunciar a la búsqueda soberana de una manera más justa y próspera de vivir, aunque los mandamás de allá se empeñen en que todo vuelva a ser a su manera.


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